El Impuesto al Valor Agregado no es la Respuesta

Mises Daily: Viernes, 23 de abril 2010

por Murray N. Rothbard

“Salió un decreto del emperador Augusto, que todo el mundo debe ser gravado.” – Lucas 02:01

[Human Events, 11 de marzo de 1972].

Uno de los grandes y sorprendentes hechos de los últimos meses es la creciente resistencia a más impuestos por parte del sufrido público estadounidense. Toda persona, empresa u organización en la sociedad norteamericana obtiene sus ingresos de la venta pacífica y voluntaria de bienes y servicios productivos al consumidor, o por donaciones voluntarias de personas que desean continuar lo que el grupo u organización está haciendo. Sólo el gobierno obtiene sus ingresos por imposición coercitiva de tributos. El nuevo elemento positivo es la creciente resistencia por parte del pueblo estadounidense a exacciones fiscales aún mayores.

En su interminable búsqueda de mayores y mejores botines, el gobierno se las ha arreglado para gravar todo lo que pueda encontrar, y por cierto de innumerables maneras. Su lema casi puede decirse que es: “Si se mueve, grávelo!”

Todo ingreso, toda actividad, cada pieza de propiedad, cada persona en la tierra está sujeta a una serie de extorsiones draconianas, de impuestos directos e indirectos, visibles e invisibles. No hay, por supuesto, nada nuevo en esto, lo nuevo es que el acelerado impulso fiscal del gobierno ha comenzado a encontrar resistencia decidida por parte de la ciudadanía de los Estados Unidos.

No es ningún secreto que el impuesto sobre la renta, el favorito del gobierno por su capacidad de determinar y abiertamente extraer fondos de los ingresos de todos, ha llegado a su límite político en este país. Los pobres y la clase media ahora están tan fuertemente gravados que el gobierno federal en particular, no se atreve a tratar de extraer más ruines tributos.

El contribuyente indignado, después de todo, puede convertirse fácilmente en un votante indignado. ¿Qué tan indignados pueden estar los votantes se hizo evidente, para los políticos, en noviembre pasado, cuando localidad tras localidad, por todo el país, se levantó airada a votar contra una emisión de bonos, incluso aquella cuyo muy sacrosanto propósito era expandir las escuelas públicas.

La derrota en Nueva York

El ejemplo más alentador – y uno que puede, por sí sólo, darnos la gran esperanza de una América libre – lo encontramos en Nueva York, donde cada líder político de ambas partidos, con la complicidad de una fuertemente financiada y demagógica campaña de TV, instó a los votantes a apoyar una emisión de bonos de transporte. Sin embargo, la emisión de bonos fue derrotada abrumadoramente – y la lección fue fuerte y saludable para todos nuestros políticos.

Por último, se reconoce ahora que el impuesto a la propiedad, el pilar del gobierno local tal como es el impuesto sobre la renta a nivel federal, generalmente tiene un efecto devastador sobre el sector de la vivienda en la nación. El impuesto a la propiedad desalienta el mejoramiento y la inversión en vivienda, y ha causado la pérdida de sus casas a una infinidad de norteamericanos, y ha llevado a una espiral de abandonos por impuestos en, por ejemplo, Nueva York, con el deterioro que significan las viviendas abandonadas en ruinas.

El Gobierno, por fin, había llegado al límite impositivo, la gente finalmente ha dado un rotundo “¡No!” a cualquier nuevo aumento de la carga fiscal. ¿Qué iba a hacer el cada vez más invasivo Gobierno? Los economistas del país, la mayoría de los cuales están siempre dispuestos a servir como técnicos en la expansión del poder del Estado, tenían a mano una respuesta, sacaron un nuevo conejo del sombrero para salvarle el día al Gran Gobierno.

