El Infierno de la Inflación

Publicado en Mises Hispano

1 Mayo, 2013

A lo largo de la historia, los gobiernos han luchado contra el uso de moneda fuerte. En 1912, Ludwig von Mises identificaba la razón de esto:

El principio de la moneda fuerte tiene dos aspectos. Es afirmativo en aprobar la elección del mercado de un medio de intercambio comúnmente usado. Es negativo en obstaculizar la propensión del gobierno a entrometerse en el sistema monetario.[1]

Los gobiernos solo pueden estrujar una limitada cantidad de dinero a sus ciudadanos a través de los impuestos sin incitar a la desobediencia civil, así que se hacen amigos de los bancos, que tienen una forma de hacer que el dinero aparezca de la nada. El dinero que crean no es fuerte, pero esto no preocupa a casi nadie. Para los políticos es suficientemente fuerte: les proporciona billetes a la riqueza del mercado, que es todo lo que quieren. El dinero fuerte no cooperaría de esta manera. No deriva de decisiones políticas del banco central.

Se cita a menudo el patrón oro clásico como ejemplo de un sistema de moneda fuerte. Puede que haya sido el mejor sistema nunca diseñado, pero existía con aprobación del gobierno (era, en otras palabras, un patrón orofiduciario). Como ha escrito Guido Hulsmann, el patrón oro internacional fue un acuerdo de cártel entre gobiernos. Los cárteles protegen los intereses de sus miembros a costa de los que no lo son, incluyendo al público en general.

A principios de la década de 1880, los países de Occidente y sus colonias en todo el mundo adoptaron el modelo británico [bajo el que se hizo del oro un monopolio de curso legal]. Esto creaba la gran ilusión de una unidad económica profunda en el mundo occidental, cuando en realidad el movimiento únicamente homogeneizaba los sistemas monetarios nacionales. La homogeneidad duró hasta 1914, cuando los bancos centrales suspendieron pagos y se prepararon para financiar la Primera Guerra Mundial mediante la imprenta.[2]

Gobiernos y banqueros odian el oro porque su oferta no puede inflarse a voluntad. Trabajan duro para establecer y mantener un sistema monetario bajo su control que pueda responder rápidamente a sus demandas de inflación, o de lo que hoy se llama “acomodación”. La Primera Guerra Mundial ofrece un oportuno y trágico ejemplo.

Haciendo verdes dejando rojo al país

Los que se beneficiaron de la guerra tenían poco en común con los hombres que lucharon en ella. La lucha se dejó principalmente a los jóvenes reclutas, de los que muchos millones fueron muertos o heridos. Los que se beneficiaron sabían moverse por Washington.

Si la soberanía monetaria hubiera residido en el mercado en lugar de en el gobierno, no hubiera habido guerra. O si hubiera empezado, habría acabado mucho antes. La moneda fuerte tenía que morir antes de que los hombres pudieran morir en tan enormes cantidades.

Cuando empezó la guerra en agosto de 1914, los beligerantes europeos inmediatamente dejaron de redimir sus divisas en oro y empezaron a emitir deuda. Al necesitar un mercado lucrativo para sus bonos, Inglaterra y Francia eligieron la casa Morgan en EEUU para actuar como su agente de ventas. El dinero adquirido por las ventas de bonos volvía luego a Mr. J.P. Morgan cuando el gobierno compraba material de guerra, recompensándole con comisiones tanto en las ventas como en las adquisiciones. Además, muchas de las empresas con las que hacía negocios Morgan eran parte de sus propios enormes dominios.

El pacifista J.P. Morgan, que dijo: “Nadie podría odiar la guerra más que yo”, obtenía enormes beneficios manteniendo a la maquinaria bélica aliada produciendo muerte y destrucción en ultramar. Las compras totales durante la guerra llegaron a los 3.000 millones de dólares, produciendo a la casa Morgan 30 millones solo en comisiones. Como escribe G. Edward Griffin, refiriéndose a la obra de Ron Chernow sobre la cas Morgan:

Las oficinas de Morgan en el 23 de Wall Street se veían acosadas por intermediarios y fabricantes que buscaban un contrato. El banco tuvo que apostar guardias en todas las puertas y también el las casas de los socios. Cada mes, Morgan controlaba compras que sumaban el equivalente al producto nacional bruto de todo el mundo solo una generación antes.[3]

Ralph Raico escribe:

Estados Unidos se convirtió en el arsenal de la Entente. Unido ahora por lazos financieros y sentimentales a Inglaterra, muchas de las grandes empresas estadounidenses trabajaban de una manera u otra para la causa aliada. (…) El Wall Street Journal y otros órganos de la élite empresarial eran ostensiblemente pro-británicos en cada oportunidad, hasta que se nos metió finalmente en la refriega europea.[4]

Para la clase política, la guerra proporcionaba un enorme impulso para el crecimiento del estado y de su prestigio. El historiador Joseph Stromberg escribe:

A medida que las bajas crecían por millares (pronto serían millones), las potencias beligerantes eligen seguir peleando en lugar de volverse a pensar la guerra. Ambos bandos transmitían propaganda a su propio pueblo y a los neutrales. Los aliados eran mucho mejores. Los gobernantes en todas partes formulaban ambiciosos “objetivos bélicos”.

La guerra mostró un masivo aumento del estado a costa de la sociedad civil, la libertad individual y los mercados libres. Cada estado “planificaba” su economía. Para justificar los sacrificios, los gobiernos prometían nuevos programas sociales. (¿Ahora muerte, después igualdad?) El “socialismo de guerra” se convirtió en el plato del día. Los líderes sindicales trabajaban en los consejos de planificación económica. La inflación escondía los costes monetarios.

El historiador Howard Zinn informa de que “En los tres primeros meses de la guerra, casi todo el ejército británico original había desaparecido”. Al estancarse la guerra en el frente occidental, hombres de ambos bandos morían por decenas de miles por unos pocos metros de tierra quemada.

Para los generales al mando, los reclutas eran munición a sacrificar.

En julio de 1916, el general británico Douglas Haig ordenó  once divisiones de soldados ingleses salir de sus trincheras y dirigirse a las líneas alemanas. Las seis divisiones alemanas usaron sus ametralladoras. De los 110.000 que atacaron, murieron 20.000, 40.000 más resultaron heridos. (…) El 1 de enero de 1917, Haig fue ascendido a mariscal de campo.[5]

En el campo de batalla de trincheras de la Primera Guerra Mundial, los muertos nunca abandonaron el escenario.

La línea de trincheras que se extendía de Suiza al Canal de la Mancha estaba plagada de los restos de tal vez un millón de hombres. (…) Los enterrados reaparecerían durante los bombardeos y serían reenterrados, a veces para ayudar a soportar, bastante literalmente, las trincheras en las que habían luchado. Muchos soldados recordaban el hedor de la descomposición y los enjambres de moscas en los cadáveres, especialmente durante los meses de verano. Todos odiaban las ratas.[6]

Incluso con Gran Bretaña imponiendo un bloqueo de hambre contra Alemania que acabaría matando a 750.000 civiles alemanes, los aliados corrían el riesgo de perder la guerra. Utilizando una flota de submarinos recién construida, los alemanes estaban destruyendo barcos aliados a un ritmo de 300.000 toneladas semanales. Al final de la guerra, los U-boats habían hundido más de 5.700 barcos. A principios de 1917, los aliados afrontaban la perspectiva de pedir un acuerdo de paz a Alemania.[7]

Wilson rescata Wall Street

Para Wall Street, la paz no era una opción. Con la posibilidad de que los bonos aliados quedaran impagados, los invasores perderían 1.500 millones de dólares. Se perderían las comisiones, así como los beneficios de vender material bélico. El Tesoro podía subvencionar directamente a los aliados, pero solo si EEUU abandonaba su “neutralidad” y entraba en guerra.[8] Tras el discurso de Wilson en el Congreso, lo hizo oficialmente el 6 de abril de 1917.

