Problemas de la democracia

Publicado en Mises Hispano el 28 Abril, 2014
Autor: Hans-Hermann Hoppe

Imaginemos un gobierno mundial, elegido democráticamente. ¿Cuál sería el probable resultado donde todos los habitantes del planeta votan? Seguramente ganaría una coalición de China y la India y el nuevo gobierno mundial, para ser reelecto, probablemente decidiría que hay demasiada riqueza concentrada en el occidente y mucha pobreza en el resto del mundo, por lo cual es necesario instrumentar una sistemática redistribución de la riqueza. O imagínese que en su país la votación es ampliada para incluir a los mayores de 7 años; el resultado sería una legítima preocupación de que los niños tengan igual y adecuado acceso a refrescos, hamburguesas y videos gratuitos. El sufragio universal en cada país ha logrado lo que una democracia mundial alcanzaría: una permanente tendencia a la redistribución del ingreso y de la riqueza.

La implicación es que bajo la democracia la propiedad personal se vuelve alcanzable por los demás. La mayoría tratará de enriquecerse a costa de la minoría. Esto no implica que habrá una clase rica y otra pobre y que la redistribución será uniforme, de los ricos a los pobres. Frecuentemente son los poderosos quienes logran ser subsidiados por los pobres. Por ejemplo, la educación universitaria “gratuita” no suele beneficiar a la clase trabajadora que no va a la universidad, sino a la clase media y alta que sí. Y pronto se redefine quién es “rico” y merece ser saqueado y quién es pobre y merece recibir el producto del saqueo.

Si vemos a la democracia como una maquinaria popular de redistribución y le añadimos el principio económico de que alguno siempre recibirá más de cualquier cosa que sea subsidiada, obtenemos la clave para comprender la era actual.

La redistribución reduce el incentivo del dueño o productor y aumenta el incentivo de quien no es el dueño ni productor de la cosa. El resultado de subsidiar a individuos porque son pobres es más pobreza. Si se subsidia al desempleado habrá más desempleo. Financiar a las madres solteras producirá más niños sin padre conocido y más divorcios. Prohibir el trabajo de los menores transfiere el ingreso de las familias a parejas sin hijos y se reduce la natalidad.

Subsidiar a los irresponsables, neuróticos, alcohólicos, drogadictos, enfermos de SIDA y a quienes tienen problemas físicos y mentales a través de seguros obligatorios de salud aumentará todos esos problemas. Al hacer que los demás paguen por la prisión de los delincuentes –en lugar de obligar a estos a reembolsar a sus víctimas y a pagar por su propia prisión– se incrementan los delitos. Al obligar a los dueños de tierras a subsidiar a las especies en peligro de extinción a través de legislación ambiental, los animales se benefician y la gente sale perjudicada.

Y lo más importante, al obligar a los dueños de propiedades y a los productores a subsidiar a los políticos, sus partidos y a la burocracia, habrá menos creación de riqueza, menos productividad y más parásitos.

Los empresarios y sus empleados no generan ingresos a menos que produzcan bienes y servicios que se venden en el mercado. Las compras de tales bienes y servicios son voluntarias y así los consumidores demuestran que los prefieren al dinero que cuestan. Nadie “compra” los bienes y servicios del gobierno. Son producidos, cuestan dinero, pero no se venden ni se compran en el mercado. Como nadie los compra, nadie puede demostrar si se justifica su costo. La implicación práctica de subsidiar a los políticos y funcionarios es que se trata de un subsidio a la producción en sí, sin consideración alguna del bienestar de los consumidores de tales servicios, sólo el bienestar de los “productores”, es decir, de los políticos y funcionarios. Entonces, la expansión del sector público aumenta la flojera, la incompetencia, el mal trato y el desperdicio, lo mismo que la arrogancia, la demagogia y las mentiras oficiales.

Debemos tener claro que la falta de democracia no fue lo que provocó la bancarrota del socialismo soviético. El problema no fue el método de selección de los gobernantes sino que las decisiones económicas estaban en manos de los políticos y funcionarios del régimen.

Bajo cualquier forma de gobierno, incluyendo la democracia, la clase dirigente (los políticos y funcionarios) es siempre una pequeña minoría. Y aunque cientos de parásitos pueden vivir de miles de cuerpos, miles de parásitos no pueden vivir de cientos de cuerpos.

Mi conclusión es que lejos de encaminarnos hacia un gobierno mundial, la vía correcta es la secesión y el separatismo hacia comunidades y territorios cada vez más pequeños, dándose así legitimidad al orden natural.

Originalmente publicado aquí.

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Cómo tener Ley sin Legislación

Publicado en Mises Hispano el 10 de Julio, 2014

[Adaptado de la reseña de Rothbard del libro La libertad y la ley, de Bruno Leoni. Esta reseña apareció originalmente en New Individualist Review, ediatada por Ralph Raico]

[En su libro La libertad y la ley,] la principal tesis del profesor [Bruno] Leoni es que incluso los economistas más radicalmente de libre mercado han admitido insensatamente que las leyes deben crearse mediante legislación gubernamental; esta concesión, demuestra Leoni, proporciona una puerta inevitable para la tiranía del Estado sobre el individuo. La otra cara de la moneda para aumentar al intervención por el gobierno en el mercado libre ha sido la expansión de legislación, con su coacción propia por una mayoría (o, más a menudo, por una oligarquía de pseudo-“representantes” de una mayoría) sobre el resto de la población. A este respecto, Leoni presente una brillante crítica de los escritos recientes de F.A. Hayek sobre el “estado de derecho”. A contrario que Hayek, que reclama normas legislativas generales frente a los antojos de una burocracia arbitraria o del “derecho administrativo”, Leoni apunta que la amenaza real y subyacente para la libertad individual no es el administrador, sino el estatuto legislativo que hace posible el gobierno administrativo.[1] No basta, demuestra Leoni, con tener reglas generales aplicables a todos y escritas por adelantado, pues estas mismas reglas pueden invadir la libertad (y generalmente lo hacen).

La gran contribución de Leoni es apuntar hasta a nuestros más radicales teóricos del laissez faire una alternativa a la tiranía de la legislación. En lugar de aceptar ley administrativa o legislación, Leoni reclama una vuelta a tradiciones antiguas y principios de “ley hecha por el juez” como método de limitar al Estado y asegurar la libertad. En el derecho privado romano, en los códigos civiles continentales, en el derecho común anglosajón, “ley” no significa lo que pensamos hoy: interminables aprobaciones por un legislativo o ejecutivo. La “ley” no se aprobaba sino que se descubría: era un cuerpo de reglas consuetudinarias que, como los idiomas o las modas, había crecido espontáneamente y de forma puramente voluntaria entre el pueblo. Estas reglas espontáneas constituían “la ley” y eran las obras de los expertos en derecho (ancianos de la tribu, jueces o juristas) los que determinaban qué era ley y cómo se aplicaría a los numerosos casos en disputa que aparecen constantemente.

Si la legislación se reemplaza por esa ley hecha por el juez, dice Leoni, fijeza y certidumbre (uno de los requisitos básicos del “estado de derecho”) reemplazarán los edictos caprichosamente cambiantes de la legislación estatutaria. El cuerpo de leyes hechas por el juez cambia muy lentamente; además, como las decisiones judiciales solo pueden realizarse cuando las partes llevan casos ante los tribunales, y como las sentencias se aplican adecuadamente solo al caso concreto, la ley hecha por el juez (frente a la legislación) permite un amplio campo de reglas y negociaciones voluntarias libremente adoptadas, que expresen realmente la “voluntad común” de todos los afectados y las negociaciones e intercambios voluntarios del libre mercado.[2] Por tanto, el gemelo de la economía de libre mercado no es un legislativo democrático ideando constantemente nuevos decretos para la sociedad, sino una proliferación de reglas voluntarias interpretadas y aplicadas por expertos en derecho.

