El alto precio de retrasar el impago

El crédito es una herramienta maravillosa que puede ayudar a avanzar en la división del trabajo, aumentando así la productividad y la prosperidad. La concesión de crédito permite a los ahorradores extender su renta por el tiempo, como prefieran. Al tomar préstamos, los inversores pueden implantar planes de gasto productivo que serían incapaces de pagar utilizando sus propios recursos.
Lo efectos económicamente beneficiosos del crédito solo pueden producirse, sin embargo, si el sistema crediticio y monetario subyacente se basa sólidamente en principios de libre mercado. Y aquí hay un problema importante para las economías de hoy en día: el régimen crediticio y monetario que prevalece es irreconciliable con el sistema de libre mercado.

Actualmente, todas las divisas importantes del mundo (ya sea el dólar de EEUU, el euro, el yen japonés o el renminbi chino) representan papel no respaldado patrocinado por el gobierno o monedas “fiduciarias”. Estas monedas tienes tres características. Primero, los bancos centrales tienen un monopolio sobre la producción de dinero. Segundo, el dinero se crea mediante préstamo bancario (o “de la nada”), sin que los préstamos estén respaldados por ahorro real. Y tercero, el dinero que se desmaterializa puede expandirse en cualquier cantidad deseada políticamente.

Un régimen de moneda fiduciaria sufre de una serie de defectos económicos y éticos de largo alcance. Es inflacionista, causa inevitablemente olas de especulación, provoca malas inversiones y ciclos de “auge y declive” y en general estimula una creación excesiva de deuda. Y el dinero fiduciario favorece injustificablemente a unos pocos a costa de muchos: los primeros receptores del nuevo dinero se benefician a costa de los que reciben el nuevo dinero en un momento posterior (“Efecto Cantillon”).

Un asunto merece atención particular: la carga de la deuda que se acumula con el tiempo en un régimen de moneda fiduciaria se convertirá en insostenible. La principal razón para esto es que la acción de crear crédito y dinero de la nada, acompañada por tipos de interés artificialmente suprimidos, estimula las malas inversiones: inversiones que no tiene el poder de ganancia como para pagar completamente el resultante aumento de la deuda.

Los gobiernos son especialmente culpables de acumular una excesiva carga de deuda, muy ayudados por bancos centrales proporcionando una oferta inagotable de crédito con costes artificialmente bajos. Los políticos financian con crédito las promesas electorales y los votantes asienten porque esperan beneficiarse del “cuerno de la abundancia” del gobierno. La clase dirigente y la clase de los dirigidos tienen bastantes esperanzas en poder diferir el pago a futuras generaciones para ponerlo en orden.

Sin embargo llega un momento en el que los inversores privados ya no están dispuestos a refinanciar deuda vencida, y no digamos un mayor endeudamiento de bancos, grandes empresas y gobiernos. En esa situación, el auge del papel moneda está condenado al colapso: el aumento en la preocupación por los impagos de créditos es un enemigo mortal para el régimen de moneda fiduciaria. Y una vez se seca el flujo del crédito, el auge se convierte en declive. Esto es exactamente lo que estuvo a punto de ocurrir en muchas áreas de divisa fiduciaria en todo el mundo en 2008.

Un declive de moneda fiduciaria puede evolucionar fácilmente hacia una depresión a gran escala, lo que significa bancos en quiebra, empresas declarando suspensiones de pagos e incluso algunos gobiernos fracasando. La economía se contrae agudamente, causando un desempleo masivo. Esa evolución previsiblemente se interpretará como una dura prueba en lugar de un ajuste económico que resultaba inevitable por los estragos del previo auge de la moneda fiduciaria.

Todos (los de la clase gobernante y los de la clase de los gobernados) previsiblemente querrán escapar del desastre. Amenazados con una extrema dureza económica y desesperación política, sus ojos se dirigirán al banco central que, ay, puede imprimir todo el dinero deseado políticamente para mantener la liquidez de los agobiados prestatarios, sobre todo bancos y gobiernos.

Poner en marcha la imprenta electrónica se percibirá como la política del mal menor, una reacción que pudo verse muchas veces a lo largo de la turbulenta historia del papel moneda sin respaldo. Desde el final de 2008, muchos bancos centrales han sostenido a flote con éxito a sus bancos comerciales proporcionándoles nuevos créditos a tipos de interés de prácticamente cero.

Esta política significa realmente que los bancos creen aún más crédito y dinero fiduciario. Más crédito y dinero, proporcionados a tipos de interés históricamente bajos, se ven como un remedio de los problemas causados por una expansión del crédito y el dinero, proporcionados a tipos de interés bajos, para empezar. Difícilmente es un camino a seguir que inspire confianza.

Fue Ludwig von Mises el que entendió que un auge de moneda fiduciaria acabará, y realmente debe acabar, en un colapso del sistema económico. La única pregunta sin sería si ese resultado se verá precedido por una devaluación de la divisa o no:

El auge no puede continuar indefinidamente. Hay dos alternativas. O los bancos continúan la expansión del crédito sin restricciones y por tanto causan aumentos de precios en constante acumulación y una orgía de especulación siempre creciente, que, como en todos los demás casos de inflación ilimitada, acaba con una “quiebra del auge” y en un colapso del sistema monetario y crediticio. O los bancos se detienen antes de llegar a este punto, renuncian voluntariamente a una mayor expansión del crédito y producen así la crisis. La depresión les sigue en ambos casos.[1]

Una política monetaria dedicada a evitar impagos crediticios por todos los medios significaría un escenario bastante duro: depresión precedida por inflación. Es un escenario bastante similar al que se produjo, por ejemplo, en la inflación de moneda fiduciaria en la Francia del siglo XVIII.

Según Andrew Dickson White, Francia emitió papel moneda

buscando un remedio para un mal comparativamente pequeño en un mal infinitamente más peligroso. Para curar una dolencia de carácter temporal, se administró un veneno corrosivo, que se comió lo vital de la prosperidad francesa.

Progresó de acuerdo con una ley de la física social que podemos llamar la “ley de aceleración de las emisiones y la depreciación”. Era comparativamente fácil evitar la primera emisión; era mucho más difícil evitar la segunda; evitar la tercera y las posteriores era prácticamente imposible.

Llevó a la ruina (…) a comercio y manufacturas, el interés comercial, el interés agrícola. Trajo sobre ellos la misma destrucción que produciría a un holandés abrir los diques del mar para regar su jardín en un verano seco.

Acabó con la completa postración financiera, moral y política de Francia, una postración de la que solo pudo salir Napoleón.[2]

[1] Ludwig von Mises. Interventionism: An Economic Analysis. Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1998. P. 40.

[2] Andrew Dickson White. Fiat Money Inflation in France, How It Came, What It Brought, and How It Ended. D. Appleton-Century Company Inc., Nueva York y Londres: D. Appleton-Century, 1933. S. 66.

Publicado el 26 de febrero de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El fiasco del dinero fiduciario

I.
El régimen actual de papel moneda o dinero “fiduciario” es un esquema económica y socialmente destructivo con consecuencias económicas y sociales de largo alcance y seriamente dañinas, efectos que se extienden más allá de lo que la mayoría de la gente imaginaría.

El dinero fiduciario es inflacionista; beneficia a unos pocos a costa de muchos otros; causa ciclos de auge y declive; lleva al sobreendeudamiento; corrompe la moral de la sociedad y acabará con una depresión a gran escala.

Sin embargo, todas estas ideas que han sido expuestas por los investigadores de la Escuela Austriaca de economía desde hace años, apenas desempeñan ningún papel entre los trabajos de los economistas ortodoxos, bancos centrales, políticos o burócratas a la hora de identificar la causa raíz de la actual crisis financiera y económica y, ante este telón de fondo, de formular los remedios apropiados.

Esto no debería sin embargo ser ninguna sorpresa. Pues el propósito (intencionado o no) de los políticos y sus influyentes “expertos” (que sirven como creadores de opinión) es mantener el régimen de dinero fiduciario, cueste lo que cueste.

II.
El régimen de dinero fiduciario esencialmente se basa en la banca central (lo que significa que un banco central patrocinado por el gobierno tiene el monopolio de la fabricación de dinero) y en la banca de reserva fraccionaria, que implica que los bancos emiten dinero creado de la nada.

En The Mystery of Banking, Murray N. Rothbard descubre el régimen de dinero fiduciario (con banca central y banca de reserve fraccionaria) como forma de engaño, un plan de latrocinio.[1]

La conclusión de Rothbard podría necesitar alguna explicación, dado que los economistas ortodoxos consideran el concepto de dinero fiduciario como una institución económica y políticamente deseable, aceptable y actual.

Una comprensión de la naturaleza y consecuencias de un régimen de dinero fiduciario debe empezar con una apreciación de lo que realmente es el dinero y qué hace en una economía de intercambio monetario.

El dinero es el medio de intercambio universalmente aceptado. Ludwig von Mises destacaba que el dinero solo tiene una función: la función de medio de intercambio; todas las demás funciones típicamente atribuidas al dinero son simplemente subfunciones de la función de intercambio del dinero.[2]

Siendo el dinero el medio de intercambio, un aumento en la existencia de dinero no confiere un beneficio social, ni puede hacerlo. Todo lo que hace es reducir, necesariamente, el poder adquisitivo de una unidad monetaria, en comparación con una situación en la que las existencias monetarias no hubieran cambiado.

Es más, un aumento en la existencia de dinero nunca puede ser “neutral”. Necesariamente beneficia a los primeros receptores del nuevo dinero a costa de los últimos receptores o aquellos que no reciban nada de las nuevas existencias monetarias, una idea conocida como el “efecto Cantillon”.

Como un aumento en la existencia de dinero beneficia más al productor del dinero (ya que obtiene primero el dinero recién creado), a cualquier persona racional le gustaría estar entre los productores de dinero o, aún mejor, ser el único productor de dinero.

Quienes estén dispuestos a faltar al respeto a los principios del libre mercado (es decir, al respeto incondicional de la propiedad privada) querrán obtener el control total sobre la producción de dinero (es decir, tener el monopolio de la producción del dinero).

Una vez se ha hecho creer a la gente que el estado (el monopolista territorial que toma en última instancia las decisiones con el derecho afijar impuestos) es un agente bienintencionado e indispensable, la producción de dinero será monopolizada antes o después por el estado.

El proceso (que hay que reconocer que es bastante largo) a través del cual el gobierno obtiene el monopolio de la producción del dinero se ha explicado teóricamente por Rothbard en ¿Qué ha hecho el gobierno de nuestro dinero?[3]

Una vez obtenido el monopolio de la producción del dinero, el gobierno reemplazará el dinero material (en forma de, por ejemplo, oro y plata) con dinero fiduciario y empezará el régimen de falsificación legalizada.

Los bancos comerciales presionarán a favor de una banca de reserva fraccionaria, lo que significa que se les autorizaría legalmente a emitir nuevo dinero (medios fiduciarios) mediante extensión de crédito por el exceso de las reservas que obtienen de sus clientes. La banca de reserva fraccionaria es un plan de obtención de lucro bastante atractivo para los prestamistas y proporciona al gobierno crédito barato para financiar su apoyo financiero (muy) por encima de sus facturas fiscales normales.

El dinero fiduciario se inyectará mediante crédito de circulación bancaria: los bancos extienden crédito y emiten nuevos balances monetarios que no están respaldados por ahorros reales. Hablando económicamente, esto es peor que falsificar dinero.

El dinero fiduciario no solo es inflacionista, causando por tanto todo lo males económicos y sociales de erosionar el poder adquisitivo del dinero y llevar a redistribución de rentas y riqueza entre la gente relacionada con una falta de mercado libre; la expansión del crédito de circulación bancaria también rebaja artificialmente el tipo de interés del mercado por debajo del tipo que habría prevalecido si no se hubiera aumentado artificialmente la oferta de crédito y dinero fiduciario, haciendo así la financiación de la deuda inapropiadamente atractiva, especialmente para el gobierno.

Es la rebaja artificial del tipo de interés del mercado la que también induce un auge artificial, que lleva a un exceso de consumo y malas inversiones y que debe acabar finalmente en un declive. Mises lo explicaba sucintamente:

El auge no puede continuar indefinidamente. Hay dos alternativas. O bien los bancos continúan con la expansión del crédito sin restricciones y causan así aumentos de precios en constante aumento y una orgía siempre creciente de especulación que, como en todos los demás casos de inflación ilimitada, acaba en un “crack del auge” y en un colapso del sistema del dinero y el crédito. O bien los bancos se detienen antes de alcanzar este punto, renuncian voluntariamente a más expansión del crédito y producen así la crisis. La depresión se produce en ambos casos.[4]

III.
Un régimen de dinero fiduciario depende esencialmente de la demanda de dinero. Mientras la gente tenga voluntariamente dinero fiduciario (e igualmente bonos públicos, bancarios y corporativos denominados en dinero fiduciario), el régimen de dinero fiduciario puede funcionar bastante bien, pues entonces la gente aumenta su demanda de dinero fiduciario al aumentar su oferta.

Como consecuencia, el aumento en las existencias de dinero no se muestra en un cambio en los precios generales de bienes y servicios (mientras pasa inadvertido que los precios habrían bajado si no hubiera habido expansión del dinero inflacionista).

Sin embargo, si la demanda de la gente de dinero fiduciario disminuye en relación con la oferta de dinero fiduciario, el sistema entra en problemas, pues entonces la oferta de dinero fiduciario se mostrará en un aumento en los precios, ya sean precios de consumo o de activos.

Aumentar precios, a su vez, especialmente cuando se trata de aumentos acelerados de precios, pone a la vista la hasta entonces bastante sutil redistribución de renta y riqueza del dinero fiduciario. Una vez la gente empieza a darse cuenta de que el dinero fiduciario es inflacionista, empieza a decaer la demanda de dicho dinero fiduciario.