Así se salvaron los flujos de caja de Morgan. Estados Unidos extendió los créditos a los aliados (que volvieron a Morgan para pagar los préstamos), aumentaron los impuestos de la renta (especialmente a los ricos) y la Fed hinchó.

Entre 1915 y 1920, la oferta monetaria y los precios se doblaron. Los déficits federales eran de mil millones de dólares al mes, superando el presupuesto federal anual antes de la guerra. El gobierno dirigía la economía, estableciendo precios y prioridades, teniendo a su disposición sectores enteros, como ferrocarriles, teléfonos y telégrafos. La expresión “libertades civiles” era sinónimo de traición, se animaba a la gente a espiar a sus vecinos y la censura estaba en todas partes. “El reinado de terror del gobierno contra los “pro-alemanes’ apuntaba a todos los que dudaran de la causa”, escribe Stromberg. “Tantos chivatos hicieron que H.L. Mencken sugiriera darles medallas”.

A la gente se la encarcelaba por pedir al gobierno que cumpliera la ley. Robert Higgs nos dice:

En California, la policía detuvo a Upton Sinclair por leer la Declaración de Derechos en una gira. En Nueva Jersey, la policía detuvo a Roger Baldwin por leer públicamente la Constitución.

La “campaña de propaganda masiva” del gobierno produjo

incontables incidentes de intimidación, abuso físico e incluso linchamiento de personas sospechosas de deslealtad o insuficiente entusiasmo por la guerra. La gente de ascendencia alemana sufrió de manera desproporcionada.[9]

Pero al principio hubo un gran problema. El presidente de EEUU estaba pidiendo a los muchachos estadounidenses que arriesgaran sus vidas para hacer al mundo “seguro para la democracia”, pero se alzaron pocas manos. Tal vez estuvieran más de acuerdo con el senador progresista de Wisconsin, Robert M. La Follette, que decía al Congreso que los pobres serían “los llamados a pudrirse en las trincheras”. En palabras de Ralph Raico:

En los diez primeros días después de la declaración del guerra, solo se alistaron 4.355 hombres; en las siguientes semanas, el Departamento de Guerra consiguió solo un sexto de los hombres requeridos. Aún así, el programa de Wilson reclamaba que enviáramos un gran ejército a Francia, de forma que las tropas estadounidenses estuvieran suficientemente “ensangrentadas”.[10]

Con la juventud del país sin mostrar ningún interés en morir o matar por políticos corruptos, Wilson decidió utilizar las bayonetas. El 18 de mayo de 1917 firmó la Ley del Servicio Selectivo para registrar más de 10 millones de hombres, de los cuales se seleccionó a más de 2,8 millones.[11] En un aparente intento de hacer de sí mismo y de su administración la inspiración para el Gran Hermano, Wilson añadió que el servicio militar no era “en ningún caso un reclutamiento forzoso de los no dispuestos: es más bien la selección de una nación que se ha presentada voluntaria en masa”.

Los “voluntarios” que no se registraban pasaban un año en prisión y a cualquiera que se le encontrara obstruyendo el proceso de reclutamiento debía pagar una multa de 10.000$ y 20 años en la cárcel.[12]

Según Wikipedia, en la Primera Guerra Mundial se mató a 16 millones de personas, contando tanto soldados como civiles. Fueron heridos otros 21 millones. Francia perdió a la mitad de sus hombres de entre 20 y 32 años. La guerra costó más de 117.000 vidas estadounidenses y dejó heridos a otros 205.000. La carga psicológica de los supervivientes va más allá de nuestra comprensión.

Un sistema de moneda fuerte hubiera convertido en ficción todo el relato anterior. Sin la cobertura de la financiación que proporciona la inflación, el conflicto habría sido poco más que una quimera belicista.

¿Qué trajo al mundo todo este sufrimiento y muerte? La Rusia soviética, Adolf Hitler, el keynesianismo, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el Telón de Acero y mucho más (incluyendo las instituciones financieras demasiado grandes como para quebrar). La guerra, sea fría o caliente, se convirtió en un negocio lucrativo.

Como repite T. Hunt Tooley en su ensayo “Merchants of Death Revisited: Armaments, Bankers, and the First World War”, tanto los fabricantes de armas como los banqueros, aquí y en Europa,

utilizaron a sus propios gobiernos para subvencionar sus operaciones y generar un enorme beneficio. Tanto fabricantes de armas como banqueros fueron activos en dar subvenciones a la prensa para moldear la opinión pública como se necesitaba. Tal vez sea más importante que los intereses de ambos grupos caían en un ciclo de conflicto. Los fabricantes de armas necesitaban conflictos para tener una enorme demanda [pero] también necesitaban periodos de paz armada o guerra fría para actualizar tecnologías y vender sus nuevos productos. Igualmente los banqueros necesitaban conflictos como forma de financiar los esfuerzos bélicos de los gobiernos en general, forjando todo tipo de relaciones con esos gobiernos y consiguiendo la ayuda del gobierno para aplastar a sus rivales empresariales o comprarlos. Aún así, los periodos de paz eran especialmente importantes para los banqueros, porque se obtenían beneficios aún mayores por los trabajos de reconstrucción después de que se acabara un conflicto, contándose entonces no en millones, sino en miles de millones.

 

Conclusión

Si los bancos beligerantes no hubieran estado protegidos por el privilegio público, la gente se habría llevado su oro. Con el riesgo excesivo de unos impuestos masivos, la guerra de cuatro años se habría acabado en cuatro meses.[13] Sin medios para pagarla, se hubiera denegado su guerra a la clase política. Los préstamos con reserva fraccionada y el abandono del oro abrieron las puertas al matadero.[14]

Durante los siglos XVII y XVIII, los piratas del mar frecuentemente izaban la Jolly Roger para asustar a sus víctimas y que se rindieran sin pelear. La calavera y las tibias sobre el fondo negro representaban muerte y saqueo. Cuando Nixon cerró la ventanilla del oro a los gobiernos extranjeros en 197, el dólar se convirtió en puro papel moneda fiduciario, ideal para la piratería legal.

Con un papel moneda fiduciario bajo el control de su banco central, el gobierno de EEUU y sus empresas relacionadas pueden asaltar la riqueza de los tenedores de dólares y financiar un imperio mundial mediante sobornos, intimidación y guerra, mientras que los grandes bancos comerciales pueden inflar en su provecho, sabiendo que la Fed puede crear y creará suficientes dólares como para rescatarlos ante problemas.