Aunque Leoni es vago e indeciso sobre la estructura que tendrían sus tribunales, al menos indica la posibilidad de jueces y tribunales compitiendo privadamente. A la pregunta: ¿quién nombraría a los jueces?, Leoni responde con la pregunta ¿quién “nombra” ahora a los principales doctores o científicos en la sociedad? No se los nombra, sino que obtienen aceptación general y voluntaria por sus méritos. Igualmente, aunque en algunos pasajes Leoni acepta la idea de un tribunal supremo público, que admite que se convierte en un cuasi-legislativo,[3] sí reclama la restauración de la antigua práctica de separación del gobierno de la función judicial. Aunque no haya otra razón, la obra del profesor Leoni es extremadamente valiosa como para plantear, en nuestro tiempo de Estado perplejo, la posibilidad de una separación funcional de la función judicial del aparato del Estado.

Un gran defecto en la tesis de Leoni es la ausencia de cualquier criterio para el contenido de la ley hecha por el juez. Es una feliz coincidencia de la historia que una buena parte del derecho privado y común sea libertario (que desarrolle los medios para preservar la propia persona y propiedad contra la “invasión”), pero una buena parte de la ley antigua era antilibertaria e indudablemente no puede confiarse siempre en que la costumbre sea coherente con la libertad. Las antiguas costumbres, después de todo, pueden ser un baluarte realmente frágil; si las costumbres son opresoras de la libertad ¿deben seguir sirviendo como marco legal permanentemente o al menos durante siglos? Supongamos que una antigua costumbre decrete que las vírgenes sean sacrificadas a los dioses a la luz de la luna llena o que los pelirrojos sean muertos por ser demonios. ¿Qué pasa entonces? ¿No pueden las costumbres estar sujetas a una prueba superior: la razón?

El derecho común contiene elementos tan antilibertarios como la ley de “conspiración” y la ley del “libelo sedicioso” (que prohibía la crítica al gobierno), En buena parte introducidos en el derecho por los reyes y sus cortesanos. Y tal vez el aspecto más débil del libre es la veneración de Leoni por el derecho romano; si el derecho romano proporcionó un paraíso de libertad, ¿cómo explica los aplastantes impuestos, la inflación periódica y el envilecimiento de la moneda, la red represiva de controles y medidas “sociales”, la autoridad imperial ilimitada del Imperio Romano?

Leoni ofrece varios criterios diferentes para la conformidad de la ley, pero ninguno es demasiado exitoso. Uno es la unanimidad. Pero aunque superficialmente viable, ni siquiera la unanimidad explícita es necesariamente libertaria: pues supongamos que no haya musulmanes en un país y todos deciden unánimemente (y se convierte en costumbre) que todos los musulmanes sean condenados a muerte. ¿Qué pasa si, posteriormente, aparecen unos pocos musulmanes en ese territorio? Además, como reconoce Leoni, está el problema del delincuente: indudablemente no se unirá a favor de su propio castigo. Aquí Leoni se refugia en una fórmula tortuosa de unanimidad implícita, es decir, que, en casos como asesinato o robo, el delincuente estaría de acuerdo en el castigo si otro fuera el delincuente, así que realmente está de acuerdo con la justicia de la ley. Pero supongamos que este delincuente, u otros en la comunidad, tiene la creencia filosófica de que ciertos grupos de personas (ya sean los pelirrojos, los musulmanes, los terratenientes, los capitalistas, los generales o los que sean) merecen la muerte. Si la víctima es un miembro de estos grupos aborrecidos, entonces ni el criminal ni otros que tengan esta creencia estarían de acuerdo en la justicia ya sea de la ley general contra el asesinato o de castigo de este asesino concreto. Solo con este supuesto, la teoría de la unanimidad implícita debe venirse abajo.

Un segundo criterio proferido para la conformidad de la ley es la Regla de Oro negativa: “No hagas con otros lo que no quieras que hagan contigo”. Pero esto tampoco es satisfactorio. Para empezar, algunos actos generalmente considerados delictivos seguirían pasando la prueba de la Regla de Oro: así un sadomasoquista puede torturar a otra persona, pero como él estaría encantado de ser torturado, su acción, bajo la Regla de Oro negativa, no podría considerarse delictiva. Por otro lado, la Regla de Oro es un criterio demasiado amplio: se condenarían muchos actos como delictivos que indudablemente no lo deberían serlo. Así, la Regla decreta que los hombres no deberían mentirse (un hombre no querría que le mintieran) y aun así pocos reclamarían que se prohibieran todas las mentiras. Asimismo, la Regla de Oro decretaría que ningún hombre debería dar la espalda a un mendigo, porque el primero no querría que el mendigo le diera la espalda a él si intercambiaran lugares, y aun así es poco libertario prohibir el rechazo de limosnas para un mendigo.[4]

Leoni apunta un criterio mucho más prometedor: que la libertad se defina como ausencia de limitación o coacción (excepto para los limitadores). En este caso, la iniciación de coacción está prohibida y la función “gubernamental” queda estrictamente limitada a coaccionar a los coaccionadores. Pero, por desgracia, Leoni cae en la misma trampa en que cayó Hayek en suConstitution of Liberty: “coacción” o “limitación” no se definen de una forma apropiada o convincente.[5] Al principio, Leoni promete una comprensión correcta de la coacción cuando dice que no puede decirse que un hombre “limite” a otro cuando rechace comprar bienes o servicios a este último o cuando rechace salvara un hombre que se ahoga. Pero luego, en su desafortunado capítulo 8, Leoni concede que puede producirse limitación cuando una persona religiosa devota sesienta “limitado” porque otro hombre no observe las prácticas religiosas del primero. Y este sentimiento de limitación puede parecer que justifica invasiones de la libertad como las leyes de cierre dominical de comercios. Aquí, de nuevo, Leoni se equivoca en centrar su prueba de limitación o coacción no en los actos objetivos del acusado sino en los sentimientos subjetivos del acusador. ¡Sin duda es una vía extremadamente amplia para la tiranía!

Además, Leoni aparentemente no ve que los impuestos son un ejemplo básico de coacción y eso es poco compatible con su propio retrato de la sociedad libre. Pues la la coacción ha de limitarse a los coaccionadores, indudablemente los impuestos son la extracción coactiva injusta de propiedad de un enorme cuerpo de ciudadanos no coaccionadores. ¿Cómo puede entonces justificarse esto? Leoni, también en el capítulo 8, concede asimismo la existencia de cierta legislación en su sociedad ideal, incluyendo, mirabile dictu, ¡algunos sectores nacionalizados![6] Una nacionalización concreta aceptada por Leoni es el sector de los faros. Su argumento es que un faro no puede cobrar a los consumidores individuales por su servicio y por tanto debería proporcionarlo el gobierno.

Las respuestas básicas a este argumento son tres:

  1. Los impuestos para faros imponen coacción y por tanto son una invasión de la libertad.
  2. Incluso si el faro no puede cobrar a individuos, ¿qué impide a las líneas de navegación construir o subvencionar sus propios faros? La réplica habitual es que entonces diversos “aprovechados” se beneficiarían del servicio sin pagarlo. Pero esto es universalmente cierto en cualquier sociedad. Si hago de mí una persona mejor o mantengo mejor mi jardín, estoy aumentando los beneficios disfrutados por otra gente. ¿Tengo derecho a recaudar tributos sobre ellos debido a este feliz hecho?
  3. De hecho, los faros podrían fácilmente cobrar a los barcos por sus servicios si se les permitieraposeer estas superficies del mar que transforman mediante su iluminación. Un hombre que tomatierra sin dueño y la transforma para uso productivo recibe inmediatamente la propiedad de esa tierra, que puede a partir de entonces usarse económicamente; ¿por qué no debería aplicarse la misma regla a otro recurso natural, el mar? Si al propietario del faro se le concediera la propiedad de la superficie del mar que ilumina, podría entonces cobrar a cada barco que la atraviese. El defecto aquí no es del mercado libre, sino del gobierno y la sociedad al no conceder un derecho de propiedad al legítimo propietario de un recurso.