Señalaron que el impuesto a la renta y el impuesto a la propiedad eran demasiado evidentes, demasiado visibles, y que también lo eran el generalmente odiado impuesto a las ventas y los impuestos especiales sobre productos específicos. Pero ¿qué tal un impuesto que permanece totalmente oculto, que el consumidor o el estadounidense promedio no pueden identificar ni señalar como el objeto de su ira? Fue esta deliciosa cualidad “de oculta” la que atrajo la atención del gobierno de Nixon al “Impuesto al Valor Agregado (IVA).

El gran individualista Frank Chodorov, alguna vez editor de Human Events, explicó claramente el porqué del entusiasmo del gobierno por los impuestos encubiertos:

No es el tamaño del rendimiento, ni la certeza de la recaudación, lo que da a los impuestos indirectos [lease IVA] la preeminencia en el esquema de apropiaciones del estado. Su cualidad más encomiable es la de ser subrepticio. Se toma, por decirlo así, cuando la víctima está descuidada.

Aquellos que se esfuerzan en dar a los impuestos un carácter moral tienen la obligación de explicar la preocupación del estado por esconder los impuestos dentro del precio de los bienes. (Chodorov Frank, Fuera de Compás , Devin-Adair, 1962, p. 220)

El IVA es esencialmente un impuesto nacional a las ventas, que se percibe en proporción a los bienes y servicios producidos y vendidos. Pero su ocultamiento delicioso viene de que el IVA se recauda en cada paso del camino, en el proceso de producción: al agricultor, al fabricante, al intermediario, al mayorista y sólo ligeramente al detallista.

La diferencia es que cuando un consumidor paga un impuesto a las ventas del 7 por ciento en cada compra, su indignación crece y señala con el dedo del resentimiento a los políticos a cargo del gobierno, pero si el impuesto del 7 por ciento es oculto y pagado por todas las empresas en lugar de sólo las tiendas, los precios más altos, inevitablemente serían responsabilidad, no del gobierno a quien debía corresponder, sino de empresarios codiciosos y de sindicalistas glotones.

Mientras consumidores, empresarios, y sindicatos se culpan mutuamente de la inflación, como los gatos de Kilkenny, Papá gobierno es capaz de preservar en alto la pureza de su moral, y unirse a la denuncia de todos estos grupos por “generar inflación”.

Entonces es fácil ver el entusiasmo del gobierno federal, y de sus asesores económicos, por el nuevo esquema del IVA. El cual permite al gobierno extraer muchos más fondos del público – lograr precios más elevados, menor producción y menores ingresos – y además, escapar totalmente de toda culpa, la que fácilmente se puede cargar sobre empresas, sindicatos, o consumidores, tal como la administración particular considere oportuno.

El IVA es, en definitiva, la amenaza de una estafa gigantesca al público estadounidense, y por ello es de vital importancia que no pase. Porque si es así, la invasiva amenaza del Gran Gobierno tendría otro impulso, y bien prolongado, de vida.

Uno de los argumentos de promoción del IVA es que se supone que es sólo para reemplazar el impuesto a la propiedad cuya misión principal es la financiación de las escuelas públicas locales. Cualquier alivio de la onerosa carga del impuesto a la propiedad suena bien a muchos norteamericanos.

Pero cualquiera que esté familiarizado con la historia del gobierno o de los impuestos debe saber dónde está la trampa en este tipo de promesas. Porque desde ahora hemos de saber que los impuestos nunca bajan. El Gobierno, en su búsqueda insaciable de nuevos fondos, nunca renuncia a fuente alguna de ingresos.

Usted sabe, y yo también, que los impuestos a la propiedad, incluso si se utilizan en la financiación de escuelas, realmente no bajarán, sino que simplemente se aplicarán a otros enredos costosos del gobierno local. Y también sabemos muy bien que el IVA no se limitará por mucho tiempo a la financiación de escuelas, su gran potencial (un IVA del 10 por ciento produciría unos 60 mil millones dólares en ingresos) es demasiado tentador para que el gobierno no lo utilice hasta la última gota, y, en palabras de Harry Hopkins, famoso propulsor del New Deal, “con los impuestos, cobrar y cobrar, gastar y gastar, elegir y elegir”.