El propio dólar aún muestra un parecido cercano al medio de papel que una vez circuló como sustitutivo del dinero real. Cuánto más honrado sería que el dólar actual mostrara la imagen de la Jolly Roger.[15]


[1] Ludwig von Mises, The Theory of Money and Credit, The Foundation for Economic Education, Inc., Irvington-on-Hudson, Nueva York, 1971, p. 414. [Publicado en España como La teoría del dinero y el crédito (Madrid: Unión Editorial, 1997)]

[2] Jorg Guido Hulsmann, The Ethics of Money Production, Mises Institute, Auburn, AL, 2008, p. 211.

[3] G. Edward Griffin, The Creature from Jekyll Island: A Second Look at the Federal Reserve, Cuarta Edición, American Media, Westlake Village, CA, 2002, p. 236.

[4] Ralph Raico, Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal, Mises Institute, Auburn, AL, 2010, p. 25

[5] Howard Zinn, A People’s History of the United States, Capítulo 14: War is the Health of the State.

[6] J. M. Winter, The Experience of World War I, Oxford University Press, Nueva York, 1995, p. 146.

[7] Creature, p. 238.

[8] Creature, p. 239.

[9] Robert Higgs, Against Leviathan: Government Power and a Free Society, The Independent Institute, Oakland, CA, 2004, p. 166.

[10] Great Wars, p. 40.

[11] Against Leviathan, p. 165

[12] Robert Higgs, Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government, Oxford University Press, Nueva York, 1987, pp. 132-133.

[13] Garet Garrett, A Bubble That Broke The World, Fraser Publishing, Burlington, VT, 1996, p. 3.

[14] Gary North, The Gold Wars, 2009, p. 23.

[15] George Ford Smith, The Flight of the Barbarous Relic, CreateSpace, 2008.


Publicado el 28 de abril de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original en Inglés se encuentra aquí.

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Los impuestos son un robo, parte 1

Publicado en Mises Hispano

8 Abril, 2013
La Enciclopedia Británica define el sistema tributario como “la parte de los ingresos de un estado que se obtiene por cuotas y cargas obligatorias a sus sujetos”. Es casi tan adecuada y concisa como puede ser una definición: no deja espacio para discutir qué es un sistema tributario. En esa exposición de los hechos, domina la palabra “obligatorias”, sencillamente por su contenido ético. La reacción inmediata es preguntarse por el “derecho” del Estado a este uso del poder. ¿Qué permiso, en términos morales, aduce el Estado para apoderarse de propiedades? ¿Es su ejercicio de la soberanía suficiente por sí mismo?En esta cuestión de la moralidad hay dos posiciones que nunca pueden reconciliarse. Aquéllos que sostienen que las instituciones políticas provienen de la “naturaleza del hombre”, disfrutando así de una divinidad indirecta, o aquéllos que consideran al Estado como la piedra angular  de la integración social, no encuentran ningún problema en el sistema tributario per se: la toma de propiedades por el Estado se justifica por su existencia o sus resultados benéficos. Por el contrario, quienes sostienen la primacía del individuo, cuya misma existencia es su justificación de derechos inalienables, se inclina por la postura de que en la obtención obligada de cuotas y cargas el Estado está meramente ejerciendo su poder, sin consideraciones morales.Continúe leyendo…

 

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Los impuestos son un robo, parte 2

Publicado en Mises Hispano

22 Abril, 2013

Autor: Frank Chodorov [De Out of Step: The Autobiography of an IndividualistVeasé parte 1 en español]

Una inmoralidad básica se convierte en el centro de un vórtice de inmoralidades. Cuando el Estado invade el derecho del individuo al producto de su trabajo se apropia de una autoridad contraria a la naturaleza de las cosas y por tanto establece un modelo no ético de comportamiento, tanto para él como para aquéllos contra los que ejercita su autoridad. Así que el impuesto sobre la renta ha hecho al Estado cómplice de lo obtenido del crimen; la ley no puede distinguir entre rentas derivadas de la producción y rentas derivadas del robo; no le preocupa su origen. Igualmente esta negación de la propiedad genera un resentimiento que se convierte en perjurio y falta de honradez. Hombres que en sus asuntos personales difícilmente recurrirían a esos métodos, o que se verían en el ostracismo social por practicarlos, se enorgullecen y les felicitan al evadir las leyes del impuesto de la renta: se considera adecuado emplear las mentes más hábiles para esto. Aun más degradante es animar al espionaje mutuo mediante sobornos. Ninguna otra medida en la historia de este país ha causado una indiferencia de principios comparable en los asuntos públicos o ha tenido un efecto tan deteriorante en la moralidad.

Para abrirse paso a la buena voluntad de sus víctimas, los impuestos se han rodeado de doctrinas de justificación. Ninguna ley que no tenga la aprobación o aquiescencia pública puede implantarse y para obtener ese apoyo debe dirigirse a nuestro sentido de la rectitud. Esto es particularmente necesario para normas que autoricen a llevarse la propiedad privada.

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De la imposibilidad del gobierno limitado y las perspectivas de una segunda revolución americana

Excelente traducción de Mariano Bas Uribe publicada en su página del Instituto Mises Hispano
[Este artículo se publicó originalmente en Reassessing the Presidency: The Rise of the Executive State and the Decline of Freedom, editado por John V. Denson, pp. 667-696]

Autor: el Profesor Hans-Hermann Hoppe

En una encuesta reciente, se preguntaba a gente de distintas nacionalidades lo orgullosos que estaban de ser estadounidenses, alemanes, franceses, etc. y si creían que el mundo sería un lugar mejor si otros países fueran como el suyo. Los países mejor clasificados en términos de orgullo nacional fueron Estados Unidos y Austria. Por muy interesante que pueda ser considerar el caso de Austria, ahora nos concentraremos en Estados Unidos y la cuestión de si esa afirmación estadounidense puede estar justificada y en qué grado.

A continuación identificaremos las tres principales fuentes de orgullo nacional estadounidense, siendo las dos primeras fuentes justificadas de orgullo, mientras que la tercer representa en realidad un funesto error. Finalmente, veremos cómo podría repararse este error.

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Anatomía de una corrida bancaria

27 Marzo, 2013
[Tomado de Mises Hispano. Publicado originalmente en The Free Market (septiembre de 1985) e incluido en Making Economic Sense]

Era una escena familiar para cualquier nostálgico: colas toda la noche esperando a que abrieran los bancos (primero en Ohio, luego en Maryland); garantías pomposas pero mentirosas de los banqueros de que todo estaba bien y que la gente debería irse a su casa; una terca insistencia de los depositantes en sacar su dinero y el consiguiente cierre de los bancos por el gobierno, al mismo tiempo que se permitía a los bancos seguir existiendo y recaudar las deudas que les debían sus prestatarios.

En otras palabras, el gobierno, en lugar de proteger la propiedad privada y aplicar contratos voluntarios, violó deliberadamente la propiedad de los depositantes al prohibirles recuperar su dinero de los bancos.

Por supuesto, todo esto era una repetición de lo que pasó al principio de la década de 1930: la última época de corridas bancarias masivas. Superficialmente, la debilidad era el hecho de que los bancos quebrados estuvieran avalados por agencias públicas de garantía de depósitos, mientras que los bancos que resistieron con facilidad la tormenta estaban avalados por el gobierno federal (FDIC para los bancos comerciales; FSLIC para bancos de ahorro y préstamo).