Sobre la necesidad de gravar para faros públicos y otros servicios, Leoni añade el asombroso comentario de que “en estos casos el principio de libre elección en actividades económicas no se abandona o siquiera se pone en duda” (p. 171). ¿Por qué? Porque “se admite” que la gente está dispuesta a pagar de todas formas por estos servicios si estuvieran disponibles en el mercado.  ¿Peroquién lo admite y en qué grado? ¿Y qué gente pagaría?

Sin embargo, nuestro problema puede resolverse:  existe un criterio convincente para la conformidad de la ley libertaria: Ese criterio define la coacción o limitación, simplemente, como la iniciación de violencia, o su amenaza, contra otra persona. Así queda claro que el uso de coacción (violencia) debe limitarse a coaccionar a los iniciadores de violencia contra sus congéneres. Una razón para limitar nuestra atención a la violencia es que la única arma empleada por el gobierno (o por cualquier otro agencia contra el delito) es precisamente la amenaza de violencia. “Prohibir” cualquier acción es precisamente amenazar con violencia contra cualquiera que lo haga. ¿Por qué no usar la violencia solo para inhibir a quienes están iniciando violencia y no contra cualquier otra acción o  inacción que alguien pueda elegir definir como “coacción” o “limitación”?

Y aun así lo trágico es que tantos pensadores cuasi-libertarios, a lo largo de los años, no hayan adoptado esta definición de limitación o no hayan limitado a la violencia a contraponerla a violencia y por el contrario hayan abierto la puerta al estatismo utilizando conceptos tan vagos y confusos como “daño”, “interferencia”, “sensaciones de limitación”, etc. Decretad que no puede iniciarse ninguna violencia contra otro hombre y desaparecerán todos los resquicios para la tiranía que conceden incluso hombres como Leoni (leyes de descanso dominical, faros públicos, impuestos, etc.).

En resumen, existe otra alternativa para la ley en la sociedad, una alternativa no solo para el decreto administrativo o la legislación estatutaria, sino incluso para la ley hecha por el juez. Esa alternativa es la ley libertaria, basada en el criterio de que la violencia solo puede usarse contra los que inicien violencia y basada por tanto en la inviolabilidad de la persona y propiedad de cada individuo ante la “invasión” por violencia. En la práctica esto significa tomar el derecho común, en buena parte libertario, y corregirlo por el uso de la razón humana, antes de consagrarlo como una constitución o código libertario fijado permanentemente. Y eso significa la interpretación y aplicación continua de este código legal libertario por expertos y jueces en tribunales privadamente competitivos.

El profesor Leoni concluye su libro altamente estimulante e importante diciendo que “hacer leyes es mucho más un proceso teórico que un acto de voluntad” (p. 189). Pero sin duda un “proceso teórico” implica el uso de la razón humana para establecer un código legal que sea una fortaleza inexpugnable y sin defectos para la libertad humana.


[1] Leoni presenta también una crítica efectiva de la defensa de Hayek de “tribunales administrativos” especiales. Si ha de haber una ley para funcionarios y otra para ciudadanos ordinarios, no hay igualdad ante la ley para todos y por tanto no hay un genuino “estado de derecho”. Aquí, como en otros lugares, Leoni rehabilita el estado de derecho restringido defendido por el gran jurista inglés del siglo XIX, A.V. Dicey, frente a las versiones modernas más débiles de Hayek y C.K. Allen.

[2] Esto contrasta con la burlona afirmación de los legislativos “democráticos” (que imponen coactivamente sus reglas a los disidentes) de ser expresiones de la “voluntad común”. Para ser “común”, apunta Leoni, la voluntad común deberá ser unánime.

[3] En un punto, Leoni parece creer que el requisito de unanimidad en el Tribunal Supremo para cualquier cambio sobre sentencias anteriores establecería aproximadamente el “modelo Leoni” en el escenario estadounidense. Pero aquí todo depende del “punto cero” en el que se introduce el requisito de unanimidad. En el actual mundo tan lleno de Estado, un requisito de unanimidad para un cambio tendería a reforzar nuestras regulaciones estatistas permanentemente en la sociedad.

[4] Un error crítico (en este y otros lugares) es la tendencia de Leoni a realizar la prueba de criminalidad a los sentimientos subjetivos de los afectados, en lugar de a sus acciones objetivas.

[5] Para una crítica excelente de la concepción de la coacción de Hayek, ver Ronald Hamowy, “Hayek’s Concept of Freedom: A Critique”, New Individualist Review, (Abril de 1961), pp. 28-31.

[6] Así, Leoni afirma que, en esos casos dudosos en que la delincuencia o limitación no pueden determinarse objetivamente, existe espacio para legislación coactiva sobre el tema. Pero indudablemente la regla apropiada (y libertaria) es que en casos dudosos se decida a favor del “laissez faire”, de dejar que la actividad continúe.


Publicado el 5 de julio de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Entrevista de Diego Sánchez de la Cruz a Hans-Hermann Hoppe para Libre Mercado

Diego Sánchez de la Cruz (@diegodelacruz) ha realizado recientemente una de las entrevistas a un autor anarcocapitalista que mayor divulgación haya tenido en los últimos años. Gentilmente nos ha autorizado para que la reproduzcamos en nuestro blog. Esperamos que la disfrutéis:

Siempre polémico y provocador, el filósofo Hans-Herman Hoppe ha visitado España para promocionar el libro “Economía y Ética de la Propiedad Privada”, disponible en versión física y electrónica y publicado por la Editorial Innisfree. Hoppe visitó la Fundación Rafael del Pino para impartir una conferencia y hablar en exclusiva con Libre Mercado sobre diversos asuntos.

Discutiendo sobre la política monetaria de EEUU, Vd. ha dicho que la mejor manera de debatir con economistas como Paul Krugman es hablar con ellos como si fueran niños pequeños.

¿Cómo se puede decir que imprimiendo dinero se conseguirá que una sociedad sea más rica? Si esto fuese cierto, ¿no podríamos acabar con la pobreza de la noche a la mañana? ¡Cualquier país del Tercer Mundo podría imprimir el dinero necesario para dar a cada recién nacido un montón de dinero y así acabar con la miseria! El debate es tan absurdo que quizá hablando con estos economistas como si fuesen niños podemos llegar a alguna parte. Lo que hay que entender es que imprimiendo dinero no abrimos más fábricas ni producimos más bienes.

Hablando de política monetaria, Vd. también ha advertido de que la discrecionalidad de los bancos centrales daña el emprendimiento.

Si tenemos un dinero respaldado por el oro o la plata, podemos anticipar en gran medida el panorama monetario al que nos enfrentaremos de un año para otro. Sin embargo, si el dinero es fiduciario y un banco central como la Reserva Federal puede duplicar la masa monetaria en menos de un año, entonces las actividades del sector privado se vuelven mucho más complejas.

Ese daño al emprendimiento contrasta con el beneficio obtenido por empresas financieras, que en un sistema monetario como el actual tienen un rol privilegiado y pueden enriquecerse mientras el resto del sector privado vive en la incertidumbre.

Háblenos de “Economía y Ética de la Propiedad Privada”, que acaba de salir publicado en la Editorial Innisfree.

El libro es una colección de artículos en la que enarbolo esta defensa desde dos puntos de vista. La primera parte hace una defensa utilitaria de la propiedad privada, explicando por qué esta institución genera mejores incentivos para la creación de riqueza y la mejora de la productividad. Esto contrasta con la propiedad pública, que plantea el conflicto continuo entre las personas, ya que cada uno tendrá una idea diferente de lo que debe hacerse con ella.

En la segunda parte del libro hago una defensa ética de la propiedad privada, justificándola frente a la injustificable propiedad pública. La propiedad privada es el fundamento de la vida humana. Necesitamos tener propiedad sobre nosotros mismos para poder debatir sobre este y cualquier otro tema, y eso demuestra que hasta quien intenta justificar la propiedad pública está, en realidad, cayendo en una contradicción, pues su propia argumentación la hará desde la propiedad privada que tiene sobre sí mismo.