Si la gente espera aumentos cada vez mayores en la oferta de dinero fiduciario en el futuro (sin límite, por así decirlo), la demanda de dinero fiduciario cae (drásticamente) o incluso se desploma completamente. Esto es lo que dispara un crack del auge, como lo llamaba Mises.[5]

La gente intercambia desesperadamente dinero fiduciario por cualquier otro objeto vendible, impulsando al alza los precios en dinero de bienes y servicios, poniendo así en marcha una espiral descendente, llevando a pérdidas cada vez mayores del poder adquisitivo del dinero fiduciario.

En ese escenario tan extremo, el dinero fiduciario puede acabar en realidad completamente destrozado. Eso es lo que ocurrió en la hiperinflación alemana de 1923, cuando el gobierno emitía cantidades cada vez más grandes de dinero y la gente acabó no aceptando más el Reichsmark como dinero.

Por tanto, para mantener en marcha el régimen de dinero fiduciario, la gente debe mantener su confianza en el valor del dinero fiduciario. Esto, a su vez, explica el papel crítico de los creadores de opinión patrocinados por el gobierno en mantener en marcha el régimen de dinero fiduciario.

Especialmente en el campo de la economía monetaria, los economistas patrocinados por el gobierno se toman mucho esfuerzo en convencer a la gente de las ventajas del régimen de dinero fiduciario, pintándolo (a este y por tanto a la banca centralizada y la banca de reserva fraccionaria) de la forma más atractiva posible.

Es más, la se debe hacer pensar a la gente que se beneficia del dinero fiduciario, de que realmente no hay alternativa a un régimen de dinero fiduciario patrocinado por el gobierno y de que abandonar el dinero fiduciario y reemplazarlo con dinero material sería económicamente desastroso.

Hay un factor adicional y no menos importante que actúa hacia el mantenimiento del régimen de dinero fiduciario. Es lo que podría calificarse correctamente como corrupción colectiva:[6] antes o después un número cada vez mayor de gente desarrollará intereses vitales en mantener en marcha el régimen de dinero fiduciario.

Esto pasa porque un régimen de dinero fiduciario permite al gobierno expandirse fuertemente, corrompiendo así a un número cada vez mayor de gente: la gente busca trabajos (supuestamente prestigiosos), desembolsos generosos y oportunidades de negocio ofrecidos por el gobierno. La gente cada vez hace más equipo con el gobierno, haciendo su carrera personal y éxito en los negocios dependiente de un aparato del gobierno en expansión. Y mucha gente incluso empieza a invertir los ahorros de toda su vida en bonos públicos “seguros” con denominación fiduciaria.

Como consecuencia, antes o después un impago del gobierno se convierte en imposible. En tiempos de crisis, la impresión de cantidades cada vez mayores de dinero para apuntalar las finanzas públicas (y las finanzas de los beneficiados por el gobierno) se considerará como la política del mal menor.

Para el gran número de aquellos que se han convertido en dependientes del aparato del gobierno, imprimir dinero para financiar los cofres vacíos del gobierno se verá como preferible a dejar que vayan a la quiebra los agobiados sectores público y bancario.

La estructura de incentivos provocada por el dinero fiduciario trabaja por tanto empujando al sistema más allá de sus límites. En otras palabras, el dinero fiduciario pasará primero por una alta inflación (incluso hiperinflación) antes de que se desarrolle una depresión.

Sin embargo, un régimen de dinero fiduciario no puede sostenerse eternamente, porque erosiona (mediante un intervencionismo público cada vez mayor) el mismo pilar sobre el que descansa el sistema de libre mercado: la propiedad privada.

Mises lo explicaba así:

Sería un error asumir que la organización moderna de intercambio está obligada a seguir existiendo. Lleva con ella el germen de su propia destrucción; la evolución del medio fiduciario debe llevar necesariamente a su quiebra.[7]

La erosión del libre mercado, su vez, conlleva un declive de la capacidad de producción de la economía, aumentando por tanto el incentivo para hacer funcionar la imprenta.

Sin embargo, como han demostrado los economistas austriacos, no se puede escapar de las consecuencias económicas desastrosas causadas por el dinero fiduciario; la alta inflación, o la hiperinflación, no funcionará. De hecho, haría la consiguiente depresión aún peor.

Cuanto antes se detenga el auge del dinero fiduciario, menores serán los costes de la consiguiente depresión, un razonamiento ya expresado por el filósofo prusiano Immanuel Kant (1724–1804), que señalaba en sus Prolegómenos (1783): “Nunca es tarde para ser sabio; pero si el cambio llega tarde, siempre hay más dificultad en empezar una reforma”.[8]

[1] Ver Rothbard, M.N. (1983), The Mystery of Banking, especialmente el capítulo 7, “Deposit Banking”, pp. 87-109.

[2] Ver Mises, L.v. (1953), The Theory of Money and Credit, p. 29-37. [La teoría del dinero y del crédito]

[3] Ver Rothbard, M.N. (1990 [1963]), ¿Qué ha hecho el gobierno de nuestro dinero?, , Ludwig von Mises Institute, Auburn, US Alabama. Rothbard en realidad aplicó el teorema de la progresión (un término acuñado por el profesor Joseph T. Salerno) al dinero en un mundo en el que hay gobierno, haciendo uso del método histórico, desarrollado por Ludwig von Mises (1881-1973). Para una explicación muy recomendable del método histórico de Mises, ver el prólogo de Salerno a Rothbard A History of Money and Banking in the United States (2005), Ludwig von Mises Institute, Auburn, US Alabama, pp. 7-43.

[4] Mises, L.v. (1940), Interventionism, p. 40.

[5] Ver Mises, L.v. (1996), Human Action, p. 427. [La acción humana]

[6] Sobre el tema de la corrupción colectiva, ver Polleit, T. (2011), “Fiat Money and Collective Corruption”, Quarterly Journal of Austrian Economics, Vol. 14, Nº 4, Invierno, pp. 397-415.

[7] Mises, L.v. (1953), The Theory of Money and Credit, p. 409. [La teoría del dinero y del crédito]

[8] Kant, I. (1783), Prolegómenos a toda metafísica futura que pueda presentarse como ciencia.

Publicado el 7 de junio de 2012. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El “tipo natural de interés” es siempre positivo y no puede ser negativo

Algunos economistas han venido argumentando que el “tipo de interés real de equilibrio” (es decir, el “tipo natural de interés” o el “tipo originario de interés”) se ha convertido en negativo, ya que un “estancamiento secular” ha causado supuestamente un “empacho de ahorro”.1

La idea es que los ahorros excedían la inversión y que hace falta un tipo real negativo de interés para alinear los ahorros con la inversión. Desde el punto de vista de la Escuela Austriaca, la noción de un “tipo real de interés de equilibrio negativo” no tiene ningún sentido en absoluto.2

Para demostrar esto, desarrollemos el caso paso a paso. Para empezar, hay que hacer una distinción entre dos clases de tipos de interés: está el tipo de interés del mercado y está el tipo originario de interés.

El tipo de interés del mercado es el resultado de la oferta y la demanda de ahorros en el mercado. Puede observarse, por ejemplo, en el mercado de depósitos, bonos o préstamos para distintos plazos y calidades de créditos.

El tipo originario de interés es una categoría de la acción humana, al decir que el hombre actúa valora los bienes disponibles en el presente más que los bienes disponibles en el futuro. En otras palabras: Los bienes futuros se comercian con un descuento en el precio en relación con los bienes presentes. Por ejemplo, 1$ disponible hoy es preferible a 1$ disponible dentro de un año.

Si 1$ a recibir en un año se valora en, digamos, 0,909$, el tipo originario de interés es el 10%. (1$ dividido por 0,909 menos 1 da 0,10 o 10%, por cierto). Un 10% es aquí el tipo originario de interés (sin contar con otras primas).

El “tipo originario de interés” refleja un diferencial de valor
El tipo originario de interés expresa un diferenciald e valor, que resulta de la llamada preferencia temporal.3 El término preferencia temporal denota que el hombre que actúa prefiere una satisfacción temprana de deseos a una satisfacción posterior de deseos.

La preferencia temporal es siempre y en todo caso positiva y lo mismo pasa con el tipo originario de interés. Esto es, ante todo, lo que nos diría el sentido común.

Si el tipo originario de interés estuviera casi en cero, esto significaría que se prefieren dos manzanas en, digamos, 1.000 años por encima de una manzana disponible hoy. Un tipo originario de interés verdaderamente cero implica que el horizonte de planificación o “periodo de provisión” del actor es infinitamente largo, lo que es otra forma de decir que nunca actuaría en absoluto, sino que continuamente atrasaría al futuro el logro de sus objetivos.

La idea de que la preferencia temporal y el tipo originario de interés puedan ser cero no solo suena absurda, sino que es una imposibilidad lógica: Una preferencia temporal positiva y un tipo originario de interés positivo están lógicamente implícitos en el irrefutablemente verdadero “axioma de la acción humana”.

La acción humana es un comportamiento con un propósito, lo que implica el uso de medios para alcanzar fines. La acción requiere tiempo (es imposible pensar otra cosa). Así, el tiempo es un medio indispensable y escaso para alcanzar fines. Como tal, debe economizarse, lo que implica necesariamente que una satisfacción anterior de deseos se prefiere a una satisfacción posterior de deseos.

Por tanto, por razones (praxeo)lógicas, la preferencia temporal el tipo originario de interés no pueden caer a cero, no digamos convertirse en negativo. Las implicaciones de un tipo negativo originario de interés no pueden ni siquiera concebirse por la mente humana: Un tipo cero originario de interés ya implica ninguna acción durante toda la eternidad.

Argumentos poco convincentes
Sin embargo, algunos argumentan que debido a las crecientes incertidumbres relacionadas con una mayor esperanza de vida, la gente podría preferir cada vez más un consumo futuro frente a un consumo presente y que esto podría empujar la preferencia temporal y el tipo originario de interés al territorio negativo.

No cabe duda de que las preferencias temporales de la gente pueden disminuir con el tiempo, lo que implica aumenta el ahorro de la renta actual mientras disminuye el consumo. Aunque la preferencia temporal y por tanto el tipo originario de interés puedan caer, por razones lógicas no pueden llegar a cero, ni mucho menos ser negativos.

Otro argumento se refiere al asunto de la “saturación” y funciona como sigue: Supongamos que tienes dos manzanas y te comes una. Tu hambre está ahora saciada, así que prefieres comer mañana la manzana restante a comerla hoy. ¿No prueba esto que la gente puede valorar bienes futuros más que bienes presentes, que la preferencia temporal y el tipo originario de interés pueden ser nativos?

No, no lo hace. El no consumo de la segunda manzana hoy puede explicarse fácilmente por el hecho de la utilidad marginal de comer la manzana es ahora menor que comerla mañana o al día siguiente, incluso si la utilidad marginal se descuenta por un tipo originario de interés positivo.

Dicho esto, el ejemplo anterior está mal construido.4 No ilustra el caso relevante, que es el caso en el que el hombre que actúa considera usos alternativos del mismo bien y por tanto no demuestra en absoluto que la preferencia temporal y por tanto el tipo originario de interés puedan ser negativos.

El fin de la economía de mercado
¿Cuál es la relación entre el tipo de interés del mercado y el tipo originario de interés? Por ejemplo, en el mercado del préstamo, el tipo de interés de los préstamos se ajusta al tipo originario de interés. Si, por ejemplo, el tipo originario de interés es del 2% y las primas de crédito e inflación son del 1% respectivamente, el tipo de interés del mercado sería un 4%.

Los tipos de interés del mercado pueden convertirse en negativos en términos reales. En un “mercado intervenido”, por ejemplo, el banco central puede empujar el tipo real de interés del mercado a territorio negativo. Sin embargo esto no representa ni puede representar un equilibrio, ya que la preferencia temporal y por tanto el tipo originario de interés no pueden convertirse en negativos.

Si un banco central realmente tuviera éxito en hacer que todos los tipos de interés del mercado fueran negativos en términos reales, el ahorro y la inversión darían un frenazo chirriante: como la preferencia temporal y el tipo originario de interés son siempre positivos, el “ahorro capitalista” (la acumulación de bienes pensados para mejorar el proceso de producción) llegaría a su fin. Se produciría un consumo de capital, enviando a la humanidad de vuelta a la pobreza. Sería el fin de la economía de mercado.

Podría ser interesante advertir en este contexto que, por ejemplo, los nacionalsocialistas en Alemania habían reclamado la abolición, la prohibición del tipo de interés. Ahora sabéis por qué: Sin un tipo (originario) de interés positivo, la economía de mercado dejará de funcionar.

El verdadero propósito de la política de tipos negativos de interés
Por alguna razón, quienes argumentan que el tipo originario de interés se ha convertido en negativo parecen olvidar que el tipo originario de interés es un fenómeno que no se limita a los mercados del crédito. Se encuentra en todos los mercados en los que bienes presentes se intercambian por bienes futuros.5

Por ejemplo, el tipo originario de interés prevalece en cada etapa de la producción indirecta que consume tiempo en la economía. El tipo originario de interés también existe en la bolsa, donde los inversores intercambian dinero presente por un derecho a un dinero futuro (que es el pago de dividendos de una empresa).

Si quisieran ser coherentes, los creyentes en un tipo originario de interés negativo tendrían que reclamar una política que no haga negativos los tipos de interés en términos reales en el mercado, pero también en los mercados de, digamos, las acciones y la vivienda.

Sin embargo, una política que defienda destruir los valores de las empresas y la riqueza en vivienda de la gente no sería demasiado bien aceptada por la gente y esos economistas que la recomienden no podrían esperar ser alabados.

La consecuencia de tipo negativo de interés en el mercado real debería ser ahora evidente: Es realmente una política pérfida para devaluar el valor real de la deuda pendiente y es una receta para crear caos en la economía.