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Lord Acton, sobre la libertad y el gobierno

Tomado de Mises Hispano

Marzo 27 de 2013

“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”

Muchos estadounidenses pueden identificar al autor como Lord Acton. Pero eso es casi todo lo que saben de John Emerich Edward Dalberg Acton, Primer Baron Acton de Aldenham. Es una pena, porque, según Stephen Tonsor, profesor emérito de historia en la Universidad de Michigan, Acton fue al tiempo “el más informado observador extranjero de los asuntos estadounidenses en el siglo XIX” y estaba profundamente preocupado por “la amenaza a la libertad del absolutismo gubernamental centralizado, la tiranía de la mayoría, la administración burocrática, la democracia y el socialismo”, amenazas que no puede decirse que hayan desaparecido hoy.

Un siglo después de su muerte en 1902, merece la pena recordar más de Lord Acton que su cita más famosa. Después de todo, como indica su biografía del Instituto Acton, “fue considerado una de las personas más cultas de su época, sin rival en la anchura, profundidad y humanidad de su conocimiento” y “se hizo conocido como una delos defensores más elocuentes de la libertad religiosa y política” en el siglo XIX

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El problema de la autoridad

Autor:  en Mises Hispano

Marzo 25 de 2013
Sam tiene un problema. Tiene varios sobrinos muy pobres. Trabaja con una organización benéfica para ayudarles, pero la organización necesita más fondos. Así que Sam empieza a exigir dinero a sus vecinos para dárselo a la caridad. Si alguien se niega a contribuir, Sam secuestra a esa persona y la encierra en una celda.
Aunque donar a la caridad es algo admirable, así como el esfuerzo de cuidar de sus sobrinos, casi todos los que escuchan esta historia encuentran impermisible el programa de extorsión de Sam. Esto incluye tanto a Demócratas como a Republicanos, a gente que cree en una obligación moral personal de donar a la caridad, e incluso a gente que tiene una teoría de la “justicia distributiva”, que dice que la distribución actual de riqueza en nuestra sociedad es injusta porque los pobres tienen demasiado poco.Curiosamente, no obstante, muchas de las personas que están de acuerdo en la impermisibilidad del comportamiento de Sam apoyan comportamientos aparentemente análogos por parte de cierto otro Tío Sam. Algunos piensan que no es sólo permisible sino obligatorio que el estado se apropie coactivamente de fondos para ayudar a los pobres.

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Por qué Venezuela va a estar mejor sin Chávez

Latinoamérica es una eterna promesa sin realizarse. En el siglo XIX, una serie de pensadores liberales o al menos socio-liberales y filo-liberales empuñaron la idea de repúblicas independientes para buscar su propio camino histórico. Por supuesto ciertas élites criollas, conservadoras o simplemente acomodaticias, también vieron en la Independencia una ocasión para el gatopardismo: cambiar de rostros sin que nada cambie. Estas dos facciones lucharon hasta bien entrado el siglo XX por el poder político y la influencia cultural al interior de los países. Parecía claro quiénes eran progreso y quiénes, estancamiento. Sin embargo el ideario socialista llegaría a patear el tablero y colocar a liberales y conservadores en “la derecha” para autodenominarse “la izquierda” a pesar de que ésta incluyó en su momento a liberales como Bastiat o anarquistas como Spooner y Spencer. No sólo eso: insufló al socialismo de modificaciones e incluso una estética en lo que se conoce como altermundismo por sus proponentes y tercermundismo por sus detractores.

Siguiendo la estrategia de Gramsci, los tercer/altermundistas buscaron y lograron infiltrar las instituciones clave para la toma de lo que el eurocomunista detrás de esta idea llamó “el poder cultural”. Pero esa batalla de ideas (el paso de un eje liberal-conservador a un trípode liberal-conservador-socialista, el devenir de pensadores y escuelas, los avatares de la política local, etc.) no ocurre en un vacío cultural. Justamente es eso lo que hace al altermundismo lo que es. Recoge lo peor (o mejor) de ciertas tradiciones locales y toma distancia de lo mejor (o lo peor) de los sinuosos avances de 2.500 años de Occidente.

Latinoamérica es coto feudal, tribu errante, hacienda aislada, mitimaes, apátridas, traiciones y lamentos a la vez que alegría, fiesta, ingenuidad, sencillez, esperanza, sabor y fraternidad. Una especie de telar gigante de talantes e intereses donde quienes hacen las reglas han sido siempre los primeros en romperlas en su propio beneficio.

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La economía del gobierno mundial

14 Marzo, 2013 Tomado de Mises Hispano
Autor: Hans-Hermann Hoppe

[Transcrito de un discurso realizado en la Universidad Mises de 2009]

Para empezar, quiero repetir unos pocos apuntes que he realizado en mi lección previa sobre derecho y economía y luego quiero ocuparme de un tema completamente distinto del que traté en esa lección previa.

Porque hay escasez en el mundo podemos tener conflictos respecto de estos recursos escasos. Y porque los conflictos pueden existir donde y cuando exista escasez, necesitamos normas que regulen la vida humana. Normas: el propósito de las normas es evitar los conflictos. Y para evitar los conflictos relativos a los recursos escasos, necesitamos reglas de propiedad exclusiva de dichos recursos escasos o, por decir exactamente lo mismo, necesitamos derechos de propiedad para determinar quién tiene derecho a control qué y quién no tiene derecho a controlar qué.

Estas reglas, he defendido en mi lección previa, las reglas que los austriacos consideran como reglas capaces de hacer esto, evitar el conflicto y, al mismo tiempo, siendo reglas justas son las siguientes. Una es que toda persona se posee a sí misma, su propio cuerpo físico. Tiene control exclusivo sobre su propio cuerpo físico. La segunda regla se refiere a cómo adquirimos la propiedad, el derecho de control exclusivo de los recursos escasos fuera de nuestro cuerpo en el mundo externo. Previamente, inicialmente, el mundo exterior no tiene dueño y adquirimos propiedad sobre objetos fuera de nuestro cuerpo siendo los primeros en poner en uso ciertos recursos y, por tanto nos convertimos en propietarios. A esto se califica a veces como apropiación original u ocupación. Las reglas número tres y cuatro están implícitas en las dos previas. Quien usa su cuerpo físico y aquellas cosas de las que se apropia originalmente para producir algo, para transformar cosas a un estado más valioso de cosas, se convierte, por tanto, en el propietario de lo que ha producido. El producto posee el producto. Y finalmente, también podemos adquirir propiedad por transferencia voluntaria de un propietario previo a otro posterior.