En su conferencia en la Fundación Rafael del Pino habló de otro tema recurrente en su trabajo: los incentivos de la democracia y de las antiguas monarquías. Desde la óptica económica, Vd. defiende que el primer sistema es peor aún que el segundo.

Empezaré definiendo el Estado como una institución que tiene máximo poder de decisión y gestiona un territorio de forma monopólica. Las monarquías y la democracia son formas de gestionar ese Estado. Ambas son instituciones peligrosas, y por lo tanto no hablo de encontrar una buena solución sino de encontrar la menos mala. En ese sentido, detecto una cierta superioridad de las antiguas monarquías en la medida en que el Rey considera el Estado como su propiedad privada. Esto le llevará a pensar más en el largo plazo y a intentar preservar el valor de su capital, de ese Estado que, en cierta medida, es suyo.

En la democracia, el cuidado de esa propiedad por parte de un gobierno es de una legislatura, quizá dos o tres… pero no hablamos de una propiedad que permanece en las manos de los gestores durante toda la vida. Por eso, mientras que el monarca tiende a conservar su capital, el gobernante en democracia se orienta a consumir ese capital mientras ostenta el poder.

Hay otra ventaja de la antigua monarquía sobre la democracia, y es que en el primero de estos dos sistemas se llega al poder “por accidente” pero en el segundo se llega mediante la competencia electoral. La competencia en sí es un mecanismo de eficiencia, no es buena ni mala en sí misma. Si se compite para producir bienes y servicios, esa eficiencia es buena… pero si se compite por hacer algo malo, esa eficiencia es peligrosa. En la democracia, la competencia por el poder de fijar impuestos y de ordenar leyes consigue que lleguen al poder quienes son más eficientes haciendo algo que, en esencia, es malo.

¿Mantiene su teoría en el caso de Medio Oriente?

Si comparamos países de Medio Oriente entre sí, vemos que Jordania o Marruecos son más civilizados que Egipto, Libia, Siria y esos lugares en los que se cambió la vieja monarquía por formas diferentes de autoritarismo.

Lleva algunos años viviendo en Turquía. ¿Qué opina de lo ocurrido en los últimos tiempos?

La principal razón por la que vivo allí es que es el país de mi esposa. Dicho esto, he visto con mis propios ojos que el país ha tenido un crecimiento económico notable, muy por encima de Europa. No obstante, desde las últimas elecciones, el Presidente Erdogan se ha empezado a comportar de forma cada vez más intolerante y polémica.

La mecha se prendió con la pretensión de construir un centro comercial en un parque, pero también hay descontento por leyes como las que limitan la venta de alcohol, por el intento de prohibir el pintalabios entre las azafatas de aerolíneas, etc. Todo se ha acumulado y ha terminado llevando a mucha gente a la calle. Las protestas no nacieron de la oposición política, de hecho la oposición es aún peor que el partido de Erdogan…

Por si no fuese suficiente, el gobierno se excedió reprimiendo las protestas, lo que generó más descontento. La actuación de Erdogan ha sido estúpida, porque todo se podría haber evitado actuando con un poco más de moderación y tacto.

La reciente polémica que ha rodeado a Niall Ferguson recuerda mucho al escándalo que Vd. protagonizó en la Universidad de Nevada. Tanto Ferguson como Vd. plantearon que, como las personas homosexuales no tienen descendencia, es posible que sus planes económicos sean más cortoplacistas.

Mi contrato con la Universidad de Nevada decía claramente que yo podía decir cualquier cosa que quisiese en mis clases. La gente puede criticarme si cree que estoy equivocado, faltaría más. De hecho, el debate académico se nutre de la polémica, es bueno que haya gente que se equivoque, lo que no es bueno es que se reprima la libertad en las aulas.

La Universidad intentó tomar acciones disciplinarias en mi contra, algo que era totalmente ilegítimo, con independencia de mis palabras. Por eso luché contra aquel proceso, consiguiendo una victoria rotunda que además supuso el despido del número dos de la Universidad. Dicho esto, aquello me costó un año de mi vida. Es una lástima, pero en Estados Unidos hay una enorme corrección política que impide un debate abierto.

En cuanto a Niall Ferguson, me parece triste que alguien con su fama y prestigio internacional se arrastre en vez de defender la libertad de cátedra.

¿Qué opina de los “indignados”? Este tipo de protestas, ocurridas en España con el movimiento 15-M o en EEUU con la plataforma “Ocupa Wall Street”, han cuestionado el sistema capitalista que Vd. defiende.

Son protestas de ignorantes económicos que no entienden que esos escándalos financieros que tanto les disgustan tienen todo que ver con el socialismo monetario en el que vivimos. Sus críticas deberían ser contra el estatalismo, contra el intervencionismo, no contra el capitalismo… pero mucha gente en estas protestas son meros izquierdistas que no tienen el más mínimo entendimiento de la economía.

Por último, quisiera preguntarle por el futuro de Europa.

A día de hoy, como los alemanes hacen alguna que otra cosa bien, esto les permite tener la capacidad de rescatar a países como España. El problema es que esto hace que España siga cometiendo estupideces económicas. En cualquier caso, la montaña de deuda que es el Estado del Bienestar es insostenible, por lo que veremos su colapso, como vimos el del comunismo hace apenas veinte años.

 

Pueden comprar “Economía y Ética de la Propiedad Privada” (Editorial Innisfreeen versión física y electrónica.

Publicado el 2 de Julio de 2013 por Editorial Innisfree

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Libertarios y Anarquistas

Libertarios y anarquistas, de Albert Libertad

Lo mejor que he leído en mucho tiempo:

“Muchos piensan que se trata de una simple disputa sobre las palabras lo que hace que algunos se declaran libertarios y otros anarquistas. Tengo una opinión completamente diferente. Yo soy un anarquista y tengo a la etiqueta no por adorno vano de palabras, sino porque significa una filosofía, un método diferente que el de los libertarios.

El libertario, como la palabra lo indica, es un adorador de la libertad. Para él, es el principio y fin de todas las cosas. Convertir en un culto a la libertad, escribir su nombre en todas las paredes, erigir estatuas que iluminan el mundo, para hablar de ello a tiempo y a destiempo, para declararse libre del determinismo hereditario cuando sus movimientos atávicos y abarcantes te hace un esclavo. .. este es el logro de los libertarios.

El anarquista, refiriéndose simplemente a la etimología, está contra la autoridad. Eso es exacto. Él no tiene la libertad como causalidad, sino más bien el carácter definitivo de la evolución de sí. No dice, aun cuando se trate del más mínimo de sus actos: “Yo soy libre” sino “quiero ser libre”. Para él, la libertad no es una entidad, una calidad, algo que uno tiene o no tiene, sino un resultado que se obtiene en la medida en que se obtiene poder.

Él no tiene la libertad como un derecho que existía antes de él, antes que los seres humanos, sino una ciencia que se adquiere, que los humanos adquieren, día tras día, para liberarse de la ignorancia, la supresión de los grilletes de la tiranía y la propiedad.

El hombre no es libre de actuar o no actuar, por su sola voluntad. Aprende a hacer o no hacer cuando ha ejercido su juicio, iluminada su ignorancia, o destruido los obstáculos que se interponen en su camino. Así que si tomamos la posición de un libertario, sin conocimientos musicales al frente de su piano,¿es libre para jugar? ¡NO! No tendrán esta libertad hasta que haya aprendido la música y a tocar el instrumento. Esto es lo que dicen los anarquistas. También la lucha contra la autoridad que le impide desarrollar sus aptitudes musicales – cuando las tiene – o el que retiene los pianos. Para tener la libertad de tocar el piano, tiene que tener el poder de saber y el poder tener un piano a su disposición. La libertad es una fuerza que hay que saber como desarrollar en el individuo, nadie puede otorgarlo.