Publicado originalmente el 21 de marzo de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Manteniendo la Burbuja-Auge

Por Hans-Hermann Hoppe tomado de Mises Hispano

La Reserva Federal de EEUU está considerando la idea de aumentar los tipos de interés, probablemente ya en septiembre de este año. Después de un periodo de seis años de tipos de interés virtualmente cero, un aumento en los costos de los préstamos indudablemente tendrá consecuencias importantes. Será como alejar el bol de ponche en el que se basa la diversión de la fiesta.

Los tipos bajos del banco central han estado alimentando la inflación de precios de activos

Por supuesto, la situación actual tiene una historia. A mediados de la década de 1990, la política monetaria laxa de la Fed (la del presidente Alan Greenspan) dio paso al auge de la “Nueva economía”. La generosa expansión del crédito y el dinero generó una inyección al alza de los precios de los activos, en particular los precios en bolsa y sus valoraciones.

Una breve historia de los tipos bajos de interés

Cuando estalló esta burbuja-auge, la Fed recortó los tipos de interés del 6,5% en enero de 2001 al 1% en junio de 2003. Mantuvo los costes de los préstamos a este nivel hasta junio de 2004. Esta política laxa de la Fed no solo detuvo la ralentización del crédito bancario y la expansión del crédito: sembró las semillas de un auge crediticio sin precedentes que despegó ya a mediados de 2002.

Cuando la Fed tuvo que pisar el freno impulsando los tipos de nuevo al 5,25% en junio de 2006, el auge del crédito estaba bastante condenado. El consiguiente declive se convirtió en el más grave desplome financiero y económico nunca visto desde finales de la década de 1920 y principios de la de 1930. Afectó no solo a EEUU, sino a la economía mundial a gran escala.

Gracias a las ideas de la escuela austriaca, podemos conocer el origen real de todo este problema. La causa raíz es que los bancos centrales fabrican moneda falsa de la nada. Esto induce, y es necesariamente así, a auges y declives recurrentes, produciendo mucha miseria a mucha gente y empresas y acaba arruinando el sistema monetario y económico.

Los bancos centrales (en cooperación con los bancos comerciales) crean dinero adicional mediante expansión del crédito, rebajando así artificialmente los tipos de interés del mercado por debajo del nivel que se habría producido si no hubiera expansión del crédito y el dinero “a partir de la nada”.

Ese auge acabará en un declive siempre y cuando se seque la expansión del dinero y el crédito y aumenten los tipos de interés. En Por un nueva Libertad (1973), Murray N. Rothbard expresaba esta idea sucintamente:

Como el dopaje continuo de un caballo, el auge se mantiene en marcha y se dirige a su inevitable merecido con dosis repetidas y aceleradas del estimulante del crédito bancario. Solo cuando la expansión del crédito bancario deba finalmente detenerse o ralentizarse de forma significativa, ya sea porque los bancos se tambaleen o porque la gente se intranquilice ante la continua inflación, finalmente llega a al auge ese castigo. Tan pronto como se detiene la expansión del crédito, deben pagarse las consecuencias y los inevitables reajustes deben liquidar las sobreinversiones insensatas del auge y redirigir la economía hacia más producción de bienes de consumo. Y, por supuesto, cuando más dure el auge, mayores serán las malas inversiones que deban liquidarse y más desgarradores serán los reajustes que deban hacerse.

Para mantener en marcha el auge inducido por el crédito, hace falta más crédito y más dinero, proporcionados a tipos de interés cada vez más bajos. Por alaguna razón, los banqueros centrales en todo el mundo parecen conocer esta idea económica, ya que sus políticas han estado tratando desesperadamente de estimular préstamos bancarios y creación de dinero adicionales.

¿Por qué aumentar ahora los tipos?

¿Por qué quieren entonces aumentar los tipos los dirigentes de la Fed? Quizá algunos piensen que una política de tipos cero de facto ya no esté justificada, ya que la economía de EEUU está mostrando signos de volver a un crecimiento positivo y sostenible, cosa que parecen sugerir las estadísticas oficiales.

Otros podrían temer que los inversores del mercado del crédito saltarán del barco una vez se convenzan de que los tipos de interés de EEUU estarán hundidos para siempre. Esa expectativa podría generar un golpe duro, si no mortal, a los mercados crediticios, haciendo que el sistema de papel moneda sin respaldo acabara desplomándose.

En todo caso, si los miembros de la Fed siguen sus palabras con hechos, pronto podrían descubrir que lo fantasmas a los que han estado llamando podrían aparecer de verdad (y posible no se irían). Por ejemplo, tasas más altas en EEUU absorberían capital en todo el mundo, tirando de la esterilla de muchos mercados emergentes y desarrollados.

Es más, las condiciones de crédito y liquidez en todo el mundo se reforzarían, dando a gobiernos hambrientos de crédito, bancos corporativos y consumidores un doloroso despertar después de haber estado cabalgando al ola de dinero fácil durante bastante tiempo.

China, que devaluó el tipo de cambio del renminbi frente al dólar de EEUU por un total del 3,5% el 11 y 12 de agosto, parece haber enviado el mensaje de que no quiere seguir política de la Fed y mediante su devaluación hizo que el plan de aumento de la Fed pareciera una iniciativa extravagante.

Una normalización de los tipos de interés, después de años de tipos de interés excesivamente bajos, no es posible sin un probable crash en la producción y el empleo. Si la Fed continúa con su plan de aumentar los tipos, los tiempos serán duros en el sistema económico y financiero mundial.

Para dejarlo claro: Sería lo correcto a hacer. Cuanto antes llegue a su fin el auge artificial, antes se producirá la depresión-recesión, que es el proceso inevitable de ajuste de la economía, que permite que empiece una recuperación económicamente sólida.

 

Publicado originalmente el 19 de agosto de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

 

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La Fed no puede aumentar las tasas, pero debe simular que lo hará

Esperando a Godot es una obra teatral del novelista irlandés Samuel B. Beckett a finales de la década de 1940, en la que dos personajes, Vladimir y estragón esperan eternamente y en vano la llegada de alguien llamado Godot. La historia muestra ciertas semejanzas con las expresiones de la Reserva Federal acerca del aumento de tipos de interés.

Desde la primavera de 2013, la Fed ha empezado a jugar con la idea de aumentar los tipos, que había suprimido hasta básicamente un 0% en diciembre de 2008. Sin embargo hasta ahora no ha realizado ninguna acción. Tras una inspección más detallada, la razón es evidente. Con su política de tipos extremadamente bajos de interés, la Fed está alimentando una expansión económica artificial e inflando los pecios de los activos.
Tipos de Interés preferentes de EEUU en porcentaje

Selected US Interest Rates in PercentFuente: Thomson Financial

Aumentar los tipos a corto plazo sería retirar el bol de ponche en medio de la fiesta. Al aumentar los tipos, no pueden sostenerse la producción de la economía ni la estructura del empleo. Tampoco podrían los bonos inflados, los valores y los precios de la vivienda. Si la economía se ralentiza, no digamos si cae en la recesión, la quimera del dinero fiduciario de la Fed tendría graves problemas.

Esta es la razón por la que a la Fed le gustaría mantener los tipos a los niveles nulos actuales. Permanece sin embargo un delicado obstáculo para esa política: si ahorradores e inversores esperan que los tipos de interés se mantengan eternamente hundidos, posiblemente den la espalda al mercado del crédito. El consiguiente declive en la oferta de crédito crearía problemas a sistema de moneda fiduciaria.

Para impedir que ocurra esto, la Fed debe lograr dos cosas. Primero, tiene que mantener la expectativa en los mercados financieros de que los actuales tipos bajos de interés aumentarán de nuevo en algún momento del futuro. Si ahorradores e inversores se creen esta historia, mantendrán sus depósitos bancarios, fondos de mercado financiero, bonos y otros productos de renta fija a pesar de sus minúsculas rentabilidades.

Segundo, la Fed debe conseguir continuar posponiendo los aumentos en los tipos en el futuro sin quitar a la gente la expectativa de que los tipos aumentarán en algún momento. Tiene que enviar el mensaje de que los tipos aumentarán, por ejemplo, en la siguiente reunión del Comité de Mercados Abiertos. Pero, al ir acercándose la reunión, la Fed tendría que repetir este truco, retrasando el posible día del aumento de tipos para más adelante.

Si a la Fed le va bien con esta estrategia de “Esperando a Godot”, los ahorros seguirán entrando en los mercados del crédito. Los tomadores de préstamos pueden refinanciar su deuda vencida con nuevos préstamos y asimismo aumentar el total de dichos préstamos a tipos nulos de interés. La carga de la deuda de la economía puede continuar creciendo, retrasando el día del juicio otra vez.

Sin embargo, está el famoso dicho: “Puedes engañar a todo durante algún tiempo y a algunos durante todo el tiempo, pero no puedes engañar a todos todo el tiempo”. ¿Qué pasaría si los inversores acabaran dándose cuenta de que la Fed no devolverá los intereses a la “normalidad”, sino que los mantendrá básicamente a cero o incluso los llevará al territorio negativo?

Si se pusiera en marcha una estampida del mercado del crédito, correspondería a la Fed llenar el hueco de financiación de los deudores para prevenir el colapso del sistema fiduciario. El banco central tendría que monetizar la deuda pendiente y recién originada a una gran escala, impulsando a la baja el poder adquisitivo del dólar de EEUU (y con él, muchas otras divisas fiduciarias en todo el mundo).

La estrategia de “Esperando a Godot” no excluye que Fed pueda, en algún momento, impulsar los costes de los préstamos a corto plazo. Sin embargo, cualquier acción sobre los tipos debería ser menor y en general efímera (como son en Japón) y no devolvería de los tipos de interés a la “normalidad”. La lógica subyacente del sistema de dinero fiduciario simplemente no lo admitiría.

Tipos de Interés preferentes de Japón en porcentaje

Selected Japanese Interest Rates in Percent Fuente: Thomson Financial
La Fed (y básicamente todos los bancos centrales del mundo) es improbable que acepte la deflación liquidando la deuda, lo que derribaría las estructuras económicas y políticas creadas a partir de esta. Eludir una inminente recesión-depresión con más dinero fiduciario creado a partir del crédito y tipos de interés extremadamente bajos, quizá incluso negativos, es lo que puede esperarse que hagan.

Murray N. Rothbard lo dijo sucintamente: “Podemos esperar (…) no precisamente una depresión del tipo de la de 1929, sino una depresión inflacionista de proporciones masivas”.

Publicado originalmente el 26 de octubre de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Hacia un Nuevo Orden Monetario

Por Thorsten Polleit, tomado de Mises Hispano

[Este discurso se pronunció por primera vez en el SIX Swiss Exchange Bond Event, 2010]

Se dice que Henry Ford dijo que “está bien que la gente de la nación no entienda nuestro sistema bancario y monetario, porque, si lo entendiera, creo que habría una revolución antes de mañana”.

El espíritu de sus palabras nos anima a adelantar preguntas acerca del sistema bancario y monetario, especialmente a la vista de nuestra crisis del mercado del crédito internacional. ¿Es bueno que los bancos centrales hayan recortado los tipos de interés prácticamente a cero y hayan aumentado enormemente la oferta básica de dinero para apoyar al sector financiero? ¿Se evitará la depresión si los gobiernos garantizan los balances de los bancos y generan enormes déficits al intentar fortalecer la producción y el empleo?

Para responder a estas preguntas, es indispensable un diagnóstico de la causa original de la debacle y, una vez identificada, puede formularse un remedio apropiado.

El diagnóstico ofrecido por la Escuela Austriaca de economía puede resumirse en una frase: los gobiernos han causado la debacle monetaria y económica al tomar el control de la producción de dinero.

Dinero y crédito
Para explicar esta conclusión en una frase (que, por supuesto, puede ser sorprendente o incluso irritante para muchos) debe advertirse que la característica definitoria de los sistemas monetarios actuales es que los bancos centrales controlados por los estados tienen el monopolio de la oferta monetaria. El dólar de EEUU, el euro, el yen japonés, la libra británica y el franco suizo comparten la característica esencial de ser divisas producidas por los gobiernos.

Lo que es más, estas monedas se producen mediante la expansión de la circulación del crédito, crédito que no está respaldado por ahorros reales. Podemos decir que las monedas actuales se producen a partir de la nada. A estas monedas se les llama a menudo dinero fiduciario: se establecen por decreto del gobierno, no son convertibles legalmente en otra cosa y se crean por conveniencia política.

Los regímenes de dinero fiduciario crean desequilibrios económicos y es inevitable que lo hagan. Esto pasa porque el aumento en el crédito de circulación rebaja los tipos de interés del mercado por debajo de sus niveles naturales, es decir, los niveles que hubieran prevalecido en otro caso, si la oferta de crédito no se hubiera aumentado artificialmente.

El tipo de interés manipulado a la baja induce a una inversión adicional y, al mismo tiempo, provoca un aumento del consumo a partir de los ingresos actuales y a costa de los ahorros. La demanda monetaria supera la capacidad de recursos de la economía. Una oferta monetaria creciente empuja al alza a los precios antes o después, ya sean los precios para bienes de consumo o activos.

Más aún, el tipo de interés artificialmente suprimido traslada los recursos escasos cada vez más a procesos de producción de bienes de capital que consumen más tiempo, a expensas de procesos de producción de bienes de consumo, causando distorsiones intertemporales en la estructura de producción de la economía.

Un auge generado por el crédito de circulación es económicamente insostenible y debe ser seguido por un declive. Si la inyección de crédito y dinero adicional creado de la nada fuera un asunto de una sola vez, seguramente no tardaría mucho en relajarse el auge artificial. Una recesión restauraría la economía de nuevo al equilibrio.

Sin embargo, por desgracia, al aumento de crédito y dinero creado de la nada no es asunto de una sola vez bajo los sistemas monetarios actuales. Tan pronto como se acerca la recesión, la opinión pública reclama contramedidas y los banqueros centrales aumentan aún más la oferta de crédito y dinero, llevando a los tipos de interés a niveles aún más bajos. En otras palabras, la política monetaria lucha por corregir la debacle recurriendo a la misma acción que causó originalmente la debacle.