Vamos a profundizar ahora en la naturaleza específica del IVA. Se recaudará un porcentaje dado (la propuesta de la administración Nixon es de 3 por ciento), no a las ventas al por menor, sino a las ventas en cada etapa de producción, deduciendo de su cuenta, la firma comercial, el impuesto incorporado en las compras hechas en las etapas previas. Por lo tanto, es un impuesto oculto sobre las ventas en cada fase de producción, desde el agricultor o minero hasta el minorista.

Un Impuesto “Regresivo”

La crítica más común es que el IVA, como el impuesto a las ventas, es un impuesto “regresivo”, el cual cae en gran medida sobre los pobres y la clase media, quienes pagan un mayor porcentaje de sus ingresos que los ricos. Esta es una crítica apropiada e importante, especialmente en un momento en que la clase media ya está sufriendo una presión fiscal insoportable.

La administración Nixon propone aliviar la carga impositiva sobre los pobres, rebajando el impuesto a la renta. Si bien esto puede aliviar la presión fiscal sobre los pobres, la clase media, que de todos modos paga la mayor parte de nuestros impuestos, difícilmente saldrá beneficiada.

“Además, hay un elemento más siniestro en el plan de devoluciones: porque algunos de los pobres reciben pagos en efectivo de parte del IRS, con lo cual dejaremos entrar por la puerta trasera el desastroso principio del ingreso anual garantizado (Plan de Asistencia Familiar PAF)”.

Pero el IVA es, de todas maneras, mucho peor que un impuesto a las ventas, además de su naturaleza oculta y clandestina. En primer lugar, los defensores afirman que como cada empresa y cada fase de producción paga el IVA en proporción al “valor añadido” a su producción, no habrán efectos de mala asignación en el trayecto.

Pero esto ignora el hecho de que cada empresa comercial soportará el peso de innumerables gastos, por causa del gobierno, en el mantenimiento de registros y en el recaudo. El resultado será un impulso inexorable al negocio hacia “fusiones verticales” y a la reducción de la competencia.

Supongamos, por ejemplo, que un productor de petróleo crudo agrega un valor de $ 1.000, y que una refinería de petróleo agrega otros $ 1.000, y supongamos, por simplicidad, que el IVA es del 10 por ciento. En teoría, no debería haber ninguna diferencia, estén las empresas separados o “integradas”; en el primer caso, cada empresa pagaría 100 dólares al gobierno, en el segundo, la empresa integrada pagaría $ 200. Pero ya que esta consoladora teoría ignora los importantes costos de mantenimiento de registro y de recaudo, en la práctica, si la empresa de petróleo crudo y la refinería de petróleo se han integrado en una empresa, al hacer un solo pago, sus costos serían más bajos.

Fusiones Verticales

Por lo tanto, con el IVA se inducirá la concentración vertical, tras lo cual la División Antimonopolios del Departamento de Justicia comenzará a denunciar a gritos que el libre mercado está creando “monopolios” y que la fusión deberá ser reversada por mandato gubernamental.

Los costes de mantenimiento de registros y recaudos suponen otro grave problema para la economía de mercado. Obviamente, las pequeñas empresas tienen menor capacidad de soportar estos costos, que las grandes, por lo que el IVA será una carga de gran alcance en las pequeñas empresas, y obstaculizará gravemente la lucha competitiva. No es de extrañar que algunas grandes empresas miren con buenos ojos el IVA!

Hay otro problema grave con el IVA, un problema contra el que los países de Europa occidental, que ya han adoptado el IVA, están luchando.

En el IVA, cada empresa envía sus facturas al gobierno federal, y obtiene el crédito por el IVA incorporado a las facturas de adquisición de mercancías de otras empresas. El resultado es una apertura irresistible a la trampa, y en Europa Occidental hay empresas especiales cuya actividad consiste en suscribir facturas falsas que pueden reducir la carga fiscal de sus “clientes”. Aquellos negocios más dispuestos a hacer trampa, se verán entonces favorecidos en la competencia por el mercado.