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La Idea de una Sociedad de Derecho Privado

Por Hans Hermann Hoppe
www.HansHoppe.com

Sólo, en su isla, Robinsón Crusoe puede hacer cualquier cosa que le plazca. Para él no existen preguntas con respecto a reglas organizadas de conducta humana – cooperación social – simplemente no salen a flote. Esta pregunta sólo puede surgir una vez llegue una segunda persona a la isla, Friday. Mas aún, la pregunta en gran parte no es pertinente mientras no exista escasez.
Supongamos que la isla es el Jardín del Edén; todos los bienes externos están disponibles en superabundancia. Son “bienes gratuitos,” tal como el aire que respiramos el cual es normalmente “gratis”. Cualquier cosa que Crusoe haga con estos bienes, no tendrán repercusiones – ni con respecto a su futuro suministro ni al suministro presente ni futuro de bienes para Friday (y viceversa). De ahí que, es imposible que haya conflictos entre Crusoe y Friday con respecto al uso de tales bienes. El conflicto es posible solamente si los bienes son escasos. Sólo entonces surgirá la necesidad de formular reglas que hagan posible una cooperación social ordenada y libre de conflictos.
En el Jardín del Edén existen sólo dos bienes escasos: el cuerpo físico de la persona y el espacio en que se para. Crusoe y Friday tienen sólo un cuerpo y pueden pararse sólo en un lugar en determinado momento. De ahí que, aún en el Jardín del Edén puedan surgir conflictos: Crusoe y Friday no pueden ocupar el mismo espacio simultáneamente sin entrar en conflicto físico el uno con el otro.
Por consiguiente, aún en el Jardín del Edén deben existir reglas de conducta social ordenada – reglas con respecto a la ubicación y al movimiento apropiado de los cuerpos humanos. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, debe haber reglas no sólo para el uso de los cuerpos personales sino también para todo bien escaso, y así poder excluir toda posibilidad de conflictos. Este es el problema del orden social.
La Concepción Liberal Clásica del Orden Social.
En la historia del pensamiento social y político, se han hecho innumerables propuestas para solucionar el problema del orden social, y esta variedad de propuestas, mutuamente incompatibles, con frecuencia ha contribuido a que la búsqueda de una solución única y “correcta” se haya considerado ilusoria. Pero si existe una solución correcta. No hay razón para sucumbir al relativismo moral. La solución ha sido conocida durante centenares de años. En tiempos modernos esta solución sencilla ha sido íntimamente asociada con el “liberalismo clásico”.
Permítanme formular la solución, primero para el caso especial representado por el Jardín del Edén y subsiguientemente para el caso general representado por el mundo “real” donde todo es escasez y luego indicaré brevemente porqué esta solución debe ser considerada justa y además, económica. En el Jardín del Edén, la solución es proporcionada por una sencilla regla que establece que todos puedan colocar o mover su propio cuerpo dondequiera les plazca, con la condición que nadie esté ocupando ese mismo espacio al mismo momento. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, la solución es aportada por cuatro reglas correlacionadas.
Primero, cada persona es la dueña adecuada de su propio cuerpo físico. ¿Quién más, si no Crusoe, debería ser el dueño del cuerpo de Crusoe? De otro modo, se constituiría en un caso de esclavitud, y ¿no es acaso la esclavitud injusta sino, además, antieconómica? En segundo lugar, cada persona es dueña adecuada de todos los bienes recibidos de la naturaleza, que él mismo haya percibido como escasos y haya puesto en uso antes que cualquiera otra persona, por medio de su cuerpo. ¿En verdad, quien más, sino el primer usuario, debería ser su dueño? ¿El segundo o el tercero? Si fuera esto así, la primera persona no realizaría su acto de apropiación original, y así la segunda persona llegaría a ser la primera, y así sucesivamente. A nadie, nunca, le sería permitido realizar un acto de apropiación y la humanidad original desaparecería al instante. Alternativamente, el primer usuario, junto con todos los rezagados, llega a ser copropietario de los bienes en cuestión. Entonces no podría evitarse el conflicto, porque, ¿qué hace uno si varios copropietarios tienen ideas incompatibles acerca de lo que quieren hacer con los bienes en cuestión? Esta solución sería también antieconómica porque reduciría el estímulo para utilizar por primera vez aquellos bienes percibidos como escasos.
En tercer lugar, toda persona que con la ayuda de su cuerpo y sus bienes originalmente apropiados, genere nuevos productos, llegará a ser en consecuencia el dueño adecuado de éstos, provisto sólo que en el proceso de producción no dañe físicamente los bienes de otras personas.
Finalmente, una vez que los bien han sido apropiados por primera vez, ó han sido producidos, su propiedad puede ser adquirida sólo por medio de transferencias voluntarias y contractuales del título de propiedad de un dueño previo a otro posterior.
La institución de la propiedad privada y en particular el establecimiento de la propiedad privada por medio de la apropiación original se han catalogado con frecuencia como “convenciones”. Sin embargo, debe aclararse que esta premisa es falsa. La convención sirve un propósito siempre que exista una alternativa. Por ejemplo el alfabeto latino sirve el propósito de comunicación escrita. Existe una alternativa, el alfabeto cirílico. Por esta razón el alfabeto es una convención.
¿Cual, es entonces, el propósito de las normas de acción? ¡Evitar todo conflicto posible! Las normas que generan conflicto son contrarias al verdadero propósito de las normas. Sin embargo, con respecto al propósito de evitar conflictos, las dos instituciones mencionadas no son convencionales; ninguna alternativa a ellas existe. Sólo la propiedad privada hace posible evitar conflictos que de otra manera son inevitables; y sólo el principio de adquisición de la propiedad por acción de la apropiación original, realizada por individuos específicos, en tiempos y ubicaciones específicos, han hecho posible evitar conflictos desde el principio de la humanidad.
La Aplicación del Orden Social: El Papel del Estado en el Liberalismo Clásico.
Tan importante como es este descubrimiento, sin embargo, nos deja con otro problema aún más difícil. Incluso si todos sabemos cómo evitar todo conflicto posible, e incluso si todos sabemos que al hacerlo así, a largo plazo, la prosperidad de todos en derredor llegará al máximo, no es cierto que siempre todos estemos interesados en evitar los conflictos ni las consecuencias de nuestras acciones. De hecho, siendo la humanidad como es, siempre existirán asesinos, ladrones, asaltantes, maleantes, y estafadores, o personas que no actúan de acuerdo con las reglas establecidas, y la vida sería imposible en la sociedad si los criminales no son disuadidos de sus actuaciones. Para mantener la ley y el orden, es necesario que los miembros de la sociedad estén preparados y equipados para presionar a cualquiera que no respete la vida y la propiedad de los demás, para que respete las reglas de la sociedad. ¿Cómo y a través de quién se llega a la aplicación de la ley y del orden?.
La respuesta dada por los liberales clásicos y por casi todos los demás es bien conocida. La tarea imprescindible de mantener la ley y el orden es la única función del estado. ¿Cómo se define el estado, entonces? Un estado no es simplemente una firma especializada. Convencionalmente, el estado está definido como una agencia que posee dos características únicas. Primero, el estado es una agencia que ejercita un monopolio territorial con toma de decisiones de última instancia.
Eso es, es el último árbitro en todo caso de conflicto, incluyendo los conflictos que el mismo estado implica, y no permite apelación superior a si mismo. Además, el estado es una agencia que ejercita un monopolio territorial de impuestos. Eso es, es una agencia que fija unilateralmente a los particulares el precio que se debe pagar por el servicio de mantener la ley y el orden.