Esa estrategia puede funcionar algunas veces. Pero tan pronto como de detiene la expansión del crédito (esto es, cuando los bancos comerciales dejan de prestar totalmente) se desarrollará el inevitable ajuste. Los prestatarios no pagarán y las firmas liquidarán las inversiones no sólidas y recortarán los empleos.

Cuanto más se mantenga un auge artificial, mayores serán las malas inversiones que haya que corregir y mayores serán las pérdidas en producción y empleo.

Mises sabía que disminuir los tipos de interés a niveles cada vez menores no resolvería el problema, sino que lo llevaría a un desastre incluso mayor. Escribió:

No hay forma de evitar el colapso final de un auge generado por la expansión del crédito. La alternativa es sólo si la crisis vendría antes como consecuencia del abandono voluntario de una mayor expansión del crédito, o después como una catástrofe final y total del sistema monetario afectado.[1]

Intervención y reforma
Si suscribimos el diagnóstico ofrecido por la Escuela Austriaca de economía, deben hacerse dos observaciones importantes. Primera, más crédito de circulación y dinero fiduciario a tipos de interés más bajos no evita, ni puede evitar, un desastre que ha sido causado por un exceso de crédito y dinero. Segunda (y este aspecto puede no atraer la atención de la gente inmediatamente), los intentos actuales de los gobiernos de luchar contra la corrección económica destruirán lo poco que quede del orden del libre mercado.

En su libro Interventionism, Mises explicaba que las intervenciones en el mercado no crearían y sistema duradero de organización económica. Escribió:

Si los gobiernos no renuncian y vuelven a la economía de mercado sin trabas, si persisten tercamente en el intento de compensar con más intervenciones los problemas de intervenciones anteriores, acabarán descubriendo que han adoptado el socialismo.[2]

El intervencionismo en el campo de los asuntos monetarios (más notable en los gobiernos controlando la producción del dinero) ha causado daños a la mayor escala.

Hay una serie de economistas que han identificado los serios problemas económicos y éticos causados por el dinero fiduciario. Entre ellos están, como los más notables, Ludwig von Mises y Murray Rothbard. Básicamente recomiendan privatizar la producción de dinero, que daría paso a una moneda sólida, moneda que es compatible con los principios de la sociedad del libre mercado, moneda que no cause ciclos de auge y declive.

Bajo una producción privatizada de dinero, la gente decidiría libremente el tipo de dinero que quiera usar. Ese dinero presumiblemente estaría ligado al oro, pero posiblemente podría estar ligado a otros medios (por ejemplo, plata o platino). El gobierno y el banco central se clausurarían y perderían el control sobre la producción del dinero. Desde entonces, el tipo de interés lo fijarían las fuerzas del libre mercado en lugar de la acción del gobierno.

Conclusión
El fiasco monetario global es un recordatorio de que es hora de buscar una reforma monetaria en la línea que recomienda la Escuela Austriaca de economía. Es la única forma de proteger y mantener la libertad y el bienestar económico de la gente.

Murray Rothbard escribió que “Mises, casi en solitario, no ha ofrecido el paradigma correcto para la teoría económica, la ciencia social y la propia economía y es el momento de que se adopte este paradigma, en su totalidad”.[3] Este resulta cierto especialmente respecto de la teoría monetaria de Mises.

Así que si alguien quiere mantener una visión positiva sobre el progreso de la civilización, éste implica necesariamente que el futuro sistema monetario sea un sistema de dinero en libre mercado, como contempla la Escuela Austriaca de economía, y que la era de dinero fiduciario debe llegar a su fin.

Publicado originalmente el 25 de junio de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

[1] Ludwig von Mises, Human Action (Auburn: Ludwig von Mises Institute, 1998), p. 570. En español, La acción humana.

[2] Ludwig von Mises, Interventionism (Nueva York: Foundation for Economic Education, 1998), p. 91.

[3] Murray Rothbard, “Ludwig von Mises and the Paradigm for Our Age”, Mises Daily, 18 de agosto de 2009.

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A Favor de la Libertad Económica

Por Jorge A Soler Sánz
Tomado del Austroliberal

Normalmente, la gente piensa en el capitalismo como si se tratara de un juego de suma cero, donde unos ganan y otros pierden. Sin embargo, aunque a algunos les pueda parecer así, la verdad es muy distinta. Si bien la explotación y acaparamiento de la riqueza, tan denunciados por la izquierda, han constituido la nota común en la vida del hombre durante milenios, lo cierto es que éstas nunca lograron generar los niveles de riqueza que vemos hoy día en sociedad. El propio Marx reconoció en una ocasión que el capitalismo había producido más riqueza en sus pocos años de existencia que en toda la historia del hombre que le precedía. Y ello, a pesar de que, en retrospectiva (no creo que Marx fuera capaz de presagiarlo), el salario de un trabajador por aquel entonces apenas rondaba el poder adquisitivo de $3 en la actualidad. Lo cierto es que desde el año 1800 aproximadamente hasta la actualidad, el crecimiento económico del individuo occidental ha crecido de forma exponencial. Si tenemos en cuenta que la condición natural de existencia del hombre ha venido definida por la pobreza, veremos también que el capitalismo es en verdad el instrumento para superarla. Lo que hacía que antes de 1800 sólo unos pocos tuvieran el poder adquisitivo para conseguir o lograrse el sustento de la vida no tenía nada que ver con la acaparamiento del capital, la propiedad privada de los medios de producción, la creación del dinero, o cualquiera de las dinámicas que hoy día la izquierda atribuye al capitalismo, sino a un sólo factor, es decir, la falta de libertad económica. El capitalismo en verdad es un juego de suma creciente donde yo no puedo ganar si el resto no gana.

Tiene que verse claro aquí que cualquier trabajador medio de hoy día dispone para sí de lujos y comodidades que muchos reyezuelos de la antigüedad (y no tan reyezuelos) jamás tuvieron para si mismos. Hay dos formas de explotación de la vulnerabilidad de ese que no tiene medios. Una es la explotación de mercado. La segunda es la explotación política. Este segundo tipo de explotación crea la condiciones en las que pueden proliferar la cartelización de la banca, los subsidios a la agricultura, el rescate de empresas, etc. Es decir, que es precisamente por causa de la explotación de la vulnerabilidad del ciudadano que los políticos logran este tipo de efectos en sociedad, pues a ellos les resulta rentable. El primer tipo de explotación, sin embargo, en la medida en que ésta se realice en un entorno de libre acuerdo, crea precisamente las condiciones en función de las cuales cada vez se hace más difícil para el empresario explotar estas vulnerabilidades, pues ello crea riqueza. Mientras que los medios políticos exponen cada vez más esta vulnerabilidad en el ciudadano, el capitalismo la reduce haciendo que cada vez sea más difícil explotar al individuo.

No cabe duda de que tanto el empresario como el político han de querer explotar la vulnerabilidad del trabajador o ciudadano. Sin embargo, como no hay sólo un empresario que desee esto, sino muchos, la puja por la mano de obra hace de ello una labor prácticamente imposible. Si como empresario yo pujara 60 céntimos de dólar por un dólar, lo lógico es pensar que otros traten de quitarme de en medio pujando 0.61, 0.62, 0.63, etc., y ello porque sale rentable. Al pagar, por ejemplo, 0.86 céntimos por un dólar, todavía me quedan 0.14 céntimos que podré meter en mi bolsillo como ganancia. Es precisamente esta dinámica de mercado la que obliga al empresario, aunque este no quiera, o tenga un objetivo declarado por lo contrario, a pagar al trabajador por su trabajo un precio aproximado al valor marginal que éste produzca. Si contraponemos esta dinámica a la de la política enseguida veremos que ésta no se rige por los mismos mecanismos. La relación entre el político y el ciudadano no es una que venga definida por el intercambio voluntario mutuamente beneficioso para las partes que en él participan. Y que los acuerdos entre la sociedad civil y la clase política dirigente no vengan definidos por esta dinámica implica, entre otras cosas, que una de las partes que intervienen en este tipo de acuerdos no voluntarios gane más que la otra tras el acuerdo. Es obvio que no hace falta imponer un acuerdo que sea mutuamente beneficioso para la partes que en él intervengan.

Téngase en cuenta, por ejemplo, lo difícil que resulta hoy día encontrar trabajo en el marco institucional actual. Fundamentalmente, esta dificultad depende de 3 factores interrelacionados. 1. La falta de experiencia profesional, 2. la regulación estatal y 3. la incertidumbre. La falta de experiencia o habilidad para el trabajo tiene sus raíces en la forma en que la educación ha venido implementándose en los 2 últimos siglos. Hoy día, la idea detrás de los planes de estudio no es la de crear un individuo competente que produzca valor en el mercado y sepa explotar las oportunidades que se le presentan, sino la de formar sujetos que sepan recibir órdenes, sean capaces de llevarse bien entre sí y tengan conocimientos básicos de gramática y matemáticas. Es decir, que al individuo se lo modela no en base a las necesidades siempre cambiantes del mercado, sino en torno a las inamovibles del Estado. En cuanto a la regulación estatal, tiene que verse claro que, pese a los motivos declarados, ésta suele ir más bien en contra del trabajador y el empresario que en muchas ocasiones no pueden pactar libremente entre sí partiendo de la legislación vigente. Este ha sido precisamente uno de los factores que más ha contribuido a crear un ejército de reserva laboral tan amplio como el actual. El tercer factor, no sólo tiene que ver con el tipo de incertidumbre que se crea en el mercado tras una crisis y el futuro incierto, sino que está relacionada con las otras dos. Se trata de no saber aquí lo que uno contrata y cómo deshacerse de ello en caso de que el acuerdo entre las partes no funcione. En pocas palabras, que se pide al empresario que contrate a ciegas al trabajador sin saber de antemano si este producirá lo suficiente, o si eso que aquél puede aportar en el entorno de la empresa se ajusta o no a sus necesidades. Lo que hace la conjunción del factor 1. y 2. es invitar al empresario a que realice una cita a ciegas con el trabajador, y lo normal en el ser humano es la aversión al riesgo.

En la otra cara de la moneda se encuentran los factores que impiden el crecimiento económico y la prosperidad, y estos, también son políticos y no económicos. Y el problema aquí, no es que el trabajador no disponga de medio de producción alguno, o que sea especialmente vulnerable frente al empresario que de este modo le explota, sino la falta de libertad económica para decidir pactar libremente las condiciones de su trabajo con el aquél. Recordémoslo una vez más. Cuanto más rica sea una sociedad, y más empresarios haya pujando por la mano de obra, menos vulnerabilidades habrá que se puedan explotar. En un momento de crisis, cuando todo el mundo está haciendo lo posible por ajustarse el cinturón y adaptarse a las nuevas circunstancias, lo que necesita el mercado, no es más regulación sino menos. Y sin embargo son pocos los alicientes que pueda tener un político aquí para dar un paso atrás y renunciar a explotar las vulnerabilidades del ciudadano en este medio. Visto el panorama, lo único que han conseguido las políticas de gobierno en este entorno se ha traducido en la creación de ese gran ejército laboral de reserva capaz de exponer este tipo de vulnerabilidades a flor de piel.

No ha sido gracias a la redistribución de riqueza, los impuestos o el socialismo en su conjunto que se ha acabado en una situación donde el hombre vive mejor año tras año, sino a una dinámica de libre mercado. Lo que nos va a sacar del agujero en el que estamos metidos no es una mayor regulación laboral y de mercado, sino la ausencia de la misma. Esto ha de obligar al político a dar un paso atrás otorgando una mayor libertad al ciudadano. Cuanto más planea el Estado nuestras vidas, menos espacio éste nos da para organizarnos nosotros.

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Una reconstrucción austrolibertaria: Prólogo a A Short History of Man

Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano [Extraído de The Austrian]

En A Short History of Man, trato de explicar tres de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad.

Primero, explico los orígenes de la propiedad privada y en particular de las tierras y de la familia y el hogar familiar como fundamentos institucionales de la agricultura y la vida rural que empezó hace unos 11.000 años, con la revolución neolítico en el Creciente Fértil de Oriente Medio y que desde entonces (hasta bien avanzada el final del siglo XIX) ha dado forma y dejado huella en la vida humana en todas partes.

Segundo, explico el origen de la Revolución Industrial, que se inició en torno al 1800, hace solo unos 200 años en Inglaterra. Hasta entonces, y durante miles de años, la humanidad había vivido bajo condiciones maltusianas. El crecimiento de la población estaba constantemente afectando a los medios disponibles de subsistencia. Todo aumento en la productividad era “comido” rápidamente por una expansión en el tamaño de la población, de forma que las rentas reales para la abrumadora mayoría de la población se mantenían constantemente cerca del nivel de subsistencia. Solo durante unos dos siglos hasta ahora el hombre ha sido capaz de lograr un crecimiento de la población combinado con crecientes rentas por cabeza.

Y tercero, explico el origen y desarrollo paralelo del estado como monopolista territorial de la toma última de decisiones, es decir, una institución investida con el poder de legislar y gravar a los habitantes de un territorio, y su transformación de un Estado monárquico, con reyes “absolutos”, en un Estado democrático, con un pueblo “absoluto”, al pasar a primer plano en el curso del siglo XX.

Aunque esto podría bastar como prólogo y el lector podría proceder directamente a los siguientes capítulos, pueden ser convenientes unas pocas notas adicionales para el lector de mentalidad filosófica.

Hasta principios del siglo XX, lo siguiente habría sido clasificado como estudios sociológicos. Pero con el auge y la influencia crecientemente dominante obtenida en el curso del siglo XX de la filosofía empiricopositivista-falsacionista, las cuestiones normativas (cuestiones de justicia, de lo “bueno” y lo “malo”) no son cuestiones científicas en absoluto, y consecuentemente la mayoría de la sociología “moderna” científica está por tanto dogmáticamente comprometida con alguna variante de relativismo ético (de “todo vale”). Y la filosofía empirista descarta categóricamente la existencia de cualquier ley o verdad no-hipotética, no-falsable o sintética a priori, y por tanto la sociología moderna está comprometida dogmáticamente también con alguna variante del relativismo empírico (de ‘todo es posible’, de ‘nunca puedes estar seguro de nada’ y ‘no puede descartarse nada en principio’).