Cuando la República toma su famoso eslogan: “Liberté, Egalité, Fraternité”, ¿nos hace libres, iguales o hermanos? Ella nos dice: “Usted es libre” pero son palabras vanas ya que no tenemos el poder para ser libre. ¿Y por qué no tenemos ese poder? Principalmente porque no sabemos cómo adquirir los conocimientos adecuados. Tomamos el espejismo en vez de la realidad.

Siempre esperamos la libertad de un Estado, de un Redentor, de una Revolución, nunca trabajamos para desarrollarla dentro de cada individuo. ¿Cuál es la varita mágica que transforma la actual generación nacida de siglos de servidumbre y renuncia en una generación de seres humanos que merecen la libertad, porque son lo suficientemente fuertes como para conquistarla?

Esta transformación vendrá de la conciencia de que los hombres tendrán o no libertad de conciencia, que la libertad no está en ellos, que no tienen derecho a ser libres, que no todos nacemos libres e iguales … y que es sin embargo imposible tener la felicidad sin libertad. El día que tengan esta conciencia no se detendrán ante nada para obtener la libertad. Esta es la razón por la lucha de los anarquistas con tanta fuerza contra la corriente libertaria que hace que uno tome la sombra en vez de la sustancia.

Para obtener esta energía, es necesario que la lucha en contra de dos corrientes que amenazan a la conquista de nuestra libertad: es necesario defenderse contra otros y contra sí mismo, contra las fuerzas externas e internas. Para ir hacia la libertad, se hace necesario el desarrollo de nuestra individualidad. Cuando digo: ir hacia la libertad, me refiero a que cada uno de nosotros vaya hacia el desarrollo más completo de nuestro Yo. No somos por lo tanto libres de tomar cualquier camino, es necesario esforzarnos por tomar el camino correcto. No somos libres para ceder a los deseos excesivos y fuera de la ley, estamos obligados a satisfacerlas. No somos libres de ponernos en estado de ebriedad para que nuestra personalidad pierda el uso de su voluntad, lo cual nos coloca a merced de cualquier cosa, digamos más bien que soportamos la tiranía de una pasión que la miseria del lujo nos ha dado. La verdadera libertad consistiría en un acto de autoridad sobre este hábito, para liberarse de su tiranía y sus corolarios.

Yo digo, un acto de autoridad, porque no tengo la pasión de la libertad considerada a priori. Yo no soy un libertario. Si deseo adquirir la libertad, yo no la adoro. No me divierto rechazando el acto de la autoridad que me hará superar al adversario que me ataca, ni me niego el acto de autoridad que me hará atacar al adversario. Sé que todo acto de fuerza es un acto de autoridad. Me gustaría no tener que usar la fuerza, la autoridad contra otros hombres, pero yo vivo en el siglo 20 y no estoy libre de la dirección de mis movimientos para adquirir la libertad.

Por lo tanto, considero la Revolución como un acto de autoridad de unos contra otros, rebelión individual como un acto de autoridad de unos contra otros. Y por lo tanto me parecen lógicos estos medios, pero quiero determinar con exactitud la intención. Me parecen lógicos y estoy dispuesto a cooperar, si estos actos de la autoridad temporal tienen la remoción de una autoridad estable y dar más libertad como meta, me parecen ilógicas y me frustro si su objetivo no es la eliminación de una autoridad. Por estos hechos, la autoridad gana poder: ella no ha hecho otra cosa que cambiar de nombre, aun el que uno ha elegido con ocasión de su modificación.

Los libertarios hacen un dogma de la libertad; los anarquistas la hacen un fin. Los libertarios creen que el hombre nace libre y que la sociedad lo convierte en un esclavo. Los anarquistas se dan cuenta que el hombre nace en la más completa de las subordinaciones, la más grande de las servidumbres y que la civilización lo lleva al camino de la libertad.

Lo que reprochan los anarquistas es la asociación de los hombres y la sociedad -que está obstruyendo el camino después de haber guiado nuestros primeros pasos. La Sociedad ofrece hambre, la fiebre maligna, bestias feroces – evidentemente no en todos los casos, pero en general – pero ella hace presa a la humanidad de miseria, exceso de trabajo, y los gobiernos. Pone a la humanidad entre la espada y la pared. Ella hace que el niño se olvide de la autoridad de la naturaleza para ponerlo bajo la autoridad de los hombres.

El anarquista interviene. Él no pide la libertad como un bien que se ha tomado de él, sino como un bien que se le impide su adquisición. Observa la sociedad actual y declara que es un mal instrumento, una mala manera de llamar a las personas a su completo desarrollo.

El anarquista ve a la sociedad envolver a los hombres con un entramado de leyes, una red de normas, y una atmósfera de moralidad y prejuicios sin hacer nada para sacarlos de la noche de la ignorancia. Él no tiene la religión del liberal, un liberal podría decir, cada vez más que quiere la libertad para sí mismo como él quiere aire puro para sus pulmones. Decide entonces trabajar por todos los medios para destrozar los hilos de la red, los nudos de la red y se esfuerza por abrir el libre pensamiento.

El deseo del anarquista es ser capaz de ejercer sus facultades con la mayor intensidad posible. cuanto más se mejora, más experiencia él tiene, cuanto más se destruyen obstáculos, tanto intelectuales y morales como materiales, más toma un campo abierto, más se permite que su individualidad se amplíe, más se vuelve libre de evolucionar y tanto más procede a la realización de su deseo.

Pero no voy a permitir que me deje llevar y voy a volver más precisamente al tema.

El libertario que no tiene el poder para llevar a cabo una explicación, una crítica que reconoce como bien fundamentada o que no quiere discutir, dice ” Yo soy libre de actuar así”. El anarquista dice: “Creo que tengo razón para actuar así, pero vamos.” Y si la crítica se trata de una pasión que no tiene la fuerza para liberarse de ella, añadirá: “Estoy bajo la esclavitud de este atavismo y el hábito de esto”. Esta simple declaración no será gratis. Se llevará a su propia fuerza, tal vez para el individuo atacado, pero seguro que para el individuo que la hizo, y para aquellos que son menos atacados por la pasión en cuestión.

El anarquista no actúa así debido a la modestia, o el espíritu de contradicción, sino porque tiene una concepción que es completamente diferente de la de los libertarios. Él no cree en la libertad innata, sino en la libertad que se adquiere. Y porque sabe que no posee todas las libertades, tiene una mayor voluntad de adquirir el poder de la libertad.

Las palabras no tienen un poder en sí mismas. Tienen un sentido que uno debe saber bien, indicar con precisión a fin de dejarse tomar por la magia. La gran Revolución nos ha puesto en ridículo a nosotros con su lema: “Liberté, Egalité, Fraternité”, los liberales nos han cantado, sobre todo, la melodía de su “laissez-faire” con el estribillo de la libertad de trabajo, los libertarios se engañan a sí mismos con la creencia en una libertad pre-establecida y hacen críticas en su honor … Los anarquistas no quieren la palabra, sino la cosa. Ellos están en contra de la autoridad, el gobierno, el poder económico, religioso y moral, a sabiendas que mientras más se reduce la autoridad, la libertad más se incrementa.

Es una relación entre la potencia del grupo y el poder del individuo. Cuanto más el primer término de esta relación es menor, la autoridad es más reducida, la libertad es más mayor.

¿Qué quieren los anarquistas? Para llegar a un estado en el que estos dos poderes están en equilibrio, donde el individuo tiene la libertad real de movimiento sin obstaculizar la libertad de circulación de otro. El anarquista no quiere invertir la relación para que su libertad provenga de la esclavitud de los demás, porque sabe que la autoridad es mala en sí misma, tanto para el que se somete a ella como para quien la ejerza.

Para realmente conocer la libertad, hay que desarrollar al ser humano hasta que uno se asegura de que ninguna autoridad tiene la posibilidad de existir.”