Errores del Liberalismo Clásico.
Es muy difundida la visión liberal clásica con respecto a la necesidad de la institución del estado como proveedor de la ley y del orden, sin embargo, argumentos bastante elementales, económicos y morales, muestran como esta visión puede estar enteramente sesgada.
Entre economistas y filósofos políticos, una de las tesis más extensamente aceptadas es la de que todo “monopolio” es “malo” desde el punto de vista de los consumidores. Aquí, el monopolio es entendido como un privilegio exclusivo otorgado a un sólo productor de bienes o servicios, o como la ausencia de “libre entrada” en una línea particular de producción. Por ejemplo, sólo una agencia, A, puede producir un bien dado o servicio, X. Tal monopolio es “malo” para los consumidores porque, protegido contra la entrada de nuevos participantes potenciales en un área dada de producción, el precio del producto será más alto y de calidad más baja que en condiciones competitivas. Por consiguiente, es de esperarse que la ley y el orden proporcionados por el estado sean excesivamente costosos y de calidad particularmente baja.
Sin embargo, este es sólo el más leve de los errores. El monopolio del gobierno no es como cualquier otro monopolio, tal como el de la leche, ni como el monopolio de coches que saca productos de baja calidad con precios altos. La agencia del gobierno es extraordinaria entre todas las otras agencias porque produce no sólo cosas buenas sino también malas. En realidad debe producir cosas malas para poder producir algo que pudiéramos considerar un bien.
Como hemos anotado, el gobierno es el juez último en todo caso de conflicto, inclusive en conflictos en que él mismo está implicado. Consecuentemente, en vez de prevenir y resolver conflictos, un monopolio de última instancia provocará conflictos adicionales para resolver el caso a su favor. Eso es, si uno sólo puede apelar al gobierno por justicia, la justicia estará pervertida en favor del gobierno, a pesar de la constitución y los tribunales supremos. De todas maneras, se trata de constituciones y tribunales del gobierno, y cualquier limitación en la acción del gobierno que ellos puedan encontrar será decidida invariablemente por agentes de la mismísima institución. Previsiblemente, las definiciones de propiedad y protección serán alteradas continuamente y la escala de la jurisdicción ampliada en favor del gobierno. El concepto de una ley eterna e inmutable que debería primar, desaparecerá y será reemplazada por la idea de la ley como legislación – una ley tan flexible como toda ley emanada del estado.
Todavía peor, el estado es un monopolio de impuestos, y mientras los que reciben los impuestos – los empleados del gobierno – la consideran como algo bueno, los que deben pagar los impuestos consideran el pago como algo malo, como un acto de expropiación. Como agencia en términos de protección de vida y propiedades, sostenida con impuestos, la mera institución del gobierno no es nada menos que una contradicción. Es un expropiador protector de propiedades, que “produce” cada vez más impuestos y siempre menos protección. Incluso si el gobierno limitara sus actividades exclusivamente a la protección de la propiedad de sus ciudadanos, como los liberales clásicos han propuesto, surgiría la pregunta adicional de cuánta seguridad debe producir. Motivados, como están todos, por intereses personales y la inutilidad del trabajo, pero equipados con el poder extraordinario de imponer tasas e impuestos, la meta de un agente de gobierno será invariablemente llevar al máximo los gastos en protección, y es concebible que gran parte de la riqueza de una nación pueda ser consumida por el costo de dicha protección, reduciéndose al mismo tiempo su alcance. Mientras más dinero pueda uno gastar y menos deba uno trabajar para producir, mejor se estará. En suma, la estructura de los estímulos inherentes a la institución del gobierno no es una receta para la protección de vida y propiedad, sino una receta para maltratos, opresión, y explotación. Esto es lo que nos muestra la historia de los estados. Es primordialmente la historia de incontables millones de vidas humanas arruinadas.
Errores multiplicados: Liberalismo democrático.
Una vez que el liberalismo clásico asumió erróneamente que la institución del gobierno era necesaria para la conservación de la ley y del orden, surgió la siguiente pregunta: ¿Cuál forma convencional de gobierno es mejor para la tarea entre manos? Mientras la respuesta liberal clásica a esta pregunta no fue de manera alguna unánime, fue aún perfectamente fuerte y clara. La forma tradicional de gobierno señorial o real era aparentemente incompatible con la idea añorada de derechos humanos universales, porque se trataba de un gobierno basado en el privilegio. Por consiguiente, fue excluida. ¿Cómo, entonces, podría encuadrarse la idea de universalidad de los derechos humanos con el gobierno? La respuesta liberal fue la de abrir la participación y la entrada en el gobierno de igual a igual, para todos, por la vía de la democracia. A cualquiera – ni siquiera se limitó a alguna clase hereditaria de nobles – le fue permitido llegar a ser funcionario del estado y ejercitar todas las funciones del gobierno.
Sin embargo, esta igualdad democrática ante la ley es algo enteramente diferente e incompatible con la idea de una ley universal, igualmente aplicable a todos, en todas partes, y en todos los tiempos. De hecho, el cisma y la desigualdad objetables anteriormente de la más alta ley de los reyes versus la ley subordinada de sujetos ordinarios se preservan completamente bajo la democracia en la separación del derecho público versus el derecho privado y la supremacía del anterior sobre el último. Bajo la democracia, todos son iguales en lo que se refiere a que la entrada está abierta para todos en términos igualitarios. En una democracia no existen privilegios personales ni personas privilegiadas. Sin embargo, existen los privilegios funcionales y las funciones privilegiadas. Siempre y cuando actúen en calidad oficial, los funcionarios públicos son gobernados y protegidos por la ley pública, con lo cual ocupan una posición privilegiada en relación con personas que actúan bajo la mera autoridad del derecho privado, fundamentalmente en que les es permitido sostener sus propias actividades por medio de impuestos cargados a sujetos de derecho privado. El privilegio y la discriminación legal no desaparecerán. Al contrario. Antes que estar restringidos a príncipes y nobles, el privilegio, el proteccionismo, y la discriminación legal estarán disponibles para todos y pueden ser ejercitados por todos.
Previsiblemente, entonces, bajo condiciones democráticas la tendencia de todo monopolio de aumentar los precios y disminuir la calidad es más pronunciada.
Como monopolio hereditario, el rey o el príncipe consideraban el territorio y las personas bajo su jurisdicción como sus bienes muebles y se dedicaban a explotar monopolísticamente su “propiedad”. Bajo la democracia, el monopolio, y la explotación monopolística no desaparecen. Incluso si a todos se les permite entrar el gobierno, no por eso se elimina la distinción entre gobernantes y gobernados. El gobierno y el gobernado no son uno y la misma persona. En vez de un príncipe que considera el país como su propiedad privada, un guardián temporal e intercambiable es puesto monopolísticamente a cargo del país. El guardián no es dueño del país, pero mientras esté en su oficio le es permitido utilizarlo para ventaja de si mismo y de sus protegidos. Tiene el uso actual – el usufructo – pero no su capital social. Esto no elimina la explotación. Al contrario, hace la explotación menos calculada, llevada a cabo con poca o ninguna consideración del capital social. La explotación es miope y se promueve sistemáticamente el consumo del capital.
La Idea de una Sociedad del derecho privado.