Mis estudios son y hacen todo lo que se supone no son ni hace un “buen empirista”, pues considero la filosofía empirista-positivista errónea y no científica y considero su influencia, especialmente en las ciencias sociales como un desastre intelectual sin paliativos.

Es demostrablemente falso que la ética no sea una ciencia y que no exista un principio universal de justicia ni criterio “verdadero” (no arbitrario) de distinguir el progreso del declive moral. Y es igualmente demostrablemente falso que no exista ninguna ley universal e invariable de la acción e interacción humanas, es decir que no hay leyes de lo que es posible y lo que no y de lo que puede o no hacerse con éxito en asuntos humanos ni criterio no arbitrario de juzgar acciones como soluciones correctas y exitosas o incorrectas y fracasadas a un problema o propósito concreto.

Respecto de la segunda afirmación ‘positivista’, se contradice con todo el cuerpo de la economía clásica. La economía clásica reconstruida, refinada y avanzada durante la “revolución marginalista”, en particular su rama vienesa, fundada por Carl Menger (1840–1921) con sus Principios de economía política (1871) y culminada con Ludwig von Mises (1881–1973) y su insuperado La acción humana (1940) y por lo que se ha conocido desde entonces como economía austriaca, proporciona l material intelectual para un gran sistema comprensivo de leyes verdaderas no hipotéticas de la acción humana, o praxeología (la lógica de la acción), y de las leyes praxeológicas.

Cualquier explicación de acontecimientos históricos debe tener en cuenta la praxeología (y concretamente a Ludwig von Mises) y son los “empiristas” los que son insuficientemente empíricos en su trabajo. Al negar o ignorar las no variantes y constantes en sus observaciones del mundo social, los árboles no les dejan ver el bosque.

Y respecto de la primera afirmación ‘normativa’, se contradice con todo el cuerpo del derecho privado, en particular el derecho de propiedad y contractual, que creció en respuesta a la ocurrencia continuada de conflictos interpersonales con respecto a recursos escasos. De la vieja tradición del ‘derecho natural’ de los estoicos, a través del derecho romano, al derecho escolástico, a la tradición moderna secular de los ‘derechos naturales’, había emergido en el siglo XIX un cuerpo de derecho y literatura erudita en asuntos legales, que debería avergonzar a cualquier relativista ético.

Enterrada durante mucho tiempo bajo montañas de basura legal positivista, esta tradición se ha rescatado y revigorizado, refinado y rigurosamente reconstruido en nuestro tiempo sobre todo por Murray N. Rothbard (1926–1995), principalmente en su Ética de la libertad (1981), en el sistema más completo de derecho natural y la filosofía política del libertarismo. Cualquier evaluación normativa de acontecimientos y desarrollos históricos que aspire al rango de ciencia, es decir, que afirme ser más que una expresión arbitraria de gusto, debe tener en cuenta el libertarismo y a Murray Rothbard en particular.

De ahí el subtítulo de mi pequeño libro para indicar el método que guía mis estudios sobre la historia del hombre: Una reconstrucción austrolibertaria.

Los acontecimientos de la historia humana que quiero explicar no son necesarios ni predeterminados, sino acontecimientos empíricos contingentes, y mi estudios no son por tanto ejercicios de economía o teoría libertaria. En este aspecto, no reclamo ninguna originalidad. No desentierro ningún hecho desconocido ni discuto ningún descubrimiento establecido. Confío en lo que otros han establecido como hechos conocidos. Pero los hechos y la cronología de acontecimientos no limitan su propia explicación o interpretación. Lo que distingue a mis estudios es el hecho de que explican e interpretan la historia del hombre desde el punto conceptual ventajoso del austrolibertarismo: con la base del conocimiento de la praxeología (economía) y del libertarismo (ética). Se llevan a cabo con la consciencia del carácter no hipotético o apriorístico de las leyes de la praxeología o de la ética y el hecho de que esas leyes imponen limitaciones lógicas estrictas en qué (cuál) explicación o interpretación, de todas las explicación o interpretaciones concebibles de una serie de datos históricos concretos, puede considerarse en absoluto posible posiblemente (hipotéticamente) verdad (y ser por tanto científicamente admisible) y cuáles pueden y deben descartarse por el contrario como imposibles e imposiblemente verdad. Por tanto, la historia se reconstruye racionalmente, es decir, con el conocimiento de que todo explicación e interpretación empírica posiblemente verdadera debe estar de acuerdo no solo con los ‘datos’, sino también en particular con la ley praxeológica y ética y que toda explicación o interpretación en desacuerdo con esas leyes, aunque aparentemente ‘se ajuste a los datos’, no solo es empíricamente falsa sino que tampoco es una explicación o interpretación científicamente admisible en absoluto.

La historia así reconstruida y recontada es en un grado significativo historia revisionista, opuesta no solo a mucho o incluso la mayoría de lo que la “ortodoxia” izquierdista dominante tiene que decir sobre el tema, sino, debido al énfasis puesto en mis estudios sobre desigualdades humanas y en particular sobre capacidades cognitivas y disposiciones psíquicas desiguales, se opone también a mucho de lo declarado y proclamado en este aspecto por parte de algunos círculos “políticamente correctos” y “progresistas” llamados libertarios “cosmopolitas” del establishment.

Así, el primer acontecimiento importante en la historia del hombre, la Revolución Neolítica, se reconstruye como un logro cognitivo de primer orden y un gran paso de progreso en la evolución de la inteligencia humana. La institución de la propiedad privada de la tierra y la práctica de la agricultura y la ganadería se explican como una invención racional, una solución nueva e innovadora al problema afrontado por cazadores y recolectores tribales de conciliar el crecimiento poblacional y una creciente escasez de terrenos.

Igualmente, la Revolución Industrial se reconstruye como otro gran salto adelante en el desarrollo de la racionalidad humana. El problema de equilibrar tierra y tamaño de población que se había resuelto temporalmente con la invención original y la consiguiente extensión e imitación mundial de la agricultura tenía que acabar reapareciendo. Mientras el tamaño de la población aumente, las rentas por cabeza solo podrían aumentar siempre y cuando los aumentos de productividad anules el crecimiento poblacional Pero los aumentos constantes de productividad, es decir, la invención continua de herramientas nuevas o más eficientes para la producción de más, mejores o nuevos productos, requiere un nivel continuamente alto de inteligencia humana, de ingenio, paciencia e inventiva. Mientras falte un alto nivel de inteligencia, allí el crecimiento poblacional debe llevar a rentas por cabeza más bajas (y no más altas). La Revolución Industrial, por tanto, señala el punto en que el nivel de racionalidad humana había llegado a un nivel lo suficientemente alto como para hacer posible escapar del maltusianismo. Y la escapada se reconstruye como el resultado de la “cría”, a lo largo de muchas generaciones, de una población más inteligente. Una mayor inteligencia se traduce en mayor éxito económico y un mayor éxito económico, combinado con políticas selectivas de matrimonio y familia se traducen en un mayor éxito reproductivo (la producción de un mayor número de descendientes supervivientes). Esto, combinado con las leyes de la genética humana y la herencia civil produjeron con el tiempo una población más inteligente, ingeniosa e innovadora.

Finalmente, mientras que las revoluciones Neolítica e Industrial se reconstruyen como soluciones correctas e innovadoras para un problema persistente: de un tamaño de población que ponía en peligro los niveles de vida, y por tanto como grandes avances intelectuales, el tercer acontecimiento importante a explicar es la invención del Estado. El Estado es un monopolista territorial de la toma última de decisiones y su sucesiva transformación de un Estado monárquico a otro democrático. Se reconstruye como el resultado de una secuencia de errores intelectuales acumulados (morales y económicos) y como un paso atrás en el desarrollo de la racionalidad humana y una creciente amenaza para los logros alcanzados con la Revolución Industrial. Por estructura, el Estado no puede conseguir lo que se supone que consigue. Se supone que produce justicia, es decir, defender y aplicar la ley, pero con el poder de legislar el Estado puede (e inevitablemente lo hace) quebrantar la ley y hacer leyes a su propio favor y así producir por el contrario injusticia y corrupción moral. Y el Estado se supone que protege la propiedad de sus individuos frente a la invasión extranjera, pero con el poder de gravar a sus súbditos puede (e inevitablemente lo hace) expropiar la propiedad de estos, evidentemente no para protegerlos a ellos ya sus propiedades, sino para ‘protegerse’ a sí mismo y a sus expropiaciones contra cualquier supuesto “invasor”, nacional o extranjero. Como “protector de propiedad expropiador”, es decir, como una institución esencialmente “parasitaria”, el estado no puede nunca ayudar sino siempre obstaculizar la producción de riqueza y rebajar así las rentas por cabeza.

Así que, en combinación con los siguientes estudios espero hacer una pequeña contribución a la antigua tradición de la gran teoría social y hacer más inteligible el largo curso de la historia humana desde su mismo principio al momento actual.

Publicado originalmente el 29 de abril de 2015. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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La incertidumbre y sus exigencias: El papel crítico del seguro en el mercado libre

Este artículo se basa en “The Economics of Risk and Insurance”, un discurso realizado por el profesor Hoppe en la Universidad Mises de 2004 y 2005]

Un seguro implica la puesta en común de los riesgos individuales. Bajo este acuerdo, hay ganadores y perdedores. Algunos de los asegurados recibirán más de lo que pagaron en primas y algunos pagarán al sistema más de lo que nunca recuperarán. Es una forma de redistribución de rentas de los sanos a los enfermos, pero lo característico del seguro es que nadie sabe por adelantado quiénes serán los ganadores y los perdedores. Están distribuidos de forma aleatoria e impredecible y la redistribución resultante de rentas dentro de un fondo común de gente asegurada es asistemática.

Si no fuera así (si fuera posible predecir los ganadores y perdedores netos), los perdedores del seguro no querrían poner en común su riesgo con los ganadores: buscarían poner en común su riesgo con los demás “perdedores” con primas más bajas.

Por ejemplo, digamos que mi proveedor de seguro quiere poner en común el riesgo de lesión de alguien como yo, que se siente todo el día delante de una mesa, con el riesgo de un futbolista profesional. En ese caso, podemos predecir fácilmente que acabaré siendo un perdedor constante: a mí pocas veces me pasa algo, pero multitud de accidentes le ocurrirán al futbolista profesional y mis primas tendrían que cubrir si muy mayor riesgo de lesión.

Incluso si los propios asegurados no se dan cuenta de que son ganadores y perdedores sistemáticamente predecibles, la libre competencia en el mercado del seguro eliminaría toda redistribución sistemática entre los asegurados.[1] En un mercado libre, cualquier empresa de seguros que realizara cualquier redistribución sistemática de rentas (mezclando gente con tipos objetivamente distintos de riesgo en un solo grupo) se vería superada por cualquier empresa que no realizara este tipo de práctica. Otra empresa de seguros podría darse cuenta de que hay gente sentada delante de mesas y raramente se cae de sus sillas y se lesiona. Advertiría que puede ofrecer de forma rentable una prima inferior a los sentados delante de mesas y asegurarlos en un grupo independiente de los deportistas profesionales. Y al ofrecer primas más bajas, por supuesto atraería a aquella gente que anteriormente estaba mal asegurada. Como consecuencia, las diversas empresas que habían agrupado mal a la gente (mezclando sus clientes de bajo riesgo con sus clientes de alto riesgo) tendrían que aumentar las primas para sus clientes de riesgo superior hasta su nivel naturalmente superior.

La competencia en el mercado del seguro llevaría a subgrupos cada vez más refinados de gente, a grupos que son internamente homogéneos. La discriminación de grupos y subgrupos se produciría de acuerdo con los riesgos reales de grupos y las primas para todos los grupos reflejarían entonces los verdaderos riesgos de seguro para ese grupo y los precios de media tenderían a bajar debido a la competencia.

Para poner a un cliente individual en el grupo correcto, la aseguradora tiene que discriminar de acuerdo con diversos criterios. En el caso de seguros de inundaciones, terremotos o incendios, usaría criterios regionales o geográficos. Podría usar características biológicas o genéticas en el caso del seguro sanitario. Podría usar cierto criterios de comportamiento o estilo de vida: fumadores y no fumadores, gente que trabaja en ciertas ocupaciones que causan mayor o menor riesgo y así sucesivamente.

Las limitaciones de la asegurabilidad
¿Y hay ciertos riegos contra los que sencillamente no podemos asegurarnos? Mises define eventos que pueden asegurarse como “eventos de riesgo” y usa una definición de lo que llama “probabilidad de clase” para definir estos eventos de riesgo:

Sabemos o asumimos saber, con respecto al problema referido, todo acerca del comportamiento de toda una clase de eventos o fenómenos, pero no sabemos anda cerca de los eventos o fenómenos singulares reales que son los elementos de esta clase.[2]

Y luego da algunos ejemplos. Por ejemplo:

Tenemos una tabla completa de mortalidad para un periodo determinado del pasado en un área determinada. Si suponemos que con respecto a la mortalidad no se producirán cambios, podemos decir que sabemos todo con respecto a la mortalidad de toda la población en cuestión. Pero con respecto a la esperanza de vida de las personas no sabemos nada más que que son miembros de esta clase de gente.

Otro ejemplo:

Supongamos que se ponen en una caja diez papeletas, cada una con el nombre de un hombre distinto. Se saca una papeleta y el hombre cuyo nombre aparece en esta tiene que pagar 100 dólares. Entonces una aseguradora puede prometer al perdedor una indemnización completa se está en disposición de asegurar a cada uno de ellos por una prima de diez dólares. Recogerá dólares y tendrá que pagar la misma cantidad a uno de los diez. Pero sui fuéramos a asegurar solo a uno de ellos a una tasa fijada por el cálculo, no estaríamos en el negocio del seguro, sino en el de la apuesta.