Tomado de Editorial Innis Free

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Hoppe en una lección

Publicado el 17 Junio, 2013 en Mises Hispano
Todo escolar aprende que, para llegar a una conclusión verdadera, debe empezar con premisas verdaderas y usar una lógica válida. Por desgracia, esta lección se olvida bastante en la vida posterior. A la mayoría le falta la inteligencia, el interés o el coraje para aplicar rigurosamente la lección. Muchos rompen o retuercen las reglas para avanzar en sus planes o carreras. Otros sólo pueden esbozar la voluntad de seguir las reglas en algunos lugares y casos. Rara es la persona que aprende la lección.Hans-Hermann Hoppe ha demostrado la altura intelectual que puede alcanzarse empleando la lección con una mente brillante, una ferviente devoción por la verdad y un irredento coraje moral. Lo que sigue es una breve explicación de cómo pone las cosas claras en el campo de la economía del bienestar.La antigua economía del bienestar trataba de dar la vuelta a las conclusiones de laissez faire de la Escuela Clásica basándose en la teoría de la utilidad marginal aportada por la revolución marginalista. Si la utilidad podía compararse interpersonalmente, con varias suposiciones como la utilidad cardinal, los planes de utilidad idénticos o la utilidad del dinero entre la gente, los antiguos economistas del bienestar argumentaban que la utilidad marginal decreciente implicaba una ganancia en el bienestar social, entre otras intervenciones del estado, al redistribuir la riqueza de los ricos a los pobres. Esta línea de argumentación se vino abajo por la demostración de que la subjetividad del valor impide comparaciones de utilidad interpersonal. Por tanto, sólo puede decirse que el bienestar social se mejora sin ambages como consecuencia de un cambio si hace que al menos una persona mejore y ninguna empeore. La regla de Pareto impide a los economistas reclamar mejoras en el bienestar social mediante intervenciones del estado, ya que hacen que algunos mejoren y otros empeoren.

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Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El mito de Hayek

Publicado el 5 Julio, 2013 en Mises Hispano
Traducción de Dante Bayona
 

Como la mayoría de ustedes sabe, yo era de la izquierda durante los últimos años de secundaria y los primeros años en la universidad; y cuando gradualmente fui descubriendo los errores de la izquierda, fui buscando alternativas. Y encontré, por su frecuente presencia en la prensa, a Milton Friedman y Friedrich Hayek, como los antagonistas de principios y alternativas a todo lo socialista. Y de hecho encontré muchos buenos argumentos en sus escritos para combatir la izquierda predominante en ese tiempo.

Y fue a través de Friedman y Hayek que eventualmente descubrí a Mises, y finalmente a Rothbard. Entonces tengo que decir que debo, intelectualmente, algo a Friedman y Hayek. Pero ese no es mi tópico. En vez de eso, quiero analizar por qué ambos, Friedman y Hayek, eran presentados en ese tiempo, hace casi 40 años, e incluso más en estos días—especialmente en Europa, pero también en los EE.UU.—como los opositores más radicales contra la izquierda, mientras, como luego me di cuenta rápidamente y mostraré en breve, Friedman y Hayek son en realidad parte de la izquierda, por supuesto, no de la versión fuerte tradicional marxista de la izquierda, sino de la versión suave, social-demócrata, redistribucionista del socialismo. Y por eso,  desde mi punto de vista, ellos ofrecen cualquier cosa menos una alternativa de principios contra el socialismo y la izquierda. A esto se le puede llamar “el Mito de Friedman y Hayek.” Aquí me dedicaré sólo a la mitad del mito, al Mito de Hayek.

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La paradoja del imperialismo

11 Junio, 2013 en Mises Hispano

[Hans-Hermann Hoppe recibió el premio Schlarbaum por los logros de una vida dedicada al estudio de la libertad. Es5e artículo está extraído del discurso de aceptación del profesor Hoppe]

El estado

Convencionalmente se define al estado como una agencia con dos características únicas. Primero, es un monopolista territorial forzoso en la toma de decisiones (jurisdicción). Es decir, es el árbitro definitivo en todo caso de conflicto, incluyendo conflictos que le afectan. Segundo, el estado es el monopolista territorial de los impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que deben pagar los ciudadanos por su provisión de ley y orden.

Como es previsible, si uno solo apela al estado para conseguir justicia, la justicia se pervertirá a favor del estado. En lugar de resolver conflictos, un monopolista de toma definitiva de decisiones actuará en su propio beneficio.  Peor aún, cuando la calidad de la justicia caiga bajo auspicios monopolistas, su precio aumentará. Motivados como todos por su propio interés, pero equipados con el poder de establecer impuestos, el objetivo de los agentes del estado es siempre el mismo: maximizar rentas y minimizar esfuerzos productivos.

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El Infierno de la Inflación

Publicado en Mises Hispano

1 Mayo, 2013

A lo largo de la historia, los gobiernos han luchado contra el uso de moneda fuerte. En 1912, Ludwig von Mises identificaba la razón de esto:

El principio de la moneda fuerte tiene dos aspectos. Es afirmativo en aprobar la elección del mercado de un medio de intercambio comúnmente usado. Es negativo en obstaculizar la propensión del gobierno a entrometerse en el sistema monetario.[1]

Los gobiernos solo pueden estrujar una limitada cantidad de dinero a sus ciudadanos a través de los impuestos sin incitar a la desobediencia civil, así que se hacen amigos de los bancos, que tienen una forma de hacer que el dinero aparezca de la nada. El dinero que crean no es fuerte, pero esto no preocupa a casi nadie. Para los políticos es suficientemente fuerte: les proporciona billetes a la riqueza del mercado, que es todo lo que quieren. El dinero fuerte no cooperaría de esta manera. No deriva de decisiones políticas del banco central.

Se cita a menudo el patrón oro clásico como ejemplo de un sistema de moneda fuerte. Puede que haya sido el mejor sistema nunca diseñado, pero existía con aprobación del gobierno (era, en otras palabras, un patrón orofiduciario). Como ha escrito Guido Hulsmann, el patrón oro internacional fue un acuerdo de cártel entre gobiernos. Los cárteles protegen los intereses de sus miembros a costa de los que no lo son, incluyendo al público en general.

A principios de la década de 1880, los países de Occidente y sus colonias en todo el mundo adoptaron el modelo británico [bajo el que se hizo del oro un monopolio de curso legal]. Esto creaba la gran ilusión de una unidad económica profunda en el mundo occidental, cuando en realidad el movimiento únicamente homogeneizaba los sistemas monetarios nacionales. La homogeneidad duró hasta 1914, cuando los bancos centrales suspendieron pagos y se prepararon para financiar la Primera Guerra Mundial mediante la imprenta.[2]

Gobiernos y banqueros odian el oro porque su oferta no puede inflarse a voluntad. Trabajan duro para establecer y mantener un sistema monetario bajo su control que pueda responder rápidamente a sus demandas de inflación, o de lo que hoy se llama “acomodación”. La Primera Guerra Mundial ofrece un oportuno y trágico ejemplo.

Haciendo verdes dejando rojo al país

Los que se beneficiaron de la guerra tenían poco en común con los hombres que lucharon en ella. La lucha se dejó principalmente a los jóvenes reclutas, de los que muchos millones fueron muertos o heridos. Los que se beneficiaron sabían moverse por Washington.

Si la soberanía monetaria hubiera residido en el mercado en lugar de en el gobierno, no hubiera habido guerra. O si hubiera empezado, habría acabado mucho antes. La moneda fuerte tenía que morir antes de que los hombres pudieran morir en tan enormes cantidades.

Cuando empezó la guerra en agosto de 1914, los beligerantes europeos inmediatamente dejaron de redimir sus divisas en oro y empezaron a emitir deuda. Al necesitar un mercado lucrativo para sus bonos, Inglaterra y Francia eligieron la casa Morgan en EEUU para actuar como su agente de ventas. El dinero adquirido por las ventas de bonos volvía luego a Mr. J.P. Morgan cuando el gobierno compraba material de guerra, recompensándole con comisiones tanto en las ventas como en las adquisiciones. Además, muchas de las empresas con las que hacía negocios Morgan eran parte de sus propios enormes dominios.