A la luz de los múltiples errores del liberalismo clásico, entonces, ¿cómo mantener la ley y el orden en relación con los efectivos y potenciales transgresores de la ley? ¡La solución está en una sociedad de derecho privado – una sociedad donde cada individuo e institución esté sujeta a un mismo conjunto de leyes! Ninguna ley pública que otorgue privilegios a personas de funciones específicas (y ningún dominio público) existe en esta sociedad. Sólo existe el derecho privado (y la propiedad privada), igualmente aplicable a todos y cada uno. A nadie le es permitido adquirir propiedades por medios que no sean la apropiación original, la producción, o el intercambio voluntario; y nadie posee los privilegios de imponer tasas e impuestos ni de expropiar. Además, a nadie, en una sociedad de derecho privado, le es permitido prohibir a cualquiera el utilizar su propiedad para entrar en cualquier línea de producción y competir contra quienquiera que a él le plazca.
Más específicamente, para ser justo y eficiente, la producción y la conservación de la ley tendrán que ser emprendidas por individuos y agencias libremente financiadas y competentes. ¿Cómo puede hacerse esto? Mientras es imposible predecir el perfil y la forma precisas que tomaría la “industria de la seguridad” dentro de la armazón de una sociedad de derecho privado – así como es imposible predecir la estructura específica de casi cualquier industria bajo las, hasta ahora, inexistentes circunstancias – se puede predecir un número significativo de cambios estructurales fundamentales en comparación con el estatu quo de la protección a la seguridad proporcionada por el estado.
Primero, en sociedades complejas un aspecto de la solución naciente sólo será de importancia secundaria, pero bajo ningún concepto debe de dejarse de considerar.
Mientras que la provisión estadista de la ley y del orden ha llevado al desarme sucesivo de la población, rindiéndola cada vez más indefensa contra los transgresores de la ley, en una sociedad del derecho privado esencialmente no existirían restricciones en la propiedad privada de fusiles y otros armamentos. Es derecho elemental y sacrosanto de todos el ejercer la defensa propia para proteger su vida y su propiedad contra los invasores, y cuando uno conoce la experiencia del no tan salvaje oeste americano, así como de numerosas investigaciones empíricas en relación con la propiedad de armas e índices de criminalidad, más armas implican menos crimen. La intuición nos lo dicta, pero la propaganda del gobierno trata de negarlo sin descanso.
Sin embargo, en el moderno complejo de sociedades la defensa propia constituye sólo una pequeña parte de la producción general de seguridad. En el mundo actual no producimos nuestros propios zapatos, ni trajes, ni teléfonos; aprovechamos las ventajas de la división del trabajo. Esto también es verdad en la producción de seguridad. En gran parte, dependemos de agentes y agencias especializados en proteger nuestra vida y propiedad. En particular, la mayoría de las personas dependen de compañías de seguros libremente financiadas y competentes para su protección, y esta dependencia de las aseguradoras tenderá a aumentarse e intensificarse mientras más grande y más valiosa sea la cantidad de propiedades. Las compañías de seguros se asociarán en cambio y cooperarán con la policía y las agencias de detectives, o directamente como una subdivisión de la compañía de seguros o indirectamente como entidades separadas del negocio. Al mismo tiempo, las agencias de seguro cooperarán constantemente con agencias independientes internas y externas de árbitros y arbitraje.
¿Cómo trabajaría este sistema competitivo, interconectado, de compañías de seguro, policía, y agencias de arbitraje?.
La competencia entre los aseguradores, la policía, y los árbitros por los clientes produciría una tendencia hacia la caída continua en el precio de la protección (por el valor asegurado), rindiendo así la protección más económica. Por contraste, un protector monopolístico que puede imponer tasas e impuestos al protegido puede cargar por sus servicios precios cada vez más altos.
Además, como ya ha sido indicado, la protección y la seguridad son bienes y servicios que compiten con otros. Si más recursos son asignados a la protección, menos puede gastarse en coches, en vacaciones, en alimentos, o en bebidas, por ejemplo. También, los recursos asignados a la protección de A o del grupo A (personas que viven por el Pacífico) por ejemplo, compite con recursos gastados en la protección de B o el grupo B (personas que viven por el Atlántico). Para un monopolio de la protección financiado con impuestos, la asignación de recursos por el estado será necesariamente arbitraria. Habrá sobreproducción (o producción insuficiente) de seguridad en comparación con otros bienes y servicios en competencia, y habrá sobreprotección para algunos individuos, grupos, o regiones y protección baja para otros.
En claro contraste, en un sistema de agencias de protección en libre competencia desaparecerían todas las arbitrariedades de asignación (en todas partes- y de producción insuficiente). La protección tendría la importancia relativa que tiene a los ojos de consumidores que pagan voluntariamente, y ninguna persona, grupo, ni región recibiría protección a costa de cualquier otro, sino que cada uno recibirían protección de acuerdo con sus pagos.
Además, los aseguradores tendrían que indemnizar a sus clientes en el caso del daño verdadero; de ahí, ellos deben operar eficientemente. Con respecto a desastres sociales, crimen en particular, esto significa que el asegurador estaría preocupado sobre todo por una prevención efectiva, porque sino puede prevenir un crimen, tendría que pagar. Aún más, si un acto criminal no puede prevenirse, un asegurador querría todavía recuperar el botín, aprehender el ofensor, y traerlo ante la justicia, porque haciéndolo el asegurador podría reducir sus costos y forzar al criminal – antes que a la víctima y a su asegurador – a pagar por los daños y por el costo de la indemnización.
En claro contraste, los estados, como monopolios compulsivos no indemnizan a las víctimas, y como pueden recurrir a los impuestos como fuente de fondos, tienen poco o ningún estímulo para prevenir el crimen o para recuperar de botín y capturar a los criminales. En realidad, si logran aprehender al criminal, típicamente obligan a la víctima y a otros contribuyentes a pagar por la encarcelación del criminal, añadiendo así insulto sobre injuria.
Ya ha sido indicado que las sociedades del derecho privado se caracterizan por el derecho a la defensa propia sin restricción y como consecuencia, por una extensa propiedad privada de armas y armamentos. Esta tendencia es reforzada aún más por el papel importante de las compañías de seguros en tales sociedades. Todos los estados procuran desarmar su población, por la razón obvia de que es menos peligroso cobrar impuestos a un hombre desarmado que a un hombre armado. Si una compañía de seguros libremente financiada fuese a demandar como requisito previo para la protección que los clientes potenciales entregasen todos los medios de defensa propia, despertarían inmediatamente una gran sospecha en cuanto a sus verdaderos motivos, y quebrarían rápidamente. En su propio interés, las compañías de seguros recompensarían a los clientes armados, en particular aquellos capaces de certificar algún nivel de instrucción en el manejo de armamentos, cargándoles primas bajas que reflejan el más bajo riesgo que representan. Así como los aseguradores cargan menos si los propietarios tienen un sistema de alarma o una caja de seguridad instalada, así un dueño entrenado en el uso de las armas representa un riesgo más bajo para el seguro.
Los estados, como monopolios de última instancia en la toma de decisiones, financiados por impuestos, pueden externalizar los costos asociados con la conducta agresiva en contribuyentes desventurados. De ahí que, los estados están, por naturaleza, más inclinados a llegar a ser agresores y belicosos más que agentes o agencias que deben correr por si mismos con los costos inherentes a la agresión y a la guerra. Las compañías de seguros son, por su misma naturaleza, agencias defensivas antes que agresivas. Por una parte esto es así, porque cada acto de agresión es costoso, y una compañía de seguros que utiliza una conducta agresiva requeriría primas relativamente más altas, lo que ocasiona la pérdida de clientes ante competidores no agresivos.