Y luego dice, concluyendo:

Lo característico del seguro es que trata con toda la clase de eventos. Al pretender saber todo acerca del comportamiento de la clase completa, no parece haber riesgo específico implícito en la gestión del negocio.

Tampoco hay ningún riesgo específico en el negocio del dueño de una casa de apuestas o en una empresa de loterías. Desde el punto de la empresa de loterías, el resultado es predecible, siempre que se hayan vendido todas las papeletas. Si hay papeletas que quedan sin vender, el empresario está en la misma situación con respecto a ellas en que está cada comprador de un billete con respecto a los billetes que compró.

Advirtamos ahora de nuevo que esta definición de lo que él llama “probabilidad de clase” implica la ausencia de cualquier redistribución sistemática de rentas: Si no sé nada acerca de cualquier riesgo individual de una persona concreta, salvo que es miembro de algún grupo con un riesgo conocido de grupo, entonces toda la redistribución debe ser aleatoria. Implica también que los casos individuales que se agrupen en un solo riesgo son homogéneos. Dentro del grupo, no podemos decir la diferencia entre una persona y otra. Esto implica que el evento real se produce en forma de accidente (y un evento impredecible para el individuo).

Ahora, por exclusión, podemos también abordar las preguntas complementarias: ¿Qué tipo de eventos no son asegurables? ¿Cuándo es imposible poner en común los riesgos?

Un riesgo no asegurable es uno en el que se dan las siguientes condiciones: Si sé con respecto a un riesgo concreto algunos o todos los factores que determinan su resultado, entonces eso ya no es accidental: su probabilidad puede estar individualmente afectada y por tanto no es posible asegurarlo. O, por decirlo de una forma algo distinta, todo lo que está bajo control total o parcial de un actor individual no puede asegurarse (no pueden ponerse en común los riesgos), sino que cae en el ámbito de la responsabilidad personal o individual.

Todo riesgo que pueda verse influido por las acciones propias es por tanto no asegurable: solo lo que no es controlable mediante acciones individuales es asegurable y solo si hay distribuciones de frecuencia a largo plazo. Y también se puede decir que si algo que inicialmente no era controlable se convierte en controlable perderá su estatus de asegurabilidad. Con respecto al riesgo de un desastre natural (inundaciones, huracanes, seísmos, incendios) el seguro es evidentemente posible. Estos eventos están fuera del control de las personas y no sé nada acerca de mi riesgo individual, salvo si soy o no un miembro de ese grupo que, como grupo, está expuesto a cierto riesgo de inundación o seísmo o incendio.

Por el contrario, tomemos por ejemplo el riesgo de cometer suicidio. ¿Sería posible asegurarse (poner en común nuestro riesgo con el de otros) contra el suicidio? La respuesta debería ser bastante evidente: ese no es un negocio viable para una empresa aseguradora. Después de todo, tengo pleno control sobre si me mato o no deliberadamente. Una aseguradora que ofreciera un seguro de suicidio por supuesto atraería a potenciales candidatos al suicidio. Podría acudir a ella porque quiero hacer a mi mujer un gran favor, pagar la prima, dispararme mortalmente y entonces ella sería millonaria. La empresas que aseguraran algo así probablemente desaparecerían del mercado muy rápidamente.

O tomemos otro ejemplo. ¿Sería posible asegurarnos contra provocar un incendio, es decir, contra el resigo de incendiar nuestra propia casa? De nuevo la respuesta parece estar clara: cualquier evento que podamos producir deliberadamente (o afectar a la probabilidad de que se produzca) es, en términos estrictos, un evento no asegurable. El riesgo de que mi casa se incendie por un rayo es asegurable, el riesgo de que yo incendie mi casa no es asegurable.

Tomemos ahora el ejemplo del desempleo. Como sabéis, hay algo llamado “seguro de desempleo”. En el mundo moderno hemos inventado el arte de calificar incorrectamente las cosas, de aplicar términos que son completamente inapropiados y luego tratar de engañar a la gente para que crea que cambiando las palabras hemos cambiado la naturaleza de las cosas.

El desempleo es un riesgo no asegurable. Tengo un control completo sobre estar empleado o no estarlo. Todo lo que tengo que hacer es decir a mi jefe lo que realmente pienso de él y pronto estaré desempleado. Por otro lado, puedo asegurarme casi siempre de que estaré empleado si estoy dispuesto s aceptar recortes salariales drásticos, por ejemplo. Si trabajara gratis, estaría empleado. Así que evidentemente este no es un riesgo asegurable. Cae en el ámbito de la responsabilidad individual.

He aquí un ejemplo que empieza a llevarnos en dirección a la cuestión del seguro sanitario: el riesgo de no sentirse bien por la mañana y no salir de la cama. Ninguna aseguradora podría nunca cubrir un “riesgo” así, porque la gente sí tiene al menos algún control sobre cómo se siente por la mañana. Si yo me asegurara contra este riesgo (ser pagado cada vez que no me sienta bien), podéis estar bastante seguros de que estaría más tiempo en la cama de lo que estoy ahora.

Así que con respecto a todos estos riesgos, no puedo decir: “No sé nada acerca del riesgo concreto, excepto que soy una persona y todas las personas se ven afligidas por estos riesgos con cierta frecuencia”. De hecho sé considerablemente más acerca de mi riesgo individual, igual que vosotros sabéis considerablemente más acerca de vuestros riesgos individuales.

Tomemos un ejemplo en el que tengamos al menos un control parcial. ¿Puedo asegurarme contra el riesgo de tener pérdidas empresariales? Evidentemente no. Aunque no tenga control directo sobre las acciones de los compradores y no compradores de mis productos (aquellos que sí determinan directamente mis pérdidas y ganancias), sí tengo algún control sobre el éxito o fracaso de mi negocio. Tengo el control sobre mis costes de producción, así como el tipo y calidad y precio del producto que produzco. De hecho, puede generar pérdidas deliberadamente si quiero. Sería imposible poner en común mi riesgo con el de otros empresarios, como las pérdidas fueran algo similar a que te caiga un rayo.

Ahora con esta distinción entre eventos accidentales, que son asegurables, y eventos que no son asegurables porque la acción individual puede afectar a su probabilidad, ¿qué podemos decir entonces acerca de la posibilidad de un seguro sanitario?

Lo primero que podemos decir es que la enfermedad solo es asegurable en la medida en que el riesgo de salud para un grupo concreto sea puramente accidental. Ese es el caso en ciertas formas de seguro de accidentes o incluso para casos como el cáncer. Pero para la mayoría de los riesgos de salud tendríamos que decir que caen en la zona del control individual y muy poco en este campo es realmente asegurable. Esos riesgos deben asumirse individualmente y deben pagarse con los ahorros personales.

Ahora, en todo el debate reciente acerca del seguro sanitario y la reforma de la atención sanitaria, se menciona raramente o nunca el hecho de que ciertas cosas son completamente inasegurables. Mises fue la excepción. En 1922, mucho antes de la actual locura de la atención sanitaria, Mises trataba estos asuntos en su libro Socialismo. He aquí una cita que es muy reveladora:

Para los defensores intelectuales del seguro social y para los políticos y estadistas que lo aprobaron, salud y enfermedad aparecen como dos condiciones del cuerpo humano radicalmente distintas entre sí y siempre reconocibles sin dificultad o duda. Cualquier doctor podía diagnosticar las características de la “salud”. La “enfermedad” era un fenómeno corporal que se mostraba independientemente de la voluntad humana y no era susceptible de verse influida por la voluntad.

Y luego comenta sobre esto diciendo:

Pero todas las proposiciones de esta teoría son falsas. No hay una frontera claramente definida entre salud y enfermedad. Estar enfermo no es un fenómeno independiente de la voluntad consciente y de fuerzas psíquicas trabajando en el subconsciente. La eficiencia de un hombre no es meramente el resultado de su condición física: depende en buena parte de su mente y voluntad. Así que toda la idea de ser capaces de distinguir, mediante examen médico, los aptos de los no aptos y de los que fingen y los capaces de trabajar de los incapaces de trabajar, resulta ser insostenible. Los que creían que los seguros de accidentes y salud podrían basarse en medios completamente eficaces de evaluar enfermedades y lesiones y sus consecuencias se equivocaban muchísimo. El aspecto destruccionista del seguro de accidentes y salud se basa sobre todo en el hecho de que esas instituciones promueven accidentes y enfermedades, obstaculizan la recuperación y muy a menudo crean, o al menos intensifican y alargan, los desórdenes funcionales que siguen a la enfermedad o el accidente.

Volviendo al ejemplo que di antes: Supongamos que pudiésemos asegurarnos contra no sentirnos los suficientemente bien como para levantarnos de la cama por la mañana. Podemos ver fácilmente que esto crearía una clase de gente que finge y desanimaría a la gente a levantarse, independientemente de cuál pueda ser su condición física.

Ahora a la vista de todo esto, cuando observamos la cuestión del seguro sanitario, esperaríamos que la mayoría de los riesgos hayan sido asumidos individualmente. El seguro (la puesta en común de riesgos en grupos) tendría que haberse limitado a la variedad estrictamente accidental de los riesgos, e incluso ahí, los individuos pueden aparentar fraudulentamente “accidentes”, como es bastante frecuente en el caso de la indemnización a los trabajadores.

Y, por supuesto, la empresas de seguro tendrían que ofrecer una cobertura estrictamente limitada: No habría cobertura para riesgos recién descubiertos, por ejemplo. Tampoco habría cosas como “coste extra”, en el que, por ejemplo, mi casa arde y puedo obligar a la aseguradora a construirme una casa más grande. La seguradora solo aseguraría el valor de la casa hasta el valor que aseguré. Bajo el sistema actual, vemos costes extra constantemente en forma de Medicare y Medicaid, donde cualquier cosa que los doctores estimen necesaria se cubre automáticamente.

Generalmente, el seguro tendrá la forma de indemnización o pago en efectivo. Algunas aseguradoras podrían ofrecer servicios en especie en proveedores concretos y limitados o instalaciones proveedoras, pero esta opción sería menos atractiva para la mayoría de los clientes y también para la mayoría de los proveedores de seguros.

Cualquier expansión adicional en asuntos de salud, si tiene lugar en absoluto, sería severamente restringida a casos de grupos muy pequeños que, como compradores de servicios de mantenimiento sanitario individual de un proveedor específico, son extremadamente homogéneos. Podemos imaginar, por ejemplo, que la gente se dedicaría a servicios de seguro mutuo si su grupo puede ejercitar un control social extremo. Para asegurarse de que no hay falsos enfermos incluidos, los miembros de ese grupo tendrían que tener supervisiones similares en vida.

Si ahora miramos la realidad actual del seguro sanitario, nos damos cuenta de inmediato de que la situación actual tiene muy poco o nada que ver con lo que esperaríamos de un mercado libre de seguros. Lo que caracteriza la situación actual es, ante todo, que grupos de riesgo manifiestamente distintos se agrupan juntos en un grupo reunido. Además, el actual sistema de seguro de atención sanitaria cubre riesgo que son inasegurables, estrictamente hablando.

En buena medida, el seguro sanitario se ha convertido en una forma del estado del bienestar, la maquinaria de redistribución de rentas. ¿Cómo ha pasado esto? Regulación de los seguros.

Regulación estatal de los seguros
Dejadme que os dé algunos ejemplos de las perversiones que se han introducido en el mercado de los seguros debido a las regulaciones estatales. Las empresas de seguros en Estados Unidos están reguladas tanto a nivel estatal como federal. El número de regulaciones estatales solo han aumentado de un total de 8 órdenes en 1965 a cerca de 1.000 a principios de la década de 1990. No he mirado las cifras más recientemente, pero estoy seguro de que suben cada día.

En 49 estados, se obliga a las aseguradoras a cubrir tratamientos contra el alcoholismo, que es evidentemente algo que puede verse afectado individualmente (o incluso si decimos que no puede verse afectado individualmente, tendríamos que decir que no afecta a todos de la misma manera). Sin embargo, todas las aseguradoras deben ofrecer un seguro contra alcoholismo.
En 27 estados, deben cubrir tratamientos contra la adicción a las drogas. En otras palabras, gente que sabe que nunca tomará ninguna droga adictiva tiene sin embargo que pagar mediante sus primas a gente que sí las usará y está afectada por este riesgo particular.
La cobertura de quiroprácticos es obligatoria en 45 estados.
Los podólogos (doctores de pies) en 37 estados.
Los psicólogos están cubiertos por mandato en 36 de los estados. Repito, debería estar perfectamente claro que el deseo de ir o no a loqueros puede estar afectado individualmente. Conozco gente que va a loqueros constantemente. Yo no entraría nunca en la consulta de un loquero. Sin embargo, mediante mi prima de seguro sanitario, tengo que pagar por el riesgo de un grupo que es claramente distinto de mi propio riesgo.
En 22 estados, los servicios de trabajadores sociales tienen que incluirse en la cobertura y por supuesto se reflejan en la prima.
Georgia obliga a cubrir los trasplantes de corazón. Repito de nuevo, los trasplantes de corazón podrían indudablemente ser un riesgo contra el que cabe asegurarse, pero debería quedar perfectamente claro que este riesgo es distinto para distintos grupos. Alguna gente tiene una predisposición genética a las enfermedades coronarias y otra no. No puedes renunciar a este tipo de cobertura. La tienes estés afectado por ella o no y tienes que pagar, estés afectado o no.
El Illinois, tienen que incluirse los trasplantes de hígado. En Minnesota, tienen que incluirse los peluquines. Otra vez debería estar bastante claro que distintas familias tienen distintos riesgos de pérdida de cabello.
El consejo matrimonial tiene que estar incluido en California. El consejo pastoral en Vermont.
Y (está muy bien) los bancos de esperma en Massachusetts. (Si tuvieseis que predecir un estado en el que tendría que estar cubierto, por supuesto Massachusetts es el que os vendría primero a la cabeza, estoy seguro).
En más de una docena de estados, el seguro no puede hacer ninguna pregunta relacionada con el SIDA. Y en Washington DC (de nuevo un lugar en el que cabría esperarlo) se prohíbe cualquier tipo de test de VIH para cualquier asegurador. Es casi como si pudieses incendiar primero tu casa y luego retroactivamente asegurarte contra ello.
En California (de nuevo un candidato poco sorprendente para este tipo de tonterías) no puede haber ninguna discriminación entre cualquier aspecto genético que distinga a las personas. Por ejemplo, la anemia falciforme afecta principalmente a los hombres negros. A nadie se le permite investigar esto desde el principio. La enfermedad de Tay-Sachs afecta principalmente a los judíos, pero eso no puede ser considerado cuando se asegura contra el riesgo de enfermedad. Con los avances que hemos logrado en investigación genética, estos tipos de diferenciaciones se harán cada vez más precisos al avanzar el progreso científico, pero a las aseguradoras se les prohíbe aprovechar este tipo de progreso.
Todas estas órdenes son en el mejor de los casos una mezcla de bendiciones para las aseguradoras. Por un lado, como las aseguradoras tienen que cubrir cada vez más riesgos inasegurables, se ven continuamente obligadas a aumentar las primas. La regulación estatal les permite tener esos precios superiores, porque se ha impedido la competencia de proveedores de seguros con mayor grado de discriminación.