El pacifista J.P. Morgan, que dijo: “Nadie podría odiar la guerra más que yo”, obtenía enormes beneficios manteniendo a la maquinaria bélica aliada produciendo muerte y destrucción en ultramar. Las compras totales durante la guerra llegaron a los 3.000 millones de dólares, produciendo a la casa Morgan 30 millones solo en comisiones. Como escribe G. Edward Griffin, refiriéndose a la obra de Ron Chernow sobre la cas Morgan:

Las oficinas de Morgan en el 23 de Wall Street se veían acosadas por intermediarios y fabricantes que buscaban un contrato. El banco tuvo que apostar guardias en todas las puertas y también el las casas de los socios. Cada mes, Morgan controlaba compras que sumaban el equivalente al producto nacional bruto de todo el mundo solo una generación antes.[3]

Ralph Raico escribe:

Estados Unidos se convirtió en el arsenal de la Entente. Unido ahora por lazos financieros y sentimentales a Inglaterra, muchas de las grandes empresas estadounidenses trabajaban de una manera u otra para la causa aliada. (…) El Wall Street Journal y otros órganos de la élite empresarial eran ostensiblemente pro-británicos en cada oportunidad, hasta que se nos metió finalmente en la refriega europea.[4]

Para la clase política, la guerra proporcionaba un enorme impulso para el crecimiento del estado y de su prestigio. El historiador Joseph Stromberg escribe:

A medida que las bajas crecían por millares (pronto serían millones), las potencias beligerantes eligen seguir peleando en lugar de volverse a pensar la guerra. Ambos bandos transmitían propaganda a su propio pueblo y a los neutrales. Los aliados eran mucho mejores. Los gobernantes en todas partes formulaban ambiciosos “objetivos bélicos”.

La guerra mostró un masivo aumento del estado a costa de la sociedad civil, la libertad individual y los mercados libres. Cada estado “planificaba” su economía. Para justificar los sacrificios, los gobiernos prometían nuevos programas sociales. (¿Ahora muerte, después igualdad?) El “socialismo de guerra” se convirtió en el plato del día. Los líderes sindicales trabajaban en los consejos de planificación económica. La inflación escondía los costes monetarios.

El historiador Howard Zinn informa de que “En los tres primeros meses de la guerra, casi todo el ejército británico original había desaparecido”. Al estancarse la guerra en el frente occidental, hombres de ambos bandos morían por decenas de miles por unos pocos metros de tierra quemada.

Para los generales al mando, los reclutas eran munición a sacrificar.

En julio de 1916, el general británico Douglas Haig ordenó  once divisiones de soldados ingleses salir de sus trincheras y dirigirse a las líneas alemanas. Las seis divisiones alemanas usaron sus ametralladoras. De los 110.000 que atacaron, murieron 20.000, 40.000 más resultaron heridos. (…) El 1 de enero de 1917, Haig fue ascendido a mariscal de campo.[5]

En el campo de batalla de trincheras de la Primera Guerra Mundial, los muertos nunca abandonaron el escenario.

La línea de trincheras que se extendía de Suiza al Canal de la Mancha estaba plagada de los restos de tal vez un millón de hombres. (…) Los enterrados reaparecerían durante los bombardeos y serían reenterrados, a veces para ayudar a soportar, bastante literalmente, las trincheras en las que habían luchado. Muchos soldados recordaban el hedor de la descomposición y los enjambres de moscas en los cadáveres, especialmente durante los meses de verano. Todos odiaban las ratas.[6]

Incluso con Gran Bretaña imponiendo un bloqueo de hambre contra Alemania que acabaría matando a 750.000 civiles alemanes, los aliados corrían el riesgo de perder la guerra. Utilizando una flota de submarinos recién construida, los alemanes estaban destruyendo barcos aliados a un ritmo de 300.000 toneladas semanales. Al final de la guerra, los U-boats habían hundido más de 5.700 barcos. A principios de 1917, los aliados afrontaban la perspectiva de pedir un acuerdo de paz a Alemania.[7]

Wilson rescata Wall Street

Para Wall Street, la paz no era una opción. Con la posibilidad de que los bonos aliados quedaran impagados, los invasores perderían 1.500 millones de dólares. Se perderían las comisiones, así como los beneficios de vender material bélico. El Tesoro podía subvencionar directamente a los aliados, pero solo si EEUU abandonaba su “neutralidad” y entraba en guerra.[8] Tras el discurso de Wilson en el Congreso, lo hizo oficialmente el 6 de abril de 1917.

Así se salvaron los flujos de caja de Morgan. Estados Unidos extendió los créditos a los aliados (que volvieron a Morgan para pagar los préstamos), aumentaron los impuestos de la renta (especialmente a los ricos) y la Fed hinchó.

Entre 1915 y 1920, la oferta monetaria y los precios se doblaron. Los déficits federales eran de mil millones de dólares al mes, superando el presupuesto federal anual antes de la guerra. El gobierno dirigía la economía, estableciendo precios y prioridades, teniendo a su disposición sectores enteros, como ferrocarriles, teléfonos y telégrafos. La expresión “libertades civiles” era sinónimo de traición, se animaba a la gente a espiar a sus vecinos y la censura estaba en todas partes. “El reinado de terror del gobierno contra los “pro-alemanes’ apuntaba a todos los que dudaran de la causa”, escribe Stromberg. “Tantos chivatos hicieron que H.L. Mencken sugiriera darles medallas”.

A la gente se la encarcelaba por pedir al gobierno que cumpliera la ley. Robert Higgs nos dice:

En California, la policía detuvo a Upton Sinclair por leer la Declaración de Derechos en una gira. En Nueva Jersey, la policía detuvo a Roger Baldwin por leer públicamente la Constitución.

La “campaña de propaganda masiva” del gobierno produjo

incontables incidentes de intimidación, abuso físico e incluso linchamiento de personas sospechosas de deslealtad o insuficiente entusiasmo por la guerra. La gente de ascendencia alemana sufrió de manera desproporcionada.[9]

Pero al principio hubo un gran problema. El presidente de EEUU estaba pidiendo a los muchachos estadounidenses que arriesgaran sus vidas para hacer al mundo “seguro para la democracia”, pero se alzaron pocas manos. Tal vez estuvieran más de acuerdo con el senador progresista de Wisconsin, Robert M. La Follette, que decía al Congreso que los pobres serían “los llamados a pudrirse en las trincheras”. En palabras de Ralph Raico:

En los diez primeros días después de la declaración del guerra, solo se alistaron 4.355 hombres; en las siguientes semanas, el Departamento de Guerra consiguió solo un sexto de los hombres requeridos. Aún así, el programa de Wilson reclamaba que enviáramos un gran ejército a Francia, de forma que las tropas estadounidenses estuvieran suficientemente “ensangrentadas”.[10]

Con la juventud del país sin mostrar ningún interés en morir o matar por políticos corruptos, Wilson decidió utilizar las bayonetas. El 18 de mayo de 1917 firmó la Ley del Servicio Selectivo para registrar más de 10 millones de hombres, de los cuales se seleccionó a más de 2,8 millones.[11] En un aparente intento de hacer de sí mismo y de su administración la inspiración para el Gran Hermano, Wilson añadió que el servicio militar no era “en ningún caso un reclutamiento forzoso de los no dispuestos: es más bien la selección de una nación que se ha presentada voluntaria en masa”.

Los “voluntarios” que no se registraban pasaban un año en prisión y a cualquiera que se le encontrara obstruyendo el proceso de reclutamiento debía pagar una multa de 10.000$ y 20 años en la cárcel.[12]

Según Wikipedia, en la Primera Guerra Mundial se mató a 16 millones de personas, contando tanto soldados como civiles. Fueron heridos otros 21 millones. Francia perdió a la mitad de sus hombres de entre 20 y 32 años. La guerra costó más de 117.000 vidas estadounidenses y dejó heridos a otros 205.000. La carga psicológica de los supervivientes va más allá de nuestra comprensión.