Una falla fundamental más existe en el IVA, una falla que traerá mucho dolor a nuestro sistema económico. La mayoría de la gente supone que este impuesto sólo se transmitirá en forma de precios más altos al consumidor. Pero el proceso no es tan simple. Mientras en el largo plazo, sin duda los precios a los consumidores aumentarán, habrá otros dos efectos importantes: una gran reducción a corto plazo en los beneficios empresariales, y una caída a largo plazo en los ingresos salariales.

El golpe crítico a las utilidades, mientras que tal vez sea sólo “a corto plazo”, llegará en un momento de recesión económica, cuando muchas empresas e industrias están sufriendo de una baja rentabilidad e incluso pérdidas comerciales. Las empresas e industrias con baja rentabilidad se verán gravemente afectadas por la imposición del IVA, y el resultado será el de paralizar cualquier recuperación posible y nos sumergirá más profundamente en recesión. Por otra parte, las empresas nuevas y creativas, que por lo general comienzan pequeñas y con baja rentabilidad, se paralizarán en forma similar poco después de haber comenzado.

El IVA también tendrá un severo efecto, y no reconocido hasta ahora, el de agravar el desempleo, el cual ya tiene una tasa alta por la recesión. El impacto grave sobre el desempleo será doble. En primer lugar, cualquier empresa que compre, por ejemplo, maquinaria, puede deducir el IVA incorporado de su obligación fiscal, pero si contrata trabajadores, no podrá hacer tal deducción. El resultado será el impulso a la mecanización excesiva y al despido de trabajadores.

En segundo lugar, parte del efecto a largo plazo del IVA será la menor demanda de trabajo y la reducción de los ingresos salariales, pero dado que los sindicatos y las leyes de salario mínimo mantienen altas las tasas salariales de manera indefinida, el impacto será el aumento del desempleo. Así, a partir de dos direcciones diferentes pero en sinergia, el IVA va a agravar el ya serio problema del desempleo.

Por lo tanto, el público de hecho va a pagar un precio alto por la naturaleza clandestina del IVA. Seremos multados en una creciente cantidad de fondos, obtenidos en forma oculta pero no menos gravosa, justo en un momento en que el gobierno parecía haber llegado al límite de la presión fiscal que la ciudadanía podía permitir. Serán fondos que van a agravar las cargas de la tan sufrida clase media estadounidense. Y para colmo, el IVA mutilará las utilidades; dañará la competencia; incapacitará pequeños negocios y nuevas empresas creativas; hará subir los precios, y en gran medida agravará el desempleo. Enfrentará a los consumidores contra el negocio, e intensificará los conflictos en la sociedad.

Uno de las, con justicia famosas, “leyes” de Parkinson es que, para el gobierno, “los gastos se elevan hasta el nivel de los ingresos”. Si permitimos que el gobierno encuentre y explote nuevas fuentes de impuestos, simplemente usará esos fondos para gastar más y más, y agravará la carga, ya temible, del Gran Gobierno sobre la economía y el ciudadano estadounidenses.

La única manera de reducir el Gran Gobierno es reducir sus ingresos fiscales, y obligarlo a permanecer dentro de medios más limitados. Debemos velar por que el gobierno tenga menos recursos fiscales para jugar, no más. El primer paso en este camino a un gobierno más reducido y a una mayor libertad es mostrar el IVA, como la estafa que es, y derrotarlo.

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario. Véase Murray N. Rothbard ‘s archivo de artículos

Publicado por primera vez en Human Events, 11 de marzo de 1972, p. 197 de este artículo apareció en el Congressional Record, 14 de marzo de 1972 y fue reimpreso en The Daily Stanford en dos partes, “IVA: Peligroso estafa“, 4 y 9 de mayo de 1972.

 

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Seguidor del gran Filósofo Libertario el Dr Hans-Hermann Hoppe
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