Por otro lado, no es posible asegurarse uno contra todo “riesgo” concebible.
Desde otro punto de vista, sólo es posible asegurarse contra “accidentes,” es decir, riesgos sobre cuyo resultado el asegurado no tiene control y a los que él no contribuye en nada. Por ejemplo, es posible asegurarse contra el riesgo de muerte y de fuego, pero es imposible asegurarse contra el riesgo de suicidarse o de prender fuego a su propia casa. Semejantemente, es imposible asegurarse contra el riesgo de fracaso en el negocio, contra el desempleo, o de tener aversión a un colindante, porque en cada caso uno tiene algún control sobre el acontecimiento.
Es bien notable que la inasegurabilidad de acciones y sentimientos individuales (en contraposición con accidentes) implica que también es imposible asegurarse contra el riesgo de daños que resulten de una previa agresión propia o provocación. En vez de eso, cada asegurador debe restringir las acciones de sus clientes para excluir toda agresión y provocación de su parte. Eso es, cualquier seguro contra desastres sociales, tales como el crimen, debe estar condicionados al sometimiento de los asegurados a normas especificas de conducta no agresiva.
Casualmente, debido a las mismas razones y preocupaciones financieras, los aseguradores tenderán a requerir que todos sus clientes se abstengan de toda forma de tomarse la justicia por propias manos (menos quizás bajo circunstancias bastante extraordinarias), porque la justicia por propias manos, inclusive si es justificada, causa invariablemente incertidumbre y provoca la posible intervención de terceros. Más bien, obligando a sus clientes, siempre que piensen que han sido víctimizados, a someterse a procedimientos regulares, publicados previamente, se pueden evitar en gran parte estos alborotos y los costos asociados.
Finalmente, vale indicar que mientras los estados como agencias financiadas con impuestos pueden – y lo hacen – entrar en persecución a gran escala de crímenes sin victimas tal como el uso “ilegal de drogas”, la prostitución, o las apuestas, estos “crímenes” tenderían a ser de poca o ninguna importancia dentro de un sistema de agencias de protección financiadas libremente. La “protección” contra tales “crímenes” requeriría primas de seguros más altas, pero desde que éstos “crímenes,” a diferencia de crímenes genuinos contra las personas y la propiedad, no crean víctimas, muy pocas personas estarían dispuestas a gastar dinero en tal “protección”.
Por último y muy importante, un sistema de competencia entre las agencias de protección tendría un impacto doble en el desarrollo de la ley. Por una parte, tendría en cuenta una mayor variabilidad de la ley. Antes que imponer un conjunto uniforme de estándares a todos (como bajo las condiciones del estatismo), las agencias de la protección podrían competir contra la una contra la otra no sólo vía el precio sino también por diferenciación del producto. Allí podría existir por ejemplo unas al lado de las otras, las agencias católicas de la protección o aseguradores que aplican la ley Canónica, las agencias judías que aplican la ley de Mosaica, las agencias musulmanas que aplican la ley Islámica, y las agencias que aplican la ley secular de una variedad u otra, todos ellas sostenidas por una clientela que paga voluntariamente. Los consumidores podrían escoger la ley aplicada a ellos y a su propiedad. Nadie tendría que vivir bajo una ley “extranjera”.
Por otro lado, el mismísimo sistema de producción privada de ley y orden promovería una tendencia hacia la unificación de la ley. La ley “doméstica” – católica, judía, romana, etc. – aplicaría sólo a la persona y a la propiedad de los que la habían escogido, el asegurador, y todos los otros asegurados por el mismo asegurador bajo la misma ley. La ley Canónica, por ejemplo aplicaría sólo a católicos profesos y trataría únicamente con el conflicto entre católicos y la resolución del conflicto. Mas es también posible, por supuesto, que un católico quizás entre en conflicto con el suscriptor de algún otro código de la ley, por ejemplo, un musulmán. Si ambos códigos de la ley alcanzaron la misma o similar conclusión, no existiría ninguna dificultad.
Sin embargo, surgiría un problema si por códigos de leyes en competencia llegaran a conclusiones claramente diferentes (como sucede por lo menos a veces). La ley “doméstica” (inter-grupo) sería inútil, pero cada persona asegurada querría la protección contra la contingencia de conflictos de inter-grupo también.
En esta situación no se puede esperar que un asegurador y los suscriptores de su código de la ley, subordinen simplemente su juicio al de otro asegurador y su ley.
Sino, que para todas las partes implicadas hay sólo una salida creíble y aceptable de este predicamento.
Desde el principio, cada asegurador y sus clientes estarían obligados a someterse al arbitraje de un tercero realmente independiente. Sin embargo este tercero no sólo sería una entidad independiente, sino al mismo tiempo de elección unánime para ambos interesados. El tercero sería escogido por acuerdo entre las partes debido a la habilidad comúnmente percibida de que éste encuentra soluciones mutuamente aceptables (justas) en casos de desacuerdo inter-grupo. Además, si un árbitro falla en esta tarea y llega a conclusiones que se pueden percibir como “injustas” o “influenciadas” por uno de los aseguradores o sus clientes, esta persona o agencia es improbable que sea escogida como árbitro en el futuro.
En resumen, tendrían existencia los contratos de protección y seguridad. Los aseguradores (a diferencia de los estados) ofrecerían contratos a clientes con descripciones de propiedad bien especificadas y con deberes y obligaciones claramente definidos. Igualmente, la relación entre aseguradores y árbitros estaría gobernada por un contrato. Cada parte de un contrato, mientras dure su plazo o hasta el cumplimiento del mismo, estaría atado por estos términos y condiciones; y cada cambio (en los términos o condiciones) de un contrato requeriría el consentimiento unánime de las partes interesadas. Eso es, en una sociedad de derecho privado, a diferencia de las que se presentan bajo condiciones de estatismo, ninguna “legislación” existiría. Ningún asegurador podría salirse con prometer protección a sus clientes sin permitirles saber cómo ni a que precio, ni insistir en que podría cambiar unilateralmente los términos y las condiciones de la relación protector-cliente. Los clientes de seguros demandarían algo apreciablemente mejor, y los aseguradores suministrarían contratos y ley constante, en vez de promesas y una legislación cambiante.
Además, a consecuencia de la cooperación continua de varios aseguradores y árbitros, se pondría en marcha una tendencia hacia la unificación de la propiedad y el derecho de contratos y de la armonización de las reglas del procedimiento, la evidencia, y la resolución del conflicto. Por comprar el seguro de protección, todos compartirían la meta común de esforzarse por reducir el conflicto y aumentar la seguridad. Además, todos y cada uno de los conflictos y los reclamos por daño, sin importar donde, por o contra quien, caerían en la jurisdicción de una o más agencias específicas de seguro y sería manejado o por una ley “doméstica” individual del asegurador o por provisiones del derecho internacional y procedimientos acordados con antelación por un grupo de aseguradores.
Tal sistema aseguraría la más completa y perfecta estabilidad y certeza legal en cualquier sistema de seguridad al que podemos acudir actualmente.
Agosto 1 de 2006.

TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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