Un sistema de moneda fuerte hubiera convertido en ficción todo el relato anterior. Sin la cobertura de la financiación que proporciona la inflación, el conflicto habría sido poco más que una quimera belicista.

¿Qué trajo al mundo todo este sufrimiento y muerte? La Rusia soviética, Adolf Hitler, el keynesianismo, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el Telón de Acero y mucho más (incluyendo las instituciones financieras demasiado grandes como para quebrar). La guerra, sea fría o caliente, se convirtió en un negocio lucrativo.

Como repite T. Hunt Tooley en su ensayo “Merchants of Death Revisited: Armaments, Bankers, and the First World War”, tanto los fabricantes de armas como los banqueros, aquí y en Europa,

utilizaron a sus propios gobiernos para subvencionar sus operaciones y generar un enorme beneficio. Tanto fabricantes de armas como banqueros fueron activos en dar subvenciones a la prensa para moldear la opinión pública como se necesitaba. Tal vez sea más importante que los intereses de ambos grupos caían en un ciclo de conflicto. Los fabricantes de armas necesitaban conflictos para tener una enorme demanda [pero] también necesitaban periodos de paz armada o guerra fría para actualizar tecnologías y vender sus nuevos productos. Igualmente los banqueros necesitaban conflictos como forma de financiar los esfuerzos bélicos de los gobiernos en general, forjando todo tipo de relaciones con esos gobiernos y consiguiendo la ayuda del gobierno para aplastar a sus rivales empresariales o comprarlos. Aún así, los periodos de paz eran especialmente importantes para los banqueros, porque se obtenían beneficios aún mayores por los trabajos de reconstrucción después de que se acabara un conflicto, contándose entonces no en millones, sino en miles de millones.

 

Conclusión

Si los bancos beligerantes no hubieran estado protegidos por el privilegio público, la gente se habría llevado su oro. Con el riesgo excesivo de unos impuestos masivos, la guerra de cuatro años se habría acabado en cuatro meses.[13] Sin medios para pagarla, se hubiera denegado su guerra a la clase política. Los préstamos con reserva fraccionada y el abandono del oro abrieron las puertas al matadero.[14]

Durante los siglos XVII y XVIII, los piratas del mar frecuentemente izaban la Jolly Roger para asustar a sus víctimas y que se rindieran sin pelear. La calavera y las tibias sobre el fondo negro representaban muerte y saqueo. Cuando Nixon cerró la ventanilla del oro a los gobiernos extranjeros en 197, el dólar se convirtió en puro papel moneda fiduciario, ideal para la piratería legal.

Con un papel moneda fiduciario bajo el control de su banco central, el gobierno de EEUU y sus empresas relacionadas pueden asaltar la riqueza de los tenedores de dólares y financiar un imperio mundial mediante sobornos, intimidación y guerra, mientras que los grandes bancos comerciales pueden inflar en su provecho, sabiendo que la Fed puede crear y creará suficientes dólares como para rescatarlos ante problemas.

El propio dólar aún muestra un parecido cercano al medio de papel que una vez circuló como sustitutivo del dinero real. Cuánto más honrado sería que el dólar actual mostrara la imagen de la Jolly Roger.[15]


[1] Ludwig von Mises, The Theory of Money and Credit, The Foundation for Economic Education, Inc., Irvington-on-Hudson, Nueva York, 1971, p. 414. [Publicado en España como La teoría del dinero y el crédito (Madrid: Unión Editorial, 1997)]

[2] Jorg Guido Hulsmann, The Ethics of Money Production, Mises Institute, Auburn, AL, 2008, p. 211.

[3] G. Edward Griffin, The Creature from Jekyll Island: A Second Look at the Federal Reserve, Cuarta Edición, American Media, Westlake Village, CA, 2002, p. 236.

[4] Ralph Raico, Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal, Mises Institute, Auburn, AL, 2010, p. 25

[5] Howard Zinn, A People’s History of the United States, Capítulo 14: War is the Health of the State.

[6] J. M. Winter, The Experience of World War I, Oxford University Press, Nueva York, 1995, p. 146.

[7] Creature, p. 238.

[8] Creature, p. 239.

[9] Robert Higgs, Against Leviathan: Government Power and a Free Society, The Independent Institute, Oakland, CA, 2004, p. 166.

[10] Great Wars, p. 40.

[11] Against Leviathan, p. 165

[12] Robert Higgs, Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government, Oxford University Press, Nueva York, 1987, pp. 132-133.

[13] Garet Garrett, A Bubble That Broke The World, Fraser Publishing, Burlington, VT, 1996, p. 3.

[14] Gary North, The Gold Wars, 2009, p. 23.

[15] George Ford Smith, The Flight of the Barbarous Relic, CreateSpace, 2008.


Publicado el 28 de abril de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original en Inglés se encuentra aquí.

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Los impuestos son un robo, parte 1

Publicado en Mises Hispano

8 Abril, 2013
La Enciclopedia Británica define el sistema tributario como “la parte de los ingresos de un estado que se obtiene por cuotas y cargas obligatorias a sus sujetos”. Es casi tan adecuada y concisa como puede ser una definición: no deja espacio para discutir qué es un sistema tributario. En esa exposición de los hechos, domina la palabra “obligatorias”, sencillamente por su contenido ético. La reacción inmediata es preguntarse por el “derecho” del Estado a este uso del poder. ¿Qué permiso, en términos morales, aduce el Estado para apoderarse de propiedades? ¿Es su ejercicio de la soberanía suficiente por sí mismo?En esta cuestión de la moralidad hay dos posiciones que nunca pueden reconciliarse. Aquéllos que sostienen que las instituciones políticas provienen de la “naturaleza del hombre”, disfrutando así de una divinidad indirecta, o aquéllos que consideran al Estado como la piedra angular  de la integración social, no encuentran ningún problema en el sistema tributario per se: la toma de propiedades por el Estado se justifica por su existencia o sus resultados benéficos. Por el contrario, quienes sostienen la primacía del individuo, cuya misma existencia es su justificación de derechos inalienables, se inclina por la postura de que en la obtención obligada de cuotas y cargas el Estado está meramente ejerciendo su poder, sin consideraciones morales.Continúe leyendo…

 

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Los impuestos son un robo, parte 2

Publicado en Mises Hispano

22 Abril, 2013

Autor: Frank Chodorov [De Out of Step: The Autobiography of an IndividualistVeasé parte 1 en español]

Una inmoralidad básica se convierte en el centro de un vórtice de inmoralidades. Cuando el Estado invade el derecho del individuo al producto de su trabajo se apropia de una autoridad contraria a la naturaleza de las cosas y por tanto establece un modelo no ético de comportamiento, tanto para él como para aquéllos contra los que ejercita su autoridad. Así que el impuesto sobre la renta ha hecho al Estado cómplice de lo obtenido del crimen; la ley no puede distinguir entre rentas derivadas de la producción y rentas derivadas del robo; no le preocupa su origen. Igualmente esta negación de la propiedad genera un resentimiento que se convierte en perjurio y falta de honradez. Hombres que en sus asuntos personales difícilmente recurrirían a esos métodos, o que se verían en el ostracismo social por practicarlos, se enorgullecen y les felicitan al evadir las leyes del impuesto de la renta: se considera adecuado emplear las mentes más hábiles para esto. Aun más degradante es animar al espionaje mutuo mediante sobornos. Ninguna otra medida en la historia de este país ha causado una indiferencia de principios comparable en los asuntos públicos o ha tenido un efecto tan deteriorante en la moralidad.

Para abrirse paso a la buena voluntad de sus víctimas, los impuestos se han rodeado de doctrinas de justificación. Ninguna ley que no tenga la aprobación o aquiescencia pública puede implantarse y para obtener ese apoyo debe dirigirse a nuestro sentido de la rectitud. Esto es particularmente necesario para normas que autoricen a llevarse la propiedad privada.

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