Pero al ir subiendo los precios, cada vez más gente abandona completamente el mercado del seguro. Reconocen que la mayoría de los riesgos no les aplican y toman la decisión racional entre estar “sobresegurados” con primas extraordinariamente altas o quedarse sin seguro. Tengamos en cuenta que en la discusión actual acerca de todas estas cosas, hay quejas constantes acerca de toda esa gente que no tiene seguro, sin por supuesto destacar que en buena medida este es precisamente el efecto de las políticas intervencionistas previas.

Cada vez es más racional que la gente no tenga seguro.

Por supuesto, abandonar el mercado del seguro es algo arriesgado, pero la gente joven sana tiene que estar casi chalada para pagar las altas primas que suponen subvencionar estos estilos de vida poco sanos y cubrir riesgos que no les aplican.

Hay una lección en la lógica del intervencionismo.[3] La primera acción intervencionista produjo un gran lío: las primas de seguro siempre suben porque a las aseguradoras ya no se les permite discriminar correctamente y se ven incluso obligadas a incluir riesgos no asegurables. Así que ahora se plantea el problema de que cada vez más gente los abandona. Para quienes siguen asegurados, las primas tienen que aumentar para ajustarse al hecho de que muchos están abandonando.

El siguiente paso, que en Estados Unidos estamos a punto de dar, es hacer obligatorio el seguro sanitario. ¡No más abandonos! Si se da este paso (seguro sanitario obligatorio, con todas las demás órdenes en vigor) entonces por supuesto las primas se dispararán aún más de lo que lo hicieron en el pasado.

¿Cuál será entonces el siguiente paso? También puede predecirse fácilmente: deben imponerse controles. Habrá una rebelión por parte del público, que dirá: “¡El precio está fuera de control! ¡El gobierno tiene que hacer algo!” Pero todo lo que puede hacer el gobierno es imponer controles de precios. ¿Qué pasa con los controles de precios? Tenemos enormes escaseces de ciertos servicios, como en lugares como Canadá, donde no puedes conseguir ciertos tratamientos y hay listas de espera de uno o dos años para otros.

Toda provisión de atención sanitaria se verá cada vez más politizada: el gobierno creará listas de enfermedades buenas para las que conseguirás tratamiento (como el SIDA, estoy seguro) y enfermedades malas, como las que derivan de fumar demasiado. A los que tengan estas enfermedades el gobierno les dejará morir.

¿A dónde lleva luego todo esto? La intervención en el mercado del seguro crea una perdida constantemente creciente de responsabilidad individual, crea miopía y crea riesgos. Dejadme que os cite otra vez a Mises, que era extremadamente sagaz a este respecto:

Las fuerzas psíquicas que están en activo en todo ser viviente, incluyendo el hombre, en forma de una voluntad de salud y un deseo de trabajar, no son independientes del entorno social. Ciertas circunstancias las fortalecen, otras las debilitan. El entorno social de la una tribu africana que vive de la caza está decididamente calculado para estimular estas fuerzas. Lo mismo vale para el entorno muy distinto de los ciudadanos de una sociedad capitalista, basada en la división del trabajo y la propiedad privada. Por otro lado, un orden social debilita estas fuerzas cuando promete que si el trabajo de la persona se ve perturbado por la enfermedad o los efectos de un accidente, vivirá sin trabajar o trabajando poco, sin sufrir ninguna reducción notable en su renta. Las cosas no son tan sencillas como parecen a la ingenua patología del doctor del ejército o la prisión.

El seguro social ha creado por tanto la neurosis de los asegurados, una peligrosa enfermedad pública. Si se extiende y desarrolla la institución, la enfermedad se extenderá. No ayudará ninguna reforma. No podemos debilitar o destruir la voluntad de salud sin producir enfermedad.

Los cárteles
Dejadme añadir algunos comentarios finales sobre los altos precios que tenemos que pagar por la atención sanitaria. La regulación del seguro es solo una razón para este problema. También están los importantes problemas de la FDA y la AMA.

Para arreglar el sistema de atención sanitaria, tenemos que abolir la FDA y todas las administraciones públicas de salud e higiene, que obligan a que todos los productos farmacéuticos estén licenciados antes de poder llegar al mercado. Estas instituciones retrasan la producción y entrega de medicinas, aumentan los costes de producción y por tanto causan precios innecesariamente altos, así como las innecesarias muertes y sufrimientos que derivan del hecho de que no aparezcan medicinas eficaces hasta que mucha gente ha muerto o sufrido durante años.[4]

Además de la regulación de los seguros y las licencias farmacéuticas, todos los estados de bienestar tienen requisitos de licencia altamente restrictivos para facultades de medicina, hospitales y farmacias, para doctores en medicina y otro personal sanitario. Es decir, la oferta de doctores, por ejemplo, está restringida sistemáticamente. Como todas las profesiones, la profesión médica ha intentado cartelizar el sector, reducir la oferta de doctores y así aumentar el precio de los servicios médicos. La American Medical Association (AMA) ha tenido más éxito a este respecto que otras profesiones. Se han dedicado a lo que son básicamente políticas sindicales, la cartelización de su forma de trabajo.

La herramienta que usó la AMA para crear y mantener su cártel laboral es el licenciamiento público de las escuelas médicas. Como sabéis, hay una enorme demanda de gente para estudiar medicina. ¿Por qué hay entonces escasez en la provisión de educación médica? En un mercado no intervenido, la respuesta normal a esa escasez sería la creación de nuevas escuelas médicas. ¿Por qué no desaparece entonces esta escasez? ¿Por qué hay largas colas de personas que no rechazadas y no pueden ingresar en la facultad de medicina? La respuesta es, por supuesto, porque la apertura de nuevas facultades de medicina está prohibida.

¿Y quién está detrás de esta prohibición de nuevas escuelas? La misma gente que incluso intenta obligar a las escuelas médicas existentes a no cubrir todas las plazas que tienen: los médicos actualmente establecidos.[5] Eliminando todos los requisitos de licencia para escuelas médicas y doctores, la oferta de productos y servicios de atención sanitaria aumentaría casi instantáneamente y los precios bajarían en general, y además aparecerían en el mercado una mayor variedad de productos de atención sanitaria.

¿Qué pasa con la calidad de la nueva oferta de productos y profesionales? Agencias de acreditación en competencia tomarían el lugar de las licencias públicas obligatorias que existen actualmente, suponiendo que los proveedores de atención sanitaria crean que esa acreditación mejorará sus reputaciones y los buscadores de atención médica crean que mejora su seguridad. Los doctores presentarían su solicitud en el grupo de acreditación más restrictivo cuyos estándares crea que puede cumplir. Algunos se presentarían al Consejo de Acreditación Médica de Harvard, algunos al Consejo de Acreditación de la Autoridad del Valle del Tennessee o lo que sea. Los clientes acudirían a la acreditación o las clasificaciones de los consejos en los que más confíen para los mejores doctores que puedan permitirse.

Para quienes creen que la seguridad del consumidor se vería dañada bajo un sistema tan abierto y competitivo (un mercado libre en la atención sanitaria), dejadme que use una analogía. Supongamos que fuerais a decir: “Mirad, alguna gente tiene automóviles Chevy viejos, que son menos seguros y menos cómodos. Esto está lejos de nuestro objetivo de que todos los consumidores tengan solo lo mejor. Por tanto deberíamos insistir en que todos los automóviles tengan los estándares de un BMW o Mercedes”. ¿Acabaríamos todos con la comodidad y seguridad de conducir coches de lujo? Por supuesto que no. Muchos tendríamos que recurrir a bicicletas o ir a pie. Si todos los automóviles tuvieran que ser de lujo, muy pocos podríamos conducir ningún tipo de automóvil.

Con respecto a los doctores, se ha producido una situación similar. Básicamente, hemos prohibido todos los doctores Chevy, que se centran en los menos caros problemas menores de salud (que son, en realidad, los que tiene la mayoría de la gente) y nos vemos obligados en su lugar a usar doctores Mercedes, que cobran precios de Mercedes incluso para males que puede arreglar gente con mucha menos formación.

Publicado originalmente el 7 de marzo de 2006. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

[1] Salvo, por supuesto, que exista el motivo por parte de los asegurados de subsidiar a otros grupos. Si soy un fanático del fútbol y no me importa pagar una prima mayor por su riesgo, entonces puede tener lugar esta redistribución sistemática de rentas.

[2] Mises, La acción humana, capítulo 6, sección 3.

[3] “El intervencionismo no puede considerarse como un sistema económico destinado a permanecer. Es un método para la transformación del capitalismo en socialismo por una serie de pasos sucesivos”. Ludwig von Mises, “Middle of the Road Policy Leads to Socialism”.

[4] Dale Steinreich, “Playing God at the FDA”.

[5] Ver los artículo de Dale Steinreich para Mises.org “100 Years of Medical Robbery” y “Real Medical Freedom”. Ver también Henry Jones, 2How Medical Boards Nationalized Health Care”.

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El Leviatán democrático

Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

La teoría es indispensable para interpretar correctamente la Historia. La Historia – la secuencia de eventos que se desarrollan en el tiempo — es “ciega”. No revela nada sobre las causas y los efectos. Podemos estar de acuerdo, por ejemplo, en que la Europa feudal era pobre, que la Europa monárquica era más rica, y que la Europa democrática es todavía más rica, o en que la América del siglo XIX, con sus bajos impuestos y escasas regulaciones era pobre, mientras que la América contemporánea, con sus impuestos elevados y muchas regulaciones es rica.
Sin embargo ¿Fue Europa pobre debido al feudalismo, y se hizo más rica debido a la monarquía y la democracia? ¿O se hizo Europa más rica a pesar de la monarquía y la democracia? ¿O estos fenómenos no tienen relación? De modo parecido podríamos pregunta si la América contemporánea es más rica debido a sus impuestos más altos y más regulación o a pesar de ellos. Es decir: ¿Sería América más próspera si los impuestos y regulaciones hubieran permanecido en los niveles del siglo XIX?
En ninguna parte han podido contestar los historiadores tales cuestiones, y ninguna cantidad de manipulación estadística puede cambiar este hecho. Todas las secuencias de eventos empíricos son compatibles con un número de interpretaciones rivales mutuamente incompatibles.

Para tomar una decisión respecto a tales interpretaciones incompatibles, necesitamos una teoría. Por teoría, entiendo una proposición cuya validez no depende de experiencias posteriores, pero que puede ser establecida a priori. Esto no quiere decir que uno pueda prescindir de la experiencia, en general, cuando establece una proposición teórica. Sin embargo, quiere decir que incluso si es necesaria la experiencia, los entendimientos teóricos se extienden y trascienden por vías lógicas más allá de una experiencia histórica particular.

Las proposiciones teoréticas son sobre hechos y relaciones necesarias, y, por implicación, sobre imposibilidades. La experiencia puede por lo tanto ilustrar una teoría, pero la experiencia histórica no puede ni establecer un teorema ni refutarlo.

La teoría económica y política, especialmente la de la variedad austríaca es un baúl del tesoro lleno de tales proposiciones. Por ejemplo, una mayor cantidad de un bien es preferible a una cantidad menor del mismo bien; la producción debe preceder a la consumición; lo que es consumido no puede ser consumido otra vez en el futuro; los precios fijados por debajo de los precios que determinaría el mercado darán lugar a escaseces duraderas; sin propiedad privada en los factores de producción no pueden haber precios de los factores, y sin precios de los factores, la contabilidad del costo es imposible; un aumento en el aporte de papel-moneda no puede hacer aumentar la riqueza social total, sino que solo puede redistribuir la riqueza existente; el monopolio, (la ausencia de entrada libre), conduce a precios mayores y una menor calidad del producto que la competición; ninguna cosa o parte de alguna cosa puede ser poseída exclusivamente por más de una parte en un mismo momento; la democracia, (el gobierno de la mayoría) y la propiedad privada son incompatibles.

La teoría no es un sustituto de la historia, por descontado, aunque sin una buen entendimiento de teoría son inevitables errores serios en la interpretación de los datos históricos. Por ejemplo: El destacado historiador Carroll Quigley defiende que la invención de la banca de reserva fraccional ha sido una causa mayor de la expansión de riqueza sin precedentes asociada con la revolución industrial, mientras incontables historiadores han asociado los apuros económicos del socialismo estilo soviético con la ausencia de democracia.

Desde un punto de vista teórico deben rechazarse tales interpretaciones. Un incremento en el aporte de papel moneda no puede dar lugar a una mayor prosperidad, sino solo a una redistribución de la riqueza. La explosión de riqueza durante la Revolución Industrial tuvo lugar a pesar de la banca de reserva fraccional. De forma similar, la apurada situación económica del socialismo no puede ser debida a la ausencia de democracia. En lugar de ello es causada por la ausencia de propiedad privada de los medios de producción.

La “historia recibida” está llena de tales malinterpretaciones. La teoría nos posibilita descartar ciertos informes históricos como imposibles e incompatibles con la naturaleza de las cosas. Del mismo modo, permite defender ciertas otras cosas como posibilidades históricas, incluso si no han sido aún experimentadas.

Empleando la teoría económica y política, mi nuevo libro es una reconstrucción revisionista de la historia moderna de Occidente. Cubre el ascenso de los estados monárquicos absolutos desde los sistema feudales no estatales, y la transformación, comenzando con la Revolución francesa, y esencialmente completada con el final de la Primera Guerra Mundial, del mundo occidental de los estados monárquicos en democráticos, y el ascenso de los Estados Unidos al rango de “imperio universal”.

Los autores neoconservadores, como Francis Fukuyama han interpretado este desarrollo como progreso de la civilización y proclaman que ha llegado el “fin de la historia” con el triunfo de la democracia social occidental y su globalización. “Democracia: El Dios que falló, (Monarquía, democracia y orden natural)” es mi intento de mostrar lo contrario, y de definir y dar expresión a una visión libertaria alternativa que toma en serio la propiedad privada.

Tres Grandes Mitos

Mi interpretación teórica incluye echar por tierra tres mitos históricos. El primero y más fundamental es el mito de que la emergencia de los estados del orden previo, no estatista, ha dado como consecuencia el progreso económico y civilizaciones subsiguiente. De hecho, la teoría dicta, que cualquier progreso que pueda haber ocurrido, lo ha hecho a pesar, -no debido a-, la institución del estado.

Un estado se define convencionalmente como una agencia que ejerce un monopolio territorial de la toma última de decisiones, (jurisdicción) y de la tributación. Por definición, entonces, todo estado, sin tener en cuenta su constitución original, es económica y éticamente deficiente. Todo monopolista es “malo” desde el punto de vista de los consumidores. El monopolio es, de este modo, entendido como la ausencia de entrada libre en una línea particular de producción: Solo una agencia, A puede producir X.

Todo monopolio es “malo” para los consumidores porque, protegido de nuevas entradas potenciales en su línea de producción, el precio de su producto será mayor y la calidad menor que con la entrada libre. Y un monopolista con poder para tomar la decisión última es particularmente malo. Mientras que otros monopolistas producen bienes de calidad inferior, un juez monopolista producirá males, debido a que él, que es el juez último en todos los casos de conflicto tiene también la última palabra en los conflictos en que se ve afectado él mismo. Consecuentemente, en lugar de prevenir y resolver conflictos, un juez monopolista que tome decisiones últimas causará y provocará conflictos para mantener su propia situación ventajosa.

No solo nadie aceptaría una tal provisión de un juez monopolista, sino que nadie podría nunca estar de acuerdo con una provisión que permitiese a este juez determinar unilateralmente el precio a pagar por su “servicio”. Predictiblemente, un monopolista tal consumiría cada vez más recursos , (tax revenue), para producir menos bienes y perpetrar más males. No sería una prescripción para protección, sino para opresión y explotación. El resultado de un estado, entonces, no es una cooperación y orden social, sino conflictos, provocación, agresión, opresión y empobrecimiento, en suma; descivilización. Esto, por encima de todo, es lo que ilustra la historia de los estados. Es, antes que nada, y principalmente, la historia de incontables millones de víctimas inocentes de los estados.

El segundo mito concierne a la transición histórica de las monarquías absolutas a los estados democráticos. No solamente interpretan los neoconservadores este desarrollo como progreso; existe el acuerdo casi universal en que la democracia representa un avance sobre la monarquía y es la causa del progreso económico y moral. Esta interpretación es curiosa a la luz del hecho de que la democracia, en el siglo XX ha sido el manantial de toda forma de socialismo: del socialismo, democrático (europeo), del “liberalismo” (americano) y el neoconservadurismo, así como del socialismo internacional, (soviético), fascismo (italiano) y nacionalsocialismo (alemán).

Más importantemente, sin embargo, la teoría contradice esta interpretación; mientras ambas, monarquías y democracias, son deficientes como estados, la democracia es peor que la monarquía en mantener el tamaño y alcance del estado en bajo control.

Teóricamente hablando, la transición desde monarquía a democracia implica ni más ni menos que un “propietario” monopolista, (el príncipe o rey), es sustituído por “cuidadores” monopolistas temporales e intercambiables, (presidentes, primeros ministros y miembros del parlamento). Ambos, reyes y presidentes, producirán males, si bien, un rey, debido a que “posee” el monopolio y puede venderlo o dejarlo en herencia, se preocupará por las repercusiones de sus acciones en el valor en capital de esa posesión.

Como poseedor del stock de capital de “su” territorio, el rey se comportará, comparativamente, de una forma orientada hacia el futuro. Para preservar o aumentar el valor de su propiedad, lo explotará solo moderadamente y de una forma calculada. En contraste, un cuidador democrático, temporal e intercambiable, no posee el país, pero durante el tiempo en el que permanezca en su posición se le permite usarlo en su propio provecho. Posee el uso actual, pero no su stock de capital. Esto no elimina la explotación. En lugar de ello, hace que la explotación mire al corto plazo, (sea orientada hacia el presente) y no calculada, es decir, llevada a cabo sin consideraciones con el valor del stock de capital.

Tampoco es una ventaja de la democracia que exista entrada libre a cualquier posición de gobierno, (mientras que bajo una monarquía, la entrada es restringida a la discreción del rey). Al contrario, solo la competición en la producción de bienes es una cosa buena. La competición en la producción de males no es buena; de hecho, es pura maldad. Los reyes que llegan a su posición en virtud de su nacimiento pueden ser inofensivos, diletantes o personas decentes, (y si son “locos” serán rápidamente apartados, o si es necesario, asesinados, por familiares próximos preocupados con las posesiones de la dinastía).

En dramático contraste, la selección de gobernantes por medio de elecciones populares hace esencialmente imposible que una persona decente llegue hasta arriba. Los presidentes y primeros ministros llegan a su posición como resultado de su eficiencia como demagogos moralmente desinhibidos. En consecuencia, la democracia, virtualmente asegura que solo gente peligrosa llegará a lo más alto del gobierno.

En particular, la democracia promueve un aumento en la proporción social de preferencia temporal, (orientación al presente) o la “infantilización” de la sociedad. Como resultado se produce un continuo aumento del gasto[2] e impuestos, papel moneda e inflación del papel moneda.[3], una inundación sin fin de legislación y una deuda pública siempre creciente. Por el mismo arte y gracia, la democracia lleva a menores ahorros, una incertidumbre legal aumentada, confusión moral, desenfreno y crimen. Más aún, la democracia es una herramienta para la confiscación y redistribución de la riqueza y los ingresos. Incluye la “toma” de la propiedad de unos, (los “poseedores”), y la “entrega” de esa propiedad a otros, (los “no poseedores”).

Y puesto que presumiblemente es algo con valor lo que está siendo redistribuído — de lo cual los poseedores tienen demasiado y los no poseedores demasiado poco, cualquier distribución tal implica que el incentivo para ser o producir algo de valor es sistemáticamente reducido. En otras palabras, se incrementará la proporción de gente “no tan buena” y los rasgos, hábitos y formas de conducirse “no tan buenos”, y la vida en sociedad se irá haciendo cada vez más desagradable.

La democracia ha resultado en un cambio radical en la conducción de la guerra. Tanto reyes como gobernantes, debido a que se pueden externalizar los costes de su agresión a otros, (vía impuestos), serán más agresivos y propensos a la guerra de lo que serían “normalmente”. Sin embargo, las razones de un rey para la guerra son típicamente disputas relacionadas con la propiedad o la sucesión. El objetivo de sus guerras es tangible y territorial: para ganar control sobre una porción de inmueble y sus habitantes. Y para alcanzar tal objetivo, le interesa distinguir entre combatientes, (sus enemigos y objetivos del ataque), y no combatientes y sus propiedades, (que deben ser mantenidos aparte de la guerra y no dañados).

La democracia ha transformado las guerras limitadas de los reyes en guerras totales. El motivo para la guerra se ha convertido en ideología-democracia, libertad, civilización, humanidad. Los objetivos son intangibles e imprecisos: la “conversión” ideológica de los perdedores, precedida por su rendimiento “incondicional”, (el cual, debido a que uno nunca puede estar seguro sobre la sinceridad de la conversión, puede requerir medios como el asesinato de civiles). Bajo la democracia la distinción entre combatientes y no combatientes se hace vaga y confusa, y finalmente desaparece, y la implicación de las masas en la guerra —los conscriptos y la población civil que se inscribe — así como el “daño colateral” se convierten en parte de la estrategia.

El tercer mito es la creencia de que no existe una alternativa a las democracias basadas en el estado de bienestar de occidente. Una vez más, la teoría demuestra lo contrario. El estado del bienestar moderno no es un sistema económico “estable”. Está abocado al colapso bajo su propio peso parasitario, en gran medida, de forma similar a como el socialismo ruso implosionó hace una década. Sin embargo, y más importantemente, existe una alternativa estable a la democracia. Y el término que yo propongo para esta alternativa es “orden natural”.

La alternativa de la Propiedad Privada

En el orden natural, todo recurso escaso, incluyendo toda la tierra, es poseído privadamente. Se fundan todas las empresas por medio del pago voluntario por parte de clientes o donantes privados, y la entrada en cada línea de producción, incluyendo la protección, la arbitración en conflictos y el mantenimiento de la paz, es libre. Una gran parte de mi libro trata en relación con la explicación — la lógica — de los trabajos en un orden natural y los requerimientos para la transformación desde una democracia a un orden natural.

Mientras que los estados desarman a sus ciudadanos para poder robarles con más seguridad, (haciéndolos con ello más vulnerables también a actos criminales y terroristas), un orden natural se caracteriza por una ciudadanía amada. Estas funciones son fomentadas por las compañías aseguradoras, que proporcionan seguridad y protección en un orden natural.

Las aseguradoras animarán a la posesión de armas ofreciendo primas menores a los clientes armados, (y entrenados en el uso de armas). Por su naturaleza, las aseguradoras son agencias defensivas. Solo el daño “accidental”, (no auto-infligido, causado o provocado) es “asegurable”. A los agresores y provocadores se les denegará cobertura por la aseguradora, y serán, por lo tanto, débiles. Y dado que las aseguradoras deben indemnizar a sus clientes en caso de victimización, deben preocuparse constantemente por la prevención de la agresión criminal, la recuperación de la propiedad usurpada,y la detención de aquellos que son imputables por el daño en cuestión.

Más aún, la relación entre el asegurador y el cliente es contractual. Las reglas del juego son mutuamente aceptadas y fijadas. Un asegurador no puede “legislar”, o cambiar unilateralmente los términos del contrato. En particular, si un asegurador quiere atraer una clientela que pague voluntariamente, debe proveer en sus contratos para las previsibles contingencias de conflicto, no solo entre sus propios clientes, sino especialmente, con los clientes de otras compañías. Para una aseguradora, la única provisión que cubre satisfactoriamente esta última contingencia es comprometerse ella misma contractualmente con un arbitraje independiente por terceros. Sin embargo no servirá cualquier arbitraje. Las aseguradoras en conflicto deben estar de acuerdo con el arbitrador o agencia de arbitraje, y un árbitro, para ser aceptable por las aseguradoras, debe producir un producto, (o procedimiento legal con sentencia conclusiva), que comprenda el más amplio consenso moral posible entre aseguradoras y clientes. De ahí que, contrariamente a las condiciones estatistas, un orden natural se caracteriza por una ley estable y predictible y una incrementada armonía legal.

Por otra parte, las compañías de seguros promueven el desarrollo de otras “funciones de seguridad”. Los estados no solo han desarmado a sus ciudadanos retirándoles sus armas,. En particular, los estados democráticos lo han hecho desnudando a sus ciudadanos del derecho a la exclusión y promoviendo, en su lugar la integración forzada — a través de no-discrimnaciones variadas, acciones afirmativas y políticas multiculturalísticas.

En un orden natural, el derecho a la exclusión, inherente a la idea misma de la propiedad privada, es devuelto a los dueños de la propiedad privada. Además, mientras los estados, en aras de aumentar su propio poder cara a cara con individuos aislados, han socavado las instituciones sociales intermediarias, (núcleos familiares, iglesias, conventos, comunidades y clubs), y y sus rangos y capas asociados de autoridad, un orden natural, es, a diferencia, no-igualitario.

Una estrategia para la Libertad

Finalmente, mi libro discute materias estratégicas y cuestiones. Cómo puede surgir un orden natural de una democracia? Explico el papel de las ideas, intelectuales, élites y la opinión pública en la legitimación y deslegitimación del poder del estado. En particular, discuto el papel de la devolución radical y la proliferación de entidades políticas independientes como un paso importante hacia el objetivo del orden natural basado en la propiedad privada, y explico cómo privatizar una propiedad “socializada” y “pública”.

Democracy: The God That Failed (traducido como Monarquía, democracia y orden natural). Por Hans-Hermann Hoppe (New Brunswick, NJ: Transacción, 2001) $45.00; disponible en Mises.org [4] y Amazon.com [5].

Enlaces
[1] https://mises.org/profile/hans-hermann-hoppe
[2] http://www.orst.edu/Dept/pol_sci/fac/sahr/ot105.htm
[3] http://www.orst.edu/Dept/pol_sci/fac/sahr/pl1710.htm
[4] http://store.mises.org/Democracy-The-God-That-Failed-P240.aspx
[5] http://www.amazon.com/exec/obidos/ASIN/0765808684/ludwigvonmisesinst

Publicada el 19 Diciembre, 2001. El artículo original se encuentra aquí